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Valle García, la creadora española que está llevando la cerámica artesanal a las mesas más sofisticadas

La creadora de Historias de Tierra reflexiona sobre la belleza silenciosa, la memoria de los objetos y por qué, en un mundo acelerado, la verdadera sofisticación quizá consista simplemente en aprender a mirar –y vivir– más despacio.

Valle García.

Hay una escena que se repite en muchos grandes restaurantes y que casi nadie mira. El chef coloca el plato. La luz cae sobre la mesa. El camarero se aleja. Y durante apenas unos segundos ocurre algo muy extraño: antes de probar el alimento, el comensal ya ha empezado a sentirlo.

Ahí es donde empieza realmente el trabajo de Valle García. No en la cocina. No en el diseño entendido como tendencia. Sino en ese instante silencioso donde una pieza cambia la forma en la que alguien vive lo que tiene delante.

Desde Asturias, la creadora de Historias de Tierra ha construido uno de los universos cerámicos más sensibles de la gastronomía contemporánea. Sus piezas –hechas íntegramente a mano– habitan restaurantes, interiores y mesas donde la estética no busca imponerse, sino emocionar desde un lugar mucho más profundo: la materia, el tacto, el peso, la temperatura, la memoria.

Porque Valle no trabaja únicamente con barro. Trabaja con ritmo. Con pausa. Con presencia. En un mundo obsesionado con producir rápido, consumir rápido y olvidar rápido, Historias de Tierra reivindica algo radicalmente distinto: objetos hechos para quedarse. Vajillas que envejecen con dignidad. Superficies que conservan huellas. Piezas que no aspiran a ser perfectas, sino honestas.

Y quizá por eso sus respuestas tienen la misma sensación que sus cerámicas: calma, profundidad y una belleza que no necesita llamar la atención para permanecer.

En esta conversación, Valle García reflexiona sobre la belleza que no necesita imponerse, sobre los objetos capaces de guardar memoria y sobre esa forma cada vez más extraña –y profundamente humana– de crear desde la calma, el tacto y la emoción duradera.

La alta gastronomía siempre habla del chef, del plato, del vino, de la
experiencia… pero muy pocas veces de aquello que sostiene silenciosamente
toda esa belleza. ¿Qué ha aprendido usted sobre el acto de comer observando
cómo una pieza puede cambiar por completo la manera en que alguien mira un
alimento?

He aprendido que comer nunca es solo alimentarse. La forma, el peso, la temperatura o
incluso el borde de una pieza cambian la relación que tenemos con lo que sucede en la
mesa. A veces un objeto puede hacer que alguien mire un alimento con más atención o
que reduzca el ritmo sin darse cuenta. Me interesa mucho esa capacidad silenciosa de la
cerámica: no imponerse, pero sí modificar la experiencia desde un lugar muy físico y
muy humano. Cuando una pieza funciona de verdad, desaparece el artificio y solo queda
una sensación de coherencia.

Sus piezas tienen algo profundamente humano: no parecen hechas para
impresionar, sino para permanecer. Como ciertas casas, ciertos libros o ciertas
personas. En un momento donde todo está diseñado para consumirse rápido,
¿qué cree que revela de nosotros la forma en que tocamos, usamos y
convivimos con los objetos?

Creo que la velocidad actual nos ha acostumbrado a relacionarnos con objetos sin
memoria. Usamos, sustituimos y olvidamos constantemente. Por eso me interesa hacer
piezas que inviten a una relación más lenta y más consciente. Objetos que mejoren con
el uso, que acumulen marcas, pequeños accidentes y tiempo. La cerámica tiene algo
muy honesto: guarda rastro de las manos, del fuego y del proceso. Tal vez por eso
seguimos necesitando tocar ciertas cosas para sentirlas reales.

Trabaja con tierra, fuego, tiempo y error. Elementos bastante incompatibles
con la velocidad contemporánea. ¿Qué parte de carácter hay que tener –o
perder– para dedicarse a un oficio que obliga constantemente a esperar,
corregir y aceptar que no todo puede controlarse?

El barro te obliga a abandonar la idea de perfección muy rápido. Puedes conocer la
técnica, controlar procesos y aun así el material termina llevándote a otro lugar. Hay
algo de humildad en aceptar eso. Con el tiempo entendí que el error no siempre arruina
una pieza; a veces le da precisamente lo que la hace irrepetible. Trabajar así también
modifica el carácter: aprendes a observar más, a intervenir menos y a convivir con cierta
incertidumbre sin intentar domesticarla todo el tiempo.

En Historias de Tierra hay una idea muy bonita: que las piezas no deben
imponerse sobre un espacio, sino revelar su identidad. Me pregunto si eso no
termina siendo también una filosofía de vida. ¿En qué momento entendió que
la verdadera elegancia –en los objetos, en los lugares o en las personas–
tiene más que ver con escuchar que con destacar?

Nunca he entendido la cerámica como un objeto que deba competir por atención.
Tampoco me interesa imponer mi personalidad sobre las piezas. Prefiero una belleza
más discreta, más silenciosa; aquella que permite que el objeto sea habitado por otros
sin sentirse condicionado por la presencia constante del autor.

En Historias de tierra intento que cada pieza tenga una voz propia, pero sin estridencias.
Me interesa cuando un objeto acompaña una mesa, una conversación o un espacio con
naturalidad, casi desde la ausencia. Con el tiempo entendí que la presencia más fuerte
no siempre es la más evidente. A veces lo verdaderamente importante ocurre en ese
lugar más silencioso: cuando una pieza deja una huella emocional sin necesidad de
imponerse.

Hay algo casi emocional en sus vajillas: uno siente que guardan memoria, como
si absorbieran conversaciones, luces, cenas largas o pequeñas intimidades.
¿Qué le gustaría que quedara de usted en las mesas de otros cuando ya no esté
presente: una estética… o una manera de hacer sentir?

Me gustaría que quedara una manera de sentir, no un estilo reconocible impuesto sobre
los demás. Nunca me interesó que las piezas hablaran demasiado de mí, sino que
pudieran integrarse en la vida de otras personas con libertad y naturalidad.
Creo en una belleza discreta, en objetos que se dejan usar, querer y transformar por el
tiempo sin abrumar ni reclamar protagonismo constantemente. Si algo permanece, ojalá
sea esa sensación de intimidad y verdad que aparece cuando convivimos durante años
con objetos que terminan formando parte de nuestra memoria cotidiana.