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‘Los Americanos’, la serie de Robert Frank que cambió la historia de la fotografía

Tranvía, Nueva Orleans (1955), una de las imágenes más icónicas de The Americans, donde Robert Frank retrató las fracturas raciales y sociales de Estados Unidos en una sola fotografía. Foto: Robert Frank.

Empieza PHotoESPAÑA, y la edición de este año ha conseguido reunir dos de las visiones más decisivas e icónicas —aunque profundamente atípicas— de Estados Unidos en la historia de la fotografía: Richard Avedon y Robert Frank. Ambas muestras dialogan de manera extraordinaria entre sí. Son dos autores radicalmente distintos, pero igualmente esenciales para entender cómo la fotografía construyó la imagen moderna de Estados Unidos. Dos maneras de mirar el país: la precisión frontal, teatral y monumental de Avedon frente a la improvisación nerviosa, existencial y casi jazzística de Frank.

Fundación MAPFRE nos trae Richard Avedon. En el Oeste Americano, la gran obra maestra del fotógrafo habitualmente asociado al glamour, la moda y los retratos de celebridades. Pero lo que se presenta aquí no es tanto su trabajo comercial para revistas como Harper’s Bazaar o Vogue, sino su obra más personal y artística. Avedon convirtió a trabajadores, camioneros, vagabundos, mineros o adolescentes del oeste estadounidense en monumentales retratos sobre un fondo blanco que eliminaba cualquier distracción, y transformaba a sus modelos en figuras casi escultóricas. Ya tuvimos ocasión de verla en París, en la Fondation Henri Cartier-Bresson, y créanme: es impresionante.

Por su parte, Robert Frank & Los Americanos, en el Espacio Fundación Telefónica, representa la cara cruda, melancólica y desencantada de una sociedad capturada sin la máscara del idealismo del sueño americano. Si bien Frank también trabajó para revistas y realizó fotografía comercial, abandonó rápidamente ese camino. En raras ocasiones aceptó encargos del mundo de la moda. La industria demandaba imágenes limpias y elegantes; él prefería la imperfección, el accidente y la crudeza.

La exposición podrá visitarse hasta el 1 de noviembre y constituye uno de los acontecimientos culturales del año en Madrid. La muestra reúne por primera vez en España las 83 imágenes completas de The Americans —publicado originalmente en París en 1958 bajo el título Les Américains—, probablemente el fotolibro más influyente del siglo XX.

Foto: Robert Frank.

La importancia histórica de esta exposición va mucho más allá de la posibilidad —ya excepcional— de contemplar por primera vez en nuestro país juntas las fotografías del mítico libro. El núcleo de la muestra procede de uno de los sólo cuatro sets completos conocidos de The Americans, prestado por la Maison Européenne de la Photographie de París. A ello se suman hojas de contacto, copias de época y materiales del International Center of Photography de Nueva York. Todo ello permite comprender algo fundamental: Robert Frank no solo revolucionó la fotografía documental; también cambió para siempre la forma de editar, seleccionar y narrar con imágenes.

Las hojas de contacto incluidas en la exposición son, probablemente, uno de los aspectos más fascinantes del recorrido. Frank disparó decenas de miles de fotografías durante su viaje por Estados Unidos entre 1955 y 1956, realizado gracias a una beca Guggenheim. Sin embargo, terminó seleccionando únicamente 83 imágenes. El visitante descubre entonces que incluso las fotografías descartadas poseen una fuerza extraordinaria. Ahí reside parte del genio de Frank: una capacidad casi quirúrgica para identificar la imagen exacta que resumía una emoción, una contradicción social o una atmósfera colectiva. Como un músico de jazz improvisando sobre un estándar, Frank parecía saber exactamente cuándo detenerse, cuándo acelerar y cuándo dejar espacio al silencio.

Su mirada sobre Estados Unidos sigue resultando incómoda setenta años después. Frank llegó desde Suiza a Nueva York en los años cuarenta, procedente de una Europa todavía marcada por la guerra y el trauma de posguerra. Se encontró con una nación triunfante, convertida en superpotencia económica y cultural, pero también profundamente desigual. The Americans desmontó el relato glamuroso del sueño americano que dominaba la iconografía oficial de la época. Frente a la prosperidad optimista de la publicidad y las revistas ilustradas, Frank mostró estaciones de servicio vacías, carreteras interminables, funerales, camareras agotadas, ascensores impersonales, desfiles patrióticos y rostros atravesados por la soledad.

Foto: Robert Frank.

La América de Robert Frank era una tierra obsesionada con el éxito y el consumo, pero también un país alienado. Un lugar donde el individuo se diluye en la masa y sobrevive sometido a una presión constante. Frank retrató una América anónima, fragmentada y psicológicamente agotada. Sus imágenes parecen atravesadas por la misma angustia existencial que recorría la literatura de Albert Camus, Simone de Beauvoir o Jean-Paul Sartre. Sus personajes aparecen aislados incluso en espacios abarrotados. Sus vidas parecen atrapadas dentro de rituales sociales automáticos. Sus ciudadanos se desplazan permanentemente sin llegar nunca a ninguna parte. Fotografías que retratan una sociedad que presume de igualdad mientras convive con un racismo estructural evidente. Una sociedad capaz de comprarlo todo y, al mismo tiempo, transmitir una profunda sensación de vacío. Sus barras y estrellas aparecen, pero impresas sobre lonas ya raídas. La famosa fotografía del tranvía segregado de Nueva Orleans resume en una sola imagen las tensiones raciales y sociales de toda una época.

Ese tono desencantado provocó un enorme rechazo cuando el libro apareció por primera vez. Muchos críticos estadounidenses consideraron a Frank “antiamericano”. Incluso llegó a ser detenido en varias ocasiones. A los ojos de los policías locales de la América profunda resultaba sospechoso, con su cámara Leica colgada del cuello, su pasaporte que delataba su nacimiento en Suiza, y empeñado en dirigir su objetivo a personas y paisajes por los que ningún otro forastero se había interesado previamente. Paradójicamente, el tiempo convirtió aquellas imágenes incómodas en iconos absolutos de la cultura visual contemporánea. Hoy resulta imposible entender la evolución de la fotografía documental en general —y de la fotografía norteamericana de autor— sin su influencia.

Hasta entonces, el documentalismo dominante aspiraba a cierta objetividad clásica. Frank rompió con todo ello. Introdujo encuadres extraños, horizontes torcidos, desenfoques, movimiento, grano, sombras agresivas y composiciones aparentemente imperfectas. Sus fotografías parecían rápidas, nerviosas y accidentales, pero escondían una construcción visual extremadamente sofisticada. Había aprendido de Walker Evans, figura fundamental de la fotografía norteamericana, pero llevó aquella tradición hacia un territorio completamente nuevo: más subjetivo, emocional y existencial.

Foto: Robert Frank.

También absorbió influencias del expresionismo abstracto que dominaba el Nueva York artístico de los años cincuenta. En cierto modo, Frank fotografiaba como Jackson Pollock pintaba: improvisando, desplazándose físicamente dentro de la escena y buscando energía antes que perfección formal. Como Willem de Kooning o Franz Kline, entendía la obra artística como un gesto físico y emocional más que como una representación ordenada de la realidad. La cámara dejaba de ser un instrumento neutral para convertirse en una extensión directa del cuerpo y de la experiencia interior del fotógrafo.

Su obra conectó igualmente con la generación beat. Compartía sensibilidad con escritores como Jack Kerouac, Allen Ginsberg o Gregory Corso: fascinación por la carretera, rechazo del conformismo social y búsqueda de una experiencia auténtica de América. La relación entre Frank y Kerouac fue decisiva. El escritor terminó redactando el legendario prólogo de la edición estadounidense de The Americans en 1959. Ambos compartían una misma visión del viaje como herramienta artística y vital. Kerouac entendió inmediatamente lo que Frank estaba haciendo: una especie de jazz visual sobre la melancolía americana. No es casual que las imágenes de Frank recuerden a la estructura del bebop: improvisación, ritmo quebrado, tensión, silencios y libertad formal.

Pero la influencia cultural de Robert Frank no terminó en la fotografía. Su figura atraviesa buena parte de la música y el cine de la segunda mitad del siglo XX. Trabajó con los Rolling Stones, y dirigió el célebre —y polémico— documental Cocksucker Blues, filmado durante la gira estadounidense del grupo en 1972. Los aficionados a Keith Richards y Mick Jagger celebrarán además la inclusión en la muestra de Telefónica de la portada de Exile on Main St. El álbum ilustra perfectamente cómo el universo visual de Frank influyó mucho más allá de la fotografía, con sus imágenes fragmentadas, marginalidad, suciedad estética y energía callejera.

También colaboró con músicos como Tom Waits e incluso realizó vídeos para Patti Smith o New Order. Todos ellos supieron apreciar y absorber esa sensibilidad áspera, nocturna y profundamente urbana asociada al imaginario de Frank.

La exposición madrileña también recuerda la importancia de Frank como cineasta experimental. A partir de los años sesenta realizó cine profundamente personal, repleto de imágenes fragmentarias y poéticas. Obras como Pull My Daisy, con participación de Allen Ginsberg, Gregory Corso y Peter Orlovsky, y narrada por Jack Kerouac, ampliaron el lenguaje visual que había iniciado con The Americans.

Hoy, décadas después, la obra de Robert Frank continúa resultando radicalmente contemporánea. En plena era de las imágenes instantáneas y del exceso visual digital, sus fotografías mantienen intacta una capacidad poco frecuente: obligarnos a mirar más despacio y, sobre todo, a mirar hacia el interior de nosotros mismos.

Quizá por eso esta exposición se siente especialmente relevante en 2026. Funciona como un espejo incómodo de muchas tensiones actuales: aislamiento urbano, desigualdad, consumo compulsivo, identidad colectiva y agotamiento social.

Destacaremos finalmente, además, que el comisario de la exposición de Robert Frank es David Campany, uno de los grandes especialistas internacionales en fotografía contemporánea y cultura visual.

Precisamente Campany firma también el comisariado de otra de las exposiciones imprescindibles del año para cualquier amante de la fotografía: Walker Evans. Ahora y entonces, presentada en el centro KBr Fundación MAPFRE de Barcelona. Si Madrid ofrece la posibilidad de redescubrir a Robert Frank, Barcelona permite comprender mejor de dónde surgió su mirada. Evans fue el gran maestro de Frank y uno de los padres de la fotografía documental moderna. Su manera de retratar la arquitectura vernacular, los rostros anónimos, los rótulos urbanos y la vida cotidiana estadounidense definió gran parte del lenguaje visual que Frank llevaría después hacia territorios mucho más subjetivos y emocionales. La exposición barcelonesa funciona así como un complemento perfecto de la muestra madrileña. Es una oportunidad excepcional para entender las conexiones, influencias y rupturas entre dos de los fotógrafos más influyentes del siglo XX.