La Península Ibérica atraviesa una semana donde la calima es la protagonista: un manto de polvo del desierto del Sahara cubre nuestro territorio, dejando concentraciones muy altas y elevando la alerta de la calidad del aire a «extremadamente desfavorable».

Una situación que, pese a llamar la atención –y dejar estampas propias de suelo marciano–, no es inédita ya que durante la historia se han repetido esta serie de fenómenos que benefician a nuestra flora. También al mar.

Estos aportes de polvo que vienen del Sáhara, «normalmente son ricos en sílice, hierro y fósforo. Lo que hacen estos aportes cuando caen en el océano, una parte del material que constituye el polvo se disuelve en el agua y ayuda a fertilizar la superficie», nos explica Jesús Arrieta, científico titular en el Instituto Español de Oceanografía.

La calima no solo mejora la situación del Mediterráneo, sino que este polvo sahariano puede viajar al otro lado del Atlántico, llegando incluso al continente americano, por lo que nutre gran parte de las aguas del planeta.

La importancia de nutrir el océano

En el océano, a partir de los 200 metros de profundidad ya no llega suficiente luz al fondo como para poder producir fotosíntesis. Mientras en la costa existen plantas más grandes por captar más luz, en la mayor parte de la superficie de los océanos no es así, ya que las aguas son mucho más profundas: «Tenemos algas microscópicas, que son la que llevan a cabo la fijación de carbono en el océano», explica Arrieta a Nautik Magazine.

«El problema», recalca, «es que en la superficie del océano hay una limitación de nutrientes y estas plantas necesitan nitrógeno, fósforo, sílice y, sobre todo, hierro. Estos aportes de polvo del Sáhara son un fertilizante excepcional para las aguas de la superficie del océano». De hecho, si no fuese por este polvo, nuestros océanos serían mucho más pobres de lo que son.

Por ello, esta calima es un elemento fundamental para el crecimiento de estas algas, teniendo un papel imprescindible –junto a los bosques– como sumidero de carbono de la atmósfera, suponiendo la mitad del total que se capta en el planeta.

Estos fenómenos no son nuevos y tienen un componente estacional, «pero esto pasa todos los años, algunos más intensos que otros», subraya el científico, que recalca que las predicciones «dicen que con el cambio climático y el calentamiento de la atmósfera, la cantidad de polvo parece que va a ser más habitual».

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