Año 43 antes de Cristo. Las tropas del emperador romano Julio César se disponían a cargar contra los restos del ejército de Pompeyo en la famosa batalla de Tapso. De repente, César cayó al suelo y, arrebatado en convulsiones, se desvaneció. El historiador griego Plutarco describió el episodio utilizando el término epileptikos.Era epilepsia, una enfermedad envuelta en un aura de divinidad en esa época. Y de ese supuesto han partido todas las investigaciones de la figura del emperador.

Eso hasta hace dos semanas, cuando Francesco Galassi y Hutan Ashrafian, investigadores del Imperial College de Londres reabrieron el caso, asegurando que lo que tenía Julio César eran ictus.

Según le cuentan los investigadores al periódico británico The Guardian, hacia el fin de su vida, cuando su política avanzaba hacia el poder absoluto, estos ataques provocaron una gran depresión en el emperador, que hizo que cambiara su personalidad.

Pero la historia avanza y nos lleva a la Inglaterra del siglo XVI. Nada hacía sospechar queEnrique VIII se convertiría en su madurez en un tirano obeso y deforme. Se enamoró locamente de Ana Bolena. Pero eso no la salvó de ser ejecutada. Se casó seis veces, decapitó a dos de sus esposas, separó a Inglaterra de la Iglesia Católica y puso en el cadalso a todo aquel que osó a cuestionar su poder, incluido al filósofo Tomás Moro.

Para arrojar luz sobre esta cuestión, las investigadoras Catrina Whitley y Kyra Kramer publicaron en 2010 un estudio en Journal of History de la Universidad de Cambridge. Enrique VIII se obsesionó con la idea de que Dios lo había maldecido. Sus continuos matrimonios buscaban, según los historiadores, garantizar una descendencia adecuada: nueve de sus hijos murieron antes de nacer o poco después. Las investigadoras encuentran una explicación en su salud. El monarca tenía, en su opinión, un trastorno genético que afecta a las personas con un tipo de sangre denominado Kell positivo. Este tipo de carga genética afecta a la inmunología del feto, explican las autoras. De ahí los numerosos abortos espontáneos.

¿Y su obesidad y sus cambiantes y rabiosas decisiones? Ahí entra el síndrome de McLeod, según el estudio, un trastorno que afecta sólo a personas con Kell positivo y que debilita los músculos y produce deterioro cognitivo y demencia.

Y llegamos al siglo XX…Adolf Hitler se sabe que invadió Europa, asesinó a millones de personas y que ejerció un liderazgo de hierro en Alemania. ¿Por qué se comportaba así? Los informes psicológicos de la CIA citados por David Owen hablan de que “sufría histeria, paranoia, esquizofrenia, tendencias edípicas”, así como sifilofobia (miedo a contaminación de la sangre). Concluyeron que Hitler era “un psicópata neurótico”. Pero eso no lo convertía en loco. Sabía lo que hacía, sostiene el autor.

La salud de los líderes es una cuestión de Estado. También en los cálculos de costo de imagen y estabilidad de los gobiernos de turno. Hay numerosos casos en los que se mantuvo en secreto. Por ejemplo, el presidente francés François Miterrand escondió durante años su cáncer a los franceses. Ordenó silencio a su médico hasta el punto de que ni su esposa ni sus hijos se enteraron de su dolencia.

Algo similar pasó con Eva Perón. La revista The Lancet desveló que la Primera Dama argentina murió de un cáncer de cuello de útero sin conocer que lo tenía.Parece, pues, que la salud de los líderes afecta en diverso grado a sus decisiones. Especialmente su salud mental.

El profesor de psiquatría de la Universidad de Duke (EE.UU), Jonathan Davidson sostiene en sus estudios que el 75% de los primer ministros británicos desde 1700 han tenido algún tipo de trastorno mental de diversa gravedad.