En algún lugar de Buenos Aires, Jorge Luis Borges utilizaba cheques de miles de dólares como marcapáginas. No es una metáfora.
Mientras universidades estadounidenses, editoriales europeas y organizadores de conferencias le enviaban cantidades que habrían cambiado la vida de cualquier escritor de su generación, Borges olvidaba cobrar los cheques, los guardaba entre libros o los dejaba desaparecer bajo montañas de papeles. Su empleada doméstica, Fani Uveda, los encontraba semanas después escondidos entre las páginas de la Enciclopedia Británica. Para entonces ya era uno de los autores más influyentes del planeta. Y, sin embargo, seguía viviendo como si el éxito económico fuera algo que le estuviera ocurriendo a otra persona.
Cuarenta años después de su muerte, ocurrida el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la historia financiera de Jorge Luis Borges sigue siendo tan fascinante como cualquiera de sus cuentos. Porque detrás del autor de El Aleph y Ficciones existe una trayectoria económica dividida en tres actos: una fortuna heredada que desapareció, décadas de estrecheces económicas y una riqueza multimillonaria que llegó demasiado tarde como para interesarle.
De niño rico a empleado municipal
Borges nació en 1899 dentro de una familia privilegiada. Los Borges pertenecían a la élite intelectual argentina, con raíces británicas, propiedades, patrimonio y una posición social que permitía algo reservado a muy pocos: vivir sin preocuparse por trabajar.
Durante buena parte de su juventud, el dinero simplemente existía. Permitió viajes por Europa, estudios en Suiza y España, acceso a bibliotecas privadas y una formación cultural excepcional. Pero aquella comodidad no duró para siempre.
La crisis económica argentina, combinada con una serie de malas decisiones patrimoniales, acabó devorando la fortuna familiar. Cuando Borges rondaba los cuarenta años, el dinero había desaparecido. Por primera vez necesitó un empleo. Y lo encontró donde probablemente era más feliz: entre libros.
En 1937 comenzó a trabajar como auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané de Buenos Aires. El sueldo era modesto incluso para los estándares de la época. Actualizado a valores actuales, apenas equivaldría a unos pocos cientos de dólares mensuales.
Allí pasaba horas clasificando ejemplares mientras escribía algunos de los textos que terminarían cambiando la historia de la literatura universal. El contraste resulta casi cómico. Uno de los mayores escritores del siglo XX cobraba menos que muchos oficinistas de su tiempo.
El día que Borges se quedó con ingresos cero
La situación empeoró en 1946. Tras la llegada de Juan Domingo Perón al poder, Borges fue apartado de la biblioteca municipal. La forma elegida para hacerlo pasaría a la historia cultural argentina. Las autoridades le comunicaron que había sido «ascendido» al puesto de Inspector de Aves, Conejos y Huevos en los mercados públicos de Buenos Aires. Era una humillación política. Borges presentó su renuncia inmediatamente.
De un día para otro volvió a quedarse sin ingresos.
Durante años sobrevivió gracias a conferencias pagadas por toda Argentina. Cobraba por hablar. Por explicar literatura. Por comentar a Shakespeare. Por reflexionar sobre los laberintos, la memoria o el tiempo. Sin saberlo, estaba construyendo el negocio que terminaría haciéndolo rico.
La fortuna llegó cuando el mundo descubrió a Borges
La verdadera explosión económica no llegó a través de las librerías. Llegó gracias al prestigio. En 1961 compartió el Premio Formentor con Samuel Beckett. Aquello cambió todo. Las editoriales europeas comenzaron a traducir sus libros. Las universidades estadounidenses empezaron a invitarlo. Harvard, Texas, Columbia y decenas de instituciones competían por tenerlo en sus auditorios. Y pagaban muy bien por ello.
La gran ironía es que Borges nunca fue un superventas en el sentido tradicional.
Ficciones, considerado hoy uno de los libros más importantes del siglo XX, vendió apenas unas decenas de ejemplares durante sus primeros años. Él mismo bromeaba diciendo que conocía prácticamente a todos sus lectores por nombre y apellido. Décadas después, aquellos mismos relatos generarían regalías en decenas de idiomas. Lo que el mercado ignoró durante años terminó convirtiéndose en una mina de oro.
El millonario que seguía viviendo como un estudiante
A finales de los años setenta y principios de los ochenta, Borges ya era una celebridad mundial. Los ingresos procedentes de derechos de autor, conferencias, premios y contratos editoriales sumaban cientos de miles de dólares anuales.
Sin embargo, su estilo de vida apenas cambió.
Vivía en el apartamento familiar de la calle Maipú de Buenos Aires. Dormía en una cama individual. Tenía pocos muebles. Prácticamente no gastaba dinero. No coleccionaba coches. No compraba propiedades. No mostraba interés por los símbolos tradicionales de riqueza. Para alguien obsesionado con el infinito, los espejos y los universos imaginarios, el dinero parecía una ficción menor.
La fortuna que sigue creciendo cuarenta años después
La paradoja definitiva llegó después de su muerte.
Cuando falleció en Ginebra en junio de 1986, Borges dejó sus bienes y derechos a María Kodama, compañera de sus últimos años y heredera universal de su legado. Lo que entonces parecía una decisión sencilla terminó convirtiéndose en uno de los laberintos sucesorios más complejos de la cultura argentina.
Tras la muerte de Kodama en 2023 sin un testamento formalmente válido, la justicia argentina declaró herederos universales a cinco sobrinos. Con ellos llegó también una pregunta inevitable.
¿Cuánto vale Borges? La respuesta exacta es imposible.
Las propiedades vinculadas a la herencia —incluyendo inmuebles en Buenos Aires, París y Ginebra— superan ampliamente el millón de dólares solo en bienes raíces.
Pero el verdadero tesoro está en otro lugar. En los derechos de explotación de Ficciones, El Aleph, El libro de arena y el resto de una obra que continúa publicándose, traduciéndose y estudiándose en todo el mundo.
Esos derechos seguirán generando ingresos hasta 2056, cuando la obra entre finalmente en dominio público, setenta años después de su muerte.
Hasta entonces, Borges seguirá produciendo dinero. Mucho dinero. Lo más curioso es que probablemente le habría parecido una broma. Porque el hombre que escribió algunos de los cuentos más complejos jamás imaginados nunca mostró demasiado interés por las cuentas bancarias. Y, sin embargo, terminó construyendo una de las fortunas literarias más importantes de la lengua española.
Como ocurre en sus mejores relatos, el desenlace estaba escondido desde el principio: Borges pasó la vida intentando comprender el infinito y acabó creando algo muy parecido a él. Una obra que sigue creciendo incluso después de que su autor desapareciera.

