Tener detractores y gente que no desea un futuro brillante para tu carrera profesional no es una cosa mala. No necesitas cambiar nada de ti, y no necesitas disculparte por ser la persona que eres. No importa lo que haces o dónde trabajes, no todos apreciarán tu personalidad y no necesitas que sea del gusto de todos.

Hay siete mil millones de personas en el planeta. Cuando piensas en ello, la conciencia de que no puedes complacer al mundo entero es liberadora. Una vez que te das cuenta de eso, puedes darte permiso para dejar de intentar caer bien a esos compañeros que sólo te dan la espalda. ¿A quién le importa lo que piensan de ti?

Ellos están en sus caminos profesionales, y tú estás en el tuyo. Trátalos con educación y simpatía, al final no son más que personas que están sufriendo por situaciones externas o internas de la empresa y acaban siendo desagradables y envidiosos con gente de su alrededor.

No muerdas el anzuelo y no trates de conseguir otros compañeros de trabajo de tu lado, porque no hay bandos. Todos tratan de pasar el día igual que tú, y no siempre es fácil hacerlo.

La clave está en centrarte en tu camino y hacer caso omiso de los ladridos de perro que te encuentras en el camino.

Los enemigos que no pueden vencer a la gente como tú se convierten en seguidores e incluso en amigos, aunque parezca extraño. ¡Sigue respirando y deja la puerta abierta para que eso suceda!