Hay coches que se subastan y otros que regresan. Este miércoles 27 de enero, en París, a escasos metros del Louvre y lejos del estruendo de los circuitos, reaparece una de las piezas más importantes de la historia del automovilismo europeo y del legado de Ferrari: el último coche adquirido y pilotado por Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton, Marqués de Portago, el primer español que compitió como piloto oficial de la Scuderia Ferrari. No es solo un Ferrari excepcional. Es el Ferrari que dio nombre a toda una estirpe.
La cita tendrá lugar en el número 99 de la Rue de Rivoli, donde RM Sotheby’s celebrará una subasta de coches clásicos europeos. Entre casi un centenar de lotes, uno concentra toda la atención del mercado internacional. Se trata de un Ferrari 250 GT LWB Berlinetta de 1956, carrozado en aluminio por Scaglietti con diseño de Pininfarina, cuya estimación supera los 13 millones de euros, una cifra que lo sitúa en la élite absoluta del coleccionismo mundial.
El Ferrari que cambió su propio nombre
Este coche no es conocido como “Tour de France” por una cuestión comercial o estética. Lo es porque ganó el Tour de France Automobilístico de 1956. Y no cualquier edición, sino una de las más duras y prestigiosas de la historia. Tras su victoria, el modelo pasó a denominarse oficialmente Ferrari 250 GT “Tour de France” o TdF, convirtiéndose este chasis concreto en el único Ferrari conocido que cambió el nombre de su propia gama gracias a un triunfo deportivo.

La carrera, disputada entre Niza y París, sumaba cerca de 5.800 kilómetros e incluía pruebas en circuitos como Le Mans, Reims o Montlhéry, además de tramos cronometrados en carreteras abiertas y puertos de montaña. De los 103 coches que tomaron la salida, solo 37 llegaron a meta. Portago lo hizo primero, superando incluso al Mercedes 300 SL oficial de Stirling Moss. Desde entonces, el 250 GT TdF se convirtió en uno de los Ferrari más codiciados jamás construidos.
Ingeniería, exclusividad y cifras que explican su valor
Desde el punto de vista técnico, este Ferrari representa la excelencia de su época. Biplaza, con motor V12 de 240 caballos, apenas 1.050 kilos de peso y una velocidad punta de 252 km/h, fue concebido como un arma de competición para la categoría Gran Turismo. Este ejemplar es el séptimo de solo nueve berlinettas de competición de la primera serie carrozadas por Scaglietti, una rareza extrema incluso dentro del universo Ferrari.
Su estado de conservación eleva aún más su valor. En enero de 2026 ha sido certificado por Ferrari Classiche, confirmando que mantiene matching numbers completos, conservando motor, caja de cambios, eje trasero y carrocería originales. A ello se suma un nivel de originalidad poco común en coches con semejante historial competitivo, algo que el mercado valora tanto como los resultados deportivos.
Alfonso de Portago, el aristócrata que corría sin frenos
El hombre que condujo este Ferrari parecía hecho a medida para una época irrepetible. Grande de España, ahijado de Alfonso XIII, criado entre Madrid y Biarritz, Alfonso de Portago —“Fon” para amigos y rivales— fue piloto, aristócrata, atleta olímpico y playboy internacional. Antes de triunfar en el automovilismo había practicado tenis, golf, polo, hípica y bobsleigh, disciplina con la que llegó a formar un equipo español para los Juegos Olímpicos de Invierno de 1956. El diario L’Équipe lo bautizó como “el rompehuesos número uno del deporte europeo”.
Su debut en competición llegó en 1953, en la Panamericana de México. A partir de ahí, su nombre empezó a aparecer en los grandes escenarios del automovilismo internacional: Buenos Aires, Sebring, Le Mans, Reims, Silverstone, Nassau o Caracas. Ganaba, arriesgaba y atraía miradas. Enzo Ferrari se fijó en él y, con solo 27 años, Portago se convirtió en el primer español piloto oficial de Ferrari, aunque siempre admitió que pudo acelerar su entrada comprándose sus propios coches. “No era inmensamente rico”, decía, “pero estaba permanentemente endeudado”.

Una vida de leyenda, un final trágico
Fuera de los circuitos, Portago era una celebridad global antes de que existiera el concepto. Casado muy joven, padre de tres hijos con dos mujeres distintas y pareja de algunas de las mujeres más famosas de su tiempo, compartió escena con actores como Gary Cooper y fue definido por la prensa europea como “el James Dean español”. Elegante, temerario y carismático, vivió en menos de 30 años lo que otros no viven en toda una vida.
La tragedia llegó en 1957, durante la Mille Miglia. Un accidente acabó con su vida, la de su copiloto, el periodista estadounidense Edmund Nelson, y la de once espectadores. La carrera fue prohibida en su formato original y Portago quedó convertido en mito. Ignorado durante décadas en la España franquista, su figura ha sido preservada en Europa como la de un héroe romántico del automovilismo.
Un historial de propietarios tan exclusivo como el coche
El Ferrari que ahora sale a subasta ha tenido solo cinco custodios en casi 70 años, una cadena de propiedad excepcionalmente corta para un vehículo de esta relevancia. Tras la muerte del marqués lo adquirió su amigo Keith Schellenberg, quien lo conservó hasta los años ochenta. En 1992 pasó a manos del empresario mexicano Lorenzo Zambrano, que lo restauró y lo devolvió al primer plano internacional, logrando premios de primer nivel, incluido el primer puesto de su clase en el Pebble Beach Concours d’Elegance.
Desde entonces, el coche ha permanecido prácticamente oculto durante más de dos décadas, una ausencia que no ha hecho sino reforzar su aura. Acompañado de documentación exhaustiva, incluyendo hojas de fábrica, un informe histórico del experto Marcel Massini y fotografías de época, su reaparición supone una oportunidad prácticamente irrepetible.
Precio, patrimonio y legado
Que su valor supere los 13 millones de euros no es solo una cuestión de mercado, sino de significado. Este Ferrari es el único conocido que ganó todas las carreras en las que participó en su época, el coche que dio nombre a su propia familia, el que pilotó uno de los grandes iconos del automovilismo europeo y el que ha llegado hasta hoy conservando su esencia original.
En un mercado donde el lujo busca cada vez más relatos auténticos y activos con valor cultural, el Ferrari del Marqués de Portago representa algo más que una inversión. Es historia, es mito y es patrimonio. Y en el universo Ferrari, pocas piezas pueden decir tanto con tan pocas vueltas de llave.
