Cuando hace algo más de un año entrevistamos a Olivier Dassault en la Galería Malborough de Madrid, nadie pensaba que iba a llegar una pandemia o que este moderno hombre del Renacimiento iba a encontrar a los 69 años un final anticipado. El domingo 7 de marzo se elevaba por última vez en un helicóptero que despegó desde la casa de vacaciones que su familia tiene en Touques, cerca de Deauville (Francia).

Diputado republicano en la Asamblea Nacional, empresario, aviador, ingeniero, músico y fotógrafo, Olivier pertenecía a una de las familias más ricas, poderosas y conocidas de Francia, con una fortuna valorada en cerca de 4.000 millones de euros. Su abuelo, Marcel Dassault, fue uno de los pioneros de la aviación francesa y fundador de la compañía que lleva su nombre. En la actualidad fabrican los conocidos aviones Falcon y son propietarios del diario Le Figaro. De hecho, cuando Olivier aterrizó en Barajas para inaugurar su primera exposición de fotografía en España, ‘Lumières’, lo hizo pilotando su propio Falcon.

Sus ojos claros y vivaces y su inteligencia rápida, eléctrica y chispeante atrapaban al momento, como si para él resultara tan natural comunicar lo que le apasionaba como respirar. Olivier sentía fascinación por todo lo que le rodeaba, disfrutaba con todo lo que hacía y de forma inconsciente conseguía contagiar su entusiasmo entre los que le rodeaban. Era un pionero que sabía extraerle toda la emoción a la vida.

Con la ilusión y la curiosidad de un niño que ve las cosas viejas con nuevos ojos, aseguraba que el secreto para llegar a todo era levantarse pronto y acostarse tarde, aprovechar bien los días y rodearse de un gran equipo de personas que le ayudara a organizarse en lo político y en lo empresarial. Para él, lo mejor de ser una persona ecléctica era que encontraba inspiración en todas partes, ya que unas facetas alimentaban a las otras. Cuando le preguntamos qué elegiría si tuviera que quedarse con una sola de sus facetas, fue tan ingenioso como brillante en su respuesta: “Elegiría no tener que elegir”.

Olivier Dassault en una imagen de 1988. Foto: Patrick Robert/Sygma/CORBIS/Sygma via Getty

Fiel a su cámara Minolta durante más de 40 años, Olivier entendió la fotografía como una forma de registrar la creación y de conservar una visión fugaz y efímera en el recuerdo. “En todos los lugares donde la luz se posa hay una fuente de inspiración y de creación. La fotografía es un instante mágico en el que el tiempo se detiene”.

En 1977 atravesó el océano Atlántico desde Nueva York hasta París a bordo de un Falcon 50 y batió un récord de velocidad. No sería la última vez en acometer hazaña semejante. Una década más tarde se subió a bordo de un Falcon 900 para acortar distancias entre Nueva Orléans y París, con el objetivo de pasar el día de Año Nuevo en la capital francesa.

Olivier se casó dos veces. Con su primera mujer, Carole Tranchant, tuvo dos hijos, Rémi y Hélena; y con su actual mujer, tristemente ya viuda, Natacha Nikolajevic, al pequeño Thomas de nueve años. El presidente francés, Emmanuel Macron, lamentaba su fallecimiento en Twitter con las siguientes palabras: Olivier Dassault amaba Francia. Capitán de industria, diputado, concejal, comandante en la reserva del Ejército del Aire. Durante toda su vida nunca dejó de servir a nuestro país. Su muerte brutal es una gran pérdida. Mi más sentido pésame a sus familiares y allegados.

Con Olivier se va un artista, un político y un visionario que vivió como quiso y voló muy alto. Tan alto como pudo. Al preguntarle qué sentía al pilotar un avión, afirmó que era “un encuentro con el infinito”. Por un lado sentía la sensación de un reencuentro consigo mismo, pero al mismo tiempo percibía una unión infinita entre todos los demás. “La sensación de un infinito que nos une y en el que cabemos todos”.