Hay gente que hace reír con una mirada. También hay otra que da ganas de abrazarla. Y luego está Julián López (El Provencio, Cuenca, 1978), con el que pasan las dos cosas. Miembro de los chanantes, los Monty Python manchegos que en 2027 celebrarán 25 años de humoradas, como actor se ha convertido en un activo seguro en la taquilla. En Lapönia, una adaptación del éxito teatral dirigida por David Serrano (Días de fútbol), confirma que cuando se pone un poco serio sigue resultando igual de creible. Junto a Ángela Cervantes, Natalia Verbeke y el noruego Vebjørn Enger, viaja hasta Finlandia para enfrentarse a un dilema que divide a padres y madres: ¿cuándo contar que Papá Noel son ellos?
Eres trompista de conservatorio y tienes un quinteto de metales, Manchabrass, pero Ramón, tu personaje en Lapönia, no distingue un saxo de una trompeta.
¿Sabes que eso es de lo que más me gusta de este trabajo? Decir cosas que son todo lo contrario de lo que soy yo en la realidad. Cuando veo algo así en el guión, me encanta, incluso a veces lo fuerzo. Como con las frases que hacen reír a un compañero. Si veo que reaccionan ante algo que dice mi personaje, me la juego un poco más en cada toma, y si hay que cortar, se corta, no pasa nada.
Tratándose de una obra de teatro adaptada al cine, ¿intentasteis que se pareciera más a un montaje escénico que a un rodaje?
Una mezcla de las dos cosas. Aunque yo en teatro me he prodigado poco, por no decir nada, al ensayar la película me pareció que la preparábamos como un elenco de teatro. Eran escenas largas, como de 11 o 12 minutos, a veces con el equipo técnico alejado, pero David [Serrano] se preocupó mucho de que no pareciera teatro filmado, de que hubiera elementos cinematográficos.
¿Cómo llegó este proyecto?
No conocía la obra original, pero al leer el guión sí que vi esa esencia teatral, un tipo de personajes y escenas que me parecían muy interesantes. También me apetecía mucho trabajar con David, con quien había estado a punto de trabajar en Voy a pasármelo bien. No sucedió por una cuestión de tiempos y agenda, pero entonces vimos que los dos nos entendíamos bien y que queríamos coincidir en otro momento.
La trama se ambienta en Finlandia, pero no salisteis de España.
Rodamos en un enclave precioso en Vizcaya, en un hotel rural. Lo curioso es que teníamos que empezar la jornada a partir de la tarde, cuando empezaba a anochecer, y que además lo hicimos casi en verano, usando máquinas de nieve. La gente que pasaba por allí no entendía qué estaba pasando.
Has hecho unas cuantas comedias sobre españoles que salen al extranjero, casi siempre para buscarse la vida. ¿Es un subgénero?
Soy un poco el nuevo Landa, ¿no? [Risas] Creo que el español medio cuando sale fuera, y es algo que se ha reflejado tanto en el cine como la literatura, se hace pequeñito y se refugia en esa idea de que como en España no se está en ningún lado.
En Los destellos (2024) sorprendiste con un papel dramático y este personaje tiene también ese doble registro, entre lo cómico y triste.
Quiero mostrar más caras como actor. Es lo que más concuerda conmigo como persona. Cuando vas caminando por la vida, el paisaje va cambiando, la mochila se te va cargando, y siento que ahora mismo tengo más cosas que contar. Puede sonar como que no quiero hacer comedia, pero en absoluto. De hecho, tengo proyectos venideros que son puramente comedia y los seguiré haciendo. Me encanta y no soy tonto, sé cuáles son mis puntos fuertes.
¿Cuesta más siendo cómico que a uno le tomen en serio?
Lo diré de esta manera: me cuesta más demostrarlo, encontrar gente que piense que puedo dar algo distinto. En Los destellos conecté muy bien con Pilar [Palomero, directora del filme], y para Lapönia hubo un director de casting como Luis San Narciso y un director como David Serrano que creyeron que podía mostrar otra cara. Yo sé qué tecla necesito tocar, pero necesito que me den la seguridad para poder hacerlo.
¿Detectas ese cambio en el tipo de proyectos que te llegan?
Se están escribiendo cosas muy mixtas, que combinan drama y comedia, un poco como es la vida, ¿no? Además, yo ya busco esas capas que quizá antes no veía. Si hoy hiciera Pagafatas, mi primera película, no me centraría tanto en la parte divertida, escarbaría un poco, le sacaría más punta al personaje. Llevo tiempo escribiendo un guión propio, a fuego lento, y veo que me lleva por ese lado. Es una comedia muy mía, pero también hay cierta oscuridad, el lado patético de los personajes, sus frustraciones…
¿Se convertirá en serie o película?
Quiero que sea una miniserie. He arrancado yo solo, porque es una idea mía, pero más adelante quiero hacer equipo, aunque de momento sólo le estoy dando forma.
Almodóvar, Colomo, Segura, Cobeaga, García Velilla, Fernández Armero, Ruiz Caldera, ahora David Serrano… Eres el hilo que conecta varias generaciones de directores de comedia en España.
De esto caigo en la cuenta cuando me hacen algún homenaje. Estoy muy satisfecho y me siento afortunado. Además, he hecho una carrera pivotando alrededor de la comedia, pero con muchos colores muy distintos, una paleta muy completa.
¿La comedia compensa con taquilla la falta de premios y prestigio?
Es lo que nos queda, que no es poco. En realidad diría que es mucho. Cuando he hecho una buena recaudación ha sido una satisfacción muy grande. Uno hace las cosas para que se vean y para que la gente disfrute. Lo de los premios me da rabia porque no se valora el trabajo y el esfuerzo de mucha gente. ¿No pueden ser buenas la fotografía, el montaje o el sonido de una comedia?
Cuando estrenas, ¿sueles estar pendiente de la recaudación?
La verdad es que no. Pero soy así con todo relacionado con la economía. Llevo bien mis cosas, pero nunca he estado pendiente con lupa del dinero. Y mira que mi padre era auxiliar administrativo y podría haberlo heredado, pero no.
¿Sabes cuál de tus películas ha sido la más taquillera?
Así de memoria diría que Torrente 5, Perdiendo el Norte, Ocho apellidos marroquís, Que se mueran los feos…
Siendo un actor con tan buenas cifras, ¿qué tal se te da negociar?
Pues fatal también. [Risas] Delego completamente. Llevo muchos años con el mismo representante, que es quien se ocupa de tensar un poco más la cuerda. Yo ese don, el de saber decir la frase justa en el momento adecuado, no lo tengo. Lo único que sí he logrado es pedir caprichos pequeñitos de estrella. Me gusta que en los rodajes haya chocolate, en el departamento de vestuario unas plantillas con las que estoy muy cómodo, los parches de calor para por las mañanas… Cosas mínimas. Lo mismo con la edad me vuelvo más excéntrico y pido un sillón de hidromasaje o algo así. Se irá viendo.
¿Qué tal gestionas tu patrimonio?
Por suerte he ganado dinero, sigo ganándolo, y he podido tener mis necesidades más que cubiertas. También es que tengo la cabecita muy bien amueblada, sé cuando ir dosificando los gastos, los caprichos, etc. En eso sí que soy el número uno, me administro muy bien, y sé que vienen luego vacas flacas, que se trabaja más, que se trabaja menos. Y aún así, digo más noes que síes porque no me hace falta económicamente. Así que si el proyecto no me llama, pues no lo hago y ya está.
En 2027 se cumplirá el 25 aniversario del origen de todo, La hora chanante. ¿Habrá celebración?
¿Te puedes creer que ayer estuve con Joaquín [Reyes] hablando de esto? Fui a verle al Teatro Infanta Isabel, que está haciendo La verdad, y luego nos tomamos una cerveza y salió este tema. Caímos en la cuenta del tiempo que ha pasado, que parece mentira, casi 25 años de algo que nos cambió la vida a todos nosotros. Hasta entonces ninguno pensaba dedicarse al audiovisual. Y ahí estamos Carlos [Areces], Raúl [Cimas], Ernesto [Sevilla], Joaquín y yo, a este tren subidos. No hay nada programado, pero habrá que celebrarlo, porque lo merece.
A estas alturas, ¿te han hecho ya hijo ilustre de El Provencio?
Algo mejor. Desde el pasado febrero, el Centro Social Polivalente del Provencio lleva mi nombre. Para mí tiene un significado muy especial porque en ese sitio yo iba a la biblioteca, jugaba y empecé en la banda de música. También mis primeros pinitas como cómico. Me hace mucha más ilusión esto que una calle. El niño que fui no se lo habría creído.
Hablando de niños, ante el dilema de Lapönia, contar la verdad o conservar la ilusión de creer en Papá Noel, ¿con qué te quedas tú?
Como mi personaje, con la ilusión. Totalmente. La vida puede ser muy perra. He perdido a mi padre hace cuatro meses y es un dolor como no había experimentado en mi vida, profundísimo, una hostia tremenda. Si no existe la posibilidad de imaginar, es imposible que lleguen a cicatrizar heridas como ésta. Yo necesito pensar que, aunque es inevitable que suceda lo malo, siempre vamos a tener la ilusión.

