Hay un momento en el que una colección deja de ser privada aunque siga siéndolo. No ocurre cuando se compra la obra más importante ni cuando el conjunto alcanza una dimensión internacional. Ocurre cuando el propietario siente la necesidad de compartirla.
La Fundación Calparsoro nace exactamente ahí: en el tránsito entre lo íntimo y lo público.
Para entender ese paso, tuve la oportunidad de conversar con Gabriel Calparsoro, coleccionista y fundador de la nueva institución, cuya colección se ha construido a lo largo de más de dos décadas con una mirada comprometida hacia el arte contemporáneo internacional; con Isaac Julien, artista británico de referencia global, pionero en la hibridación entre cine, instalación y discurso político, y una de las voces más influyentes en el debate sobre memoria, identidad y representación; y con Bartomeu Marí, historiador del arte y comisario con una larga trayectoria al frente de instituciones internacionales, responsable del planteamiento curatorial del proyecto inaugural.
Les planteé una serie de preguntas sobre el sentido de esta activación, sobre el papel del coleccionismo privado hoy y sobre la dimensión cultural y política del proyecto que inaugura la fundación. Sus respuestas -reflexivas, honestas, en ocasiones profundamente personales- ayudan a situar esta iniciativa más allá del gesto institucional.
Durante más de veinte años, Gabriel Calparsoro ha construido una colección que no responde a una estrategia de mercado ni a una lógica de inversión, sino a un proceso paralelo a su propia identidad. “La colección es la construcción de un relato personal”, explica. Las obras no son piezas aisladas: son preguntas, fricciones, espejos.
El paso de convertir ese patrimonio en fundación no fue un gesto de expansión, sino de apertura. Cuando las instituciones comenzaron a solicitar préstamos y las obras empezaron a circular, apareció algo que no estaba previsto: la experiencia de compartir. “Los valores de una obra se expanden cuando cada espectador se proyecta en ella”, afirma. La fundación nace de esa constatación.
No para exhibir una colección, sino para activarla.
Coleccionismo privado: riesgo, tensión y responsabilidad
En un momento en que la relación entre lo público y lo privado en cultura suele mirarse con recelo -y no sin motivos históricos-, la Fundación Calparsoro propone un modelo de colaboración consciente. No ingenuo. No cómodo. Pero necesario.
Gabriel Calparsoro no esquiva la complejidad: “El desarrollo cultural se basa en el diálogo abierto”. Para él, el coleccionismo privado tiene una capacidad particular: puede arriesgar más, ser más osado, asumir decisiones que no siempre encajan en marcos institucionales. Puede adquirir obras incómodas, políticamente tensas, formalmente radicales. Puede adelantarse.
Pero también es consciente de su límite. “Las colecciones privadas que no tienen voluntad de acceso público son irrelevantes culturalmente”, subraya Bartomeu Marí. “Solo existen para sus propietarios”. Su afirmación no es ideológica, es estructural: el arte adquiere significado cuando circula, cuando es interpretado, cuando es discutido.
Calparsoro lo formula desde la experiencia: el momento en que sus obras comenzaron a viajar, a ser solicitadas por museos, a dialogar con otros contextos, cambió la naturaleza misma de la colección. “Los valores de una obra se expanden cuando cada espectador se proyecta en ella”, explica. La activación pública transforma el gesto de acumular en un acto de responsabilidad.
No es una relación exenta de tensión -lo reconoce sin rodeos-, pero cuando ambas voluntades convergen, el alcance se multiplica. Las instituciones públicas aportan estructura, legitimidad, permanencia. El coleccionismo privado aporta riesgo, agilidad y, en ocasiones, una mirada menos condicionada. No es sustitución. Es complementariedad.
La primera activación de la Fundación no podía ser neutral. La elección de presentar Once Again… (Statues Never Die), de Isaac Julien, en el Museo Lázaro Galdiano no es casual. Es una decisión casi coreográfica.


El propio Bartomeu Marí explica que la obra le interesó para inaugurar la fundación porque expresa “algunos de los compromisos éticos que la animan”. En un momento en que -como señala- la igualdad, la libertad y las formas de fraternidad “se tambalean acosadas por la violencia y el odio”, el arte sigue siendo una manera de decir “no” a los abusos de poder.
El Museo Lázaro Galdiano, antigua residencia de un coleccionista burgués de finales del XIX, alberga una colección que representa el gusto español de su tiempo: sin arte africano, sin vanguardias históricas, sin rastro visible de los debates coloniales que atravesaban Europa. Una cápsula temporal. Colocar ahí una instalación que cuestiona el relato del modernismo occidental y problematiza la presencia de objetos africanos en museos europeos no es una intervención decorativa. Es fricción.
“¿Qué sucede cuando se lleva una obra contemporánea a un lugar donde no se la espera?”, se pregunta Calparsoro. La respuesta no es estética. Es política en el mejor sentido del término: genera conversación.
Isaac Julien define la pieza como un ejercicio de “restitución poética”. No se trata únicamente del retorno material de obras expoliadas -aunque el debate es urgente-, sino de devolver historias, diálogos e imaginarios que fueron aplanados o silenciados. Su instalación reconstruye los intercambios intelectuales entre Alain Locke y Albert C. Barnes en los años veinte, un momento clave para el pensamiento negro moderno y para la relación entre arte africano y vanguardia occidental.
Para Julien, no es un ajuste de cuentas: es la construcción de un contra-imaginario. Un espacio donde pasado y presente se entrelazan y donde la memoria se activa como herramienta crítica.
Marí añade otra capa: la historia del arte, como tantas otras, ha sido escrita desde la perspectiva de los vencedores. “La necesidad de reescribir todas las historias es urgente”. No se trata de moda ni de tendencia curatorial; se trata de justicia histórica. Y ese debate, situado en Madrid, dentro de un museo histórico, adquiere una resonancia particular en una Europa que todavía lidia con su memoria colonial.
Más allá del lujo: cultura como herramienta
En un contexto en el que el arte contemporáneo es reducido con frecuencia a objeto de inversión o símbolo de estatus, la Fundación Calparsoro insiste en otra narrativa.
Calparsoro habla desde una experiencia vital concreta. Vivió en Nueva York a finales de los ochenta, en un momento de activismo cultural intenso. Allí entendió algo que le marcaría: el arte no era un espacio distante ni elitista; era parte de la vida cotidiana. Las instituciones eran espacios vivos de debate. “Sentí por primera vez que me merecía el arte”, recuerda. Esa frase atraviesa todo el proyecto. En España, el acceso al arte contemporáneo sigue percibiéndose a menudo como territorio de iniciados. La fundación quiere romper esa distancia. Democratizar no significa simplificar; significa abrir. Crear condiciones para que públicos diversos puedan enfrentarse a obras complejas sin sentirse expulsados.
Bartomeu Marí lo expresa con contundencia: por más que se intente reducir el arte a industria del lujo, iniciativas como esta lo sacan de los circuitos de exclusión. El arte no es solo mercado. Es significación cultural.
Julien, por su parte, insiste en la dimensión sensorial y emocional de la obra. La instalación no pretende sermonear. Su estructura -que cruza cine, escultura, música y espacio museístico- busca envolver al espectador, invitarle a experimentar antes de teorizar. “Es una escultura parlante”, la describe Marí. Una película que flota en el museo.
La cultura, para Calparsoro, no es “alta” o “baja”. Es reflexión. Es herramienta para cuestionarse. Es incluso una forma de liderazgo empresarial más creativo y más humilde. No aspira únicamente a visibilizar una colección. Quiere actuar como agente cultural y plataforma de diálogo social.
Calparsoro habla de descubrimiento, inclusión, diversidad, cuestionamiento. Quiere experimentar. Arriesgar. Definirse proyecto a proyecto. “El arte contemporáneo puede tener una capacidad extraordinaria para generar conversación más allá del propio mundo del arte”, sostiene.

Marí coincide: el derecho a la igualdad de las minorías o la necesidad de descolonizar las instituciones no son temas pasajeros. Necesitamos obras de gran calidad que, más allá de la experiencia estética, nos inviten a pensar el presente de manera poética y comprometida. Emoción, extrañeza, fascinación, aprendizaje: eso espera Marí que experimente el espectador. Julien aporta la dimensión emocional: la obra no ofrece respuestas cerradas. Propone capas. Belleza formal y densidad política. Emoción e incomodidad. Calparsoro lo resume con una imagen que vuelve al origen: que el visitante salga con la sensación de que se merece el arte. Que conecte con sus emociones. Que quiera saber más. Que necesite contarlo.
Y quizá ahí esté la verdadera activación. Cuando una colección deja de guardar para empezar a provocar conversación, deja de ser un archivo privado. Se convierte en un espacio público de pensamiento.
En un momento en que las instituciones culturales enfrentan debates sobre restitución, memoria, representación y acceso, el nacimiento de la Fundación Calparsoro se sitúa en un punto interesante del mapa: el del coleccionismo privado que decide asumir responsabilidad pública. No es un gesto filantrópico superficial. Es una toma de posición.
Activar una colección implica aceptar que el arte no es únicamente patrimonio personal, sino espacio de diálogo colectivo. Implica exponerse a la crítica, a la tensión, a la complejidad. Implica entender que compartir no debilita la propiedad; la transforma.
Dentro de cinco o diez años, la Fundación Calparsoro podría ser recordada como una colección, como un agente cultural o como una plataforma de diálogo social. Probablemente, si el proyecto mantiene esta coherencia, será las tres cosas. Porque cuando una colección decide hablar, ya no pertenece solo a quien la inició. Pertenece también a quienes la escuchan.
