Jaume Plensa, escultor universal, nació el año 1955 en Barcelona, donde estudio en la Escuela de Arte y Diseño de Llotja y en la Escuela de Bellas Artes de Sant Jordi. Artista reclamado internacionalmente por los grandes museos, centros de arte, galerías y lugares casi olvidados –desde una pequeña isla de pescadores en Japón a una antigua mina en el pueblo de St. Helens, al norte de Inglaterra–, sus esculturas de cabezas con los ojos cerrados ahora están por todo el mundo. Ha recibido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales, incluida la Medalla de Caballero de las Artes y las Letras (1993), otorgada por el Ministerio de Cultura francés, y el Premio Nacional de Bellas Artes de la Generalitat de Cataluña (1997). Desde 1980 (año de su primera exposición en Barcelona) ha vivido y ha trabajado en Alemania, Inglaterra, Francia o EE UU. Actualmente reside en Barcelona. Recibe a Forbes en su estudio de trabajo, una nave industrial de Sant Feliu de Llobregat –donde se pueden contemplar más de 50 piezas–, que considera un lugar sagrado y una prolongación de su mente, desde la idea inicial hasta su materialización. “El artista no se basa, al menos en mi caso, en la obra acabada, sino en el proceso. El mío siempre ha sido un camino paralelo y creo que ha funcionado bien para encontrar lo que buscaba”.

Se considera ante todo escultor, aunque su proceso creativo ha transitado por muchas disciplinas. ¿Cómo han sido esas diversas facetas de su carrera?

Crecí en un ambiente donde la esencia de todo eran los libros y la música. Mi padre, gran amante de la lectura, me llevaba a comprar libros al mercado de Sant Antoni. Supongo que ahí empezó a fascinarme el mundo del arte, viendo portadas de volúmenes etruscos y sumerios. Mis padres también estaban muy vinculados a la música: uno tocaba el piano y mi madre cantaba. No sé por qué me fui alejando de todo aquello, aunque siempre lo trasformaba en imágenes visuales. Con el tiempo, simplemente decides hacer algo concreto porque, en el fondo, te parece que eres incapaz de hacer otra cosa. Creo que no eres tú quien decide, sino que es como un destino que te lleva a ello. Cuando me fui a vivir a Berlín –necesitaba un contraste con mi cultura mediterránea– decidí dedicarme solo a la escultura.

¿Cómo fue eso de vivir en Berlín?

Alquilé un estudio en el barrio de Kreuzberg, en un lugar que era una especie de asociación para artistas jóvenes, donde tenían un taller de forja que no utilizaba nadie. Ahí me instalé. Recuerdo que mi gran obsesión en aquellos momentos era fundir hierro colado, que entonces nadie utilizaba (la trasformación de elementos a través del fuego me fascinaba). Comencé a fundirlo y a hacer mis primeras esculturas. Fue entonces cuando me di a conocer internacionalmente, quizás porque era una obra completamente inusual en aquel momento.

Es conocido por sus grandes esculturas de cabezas de ojos cerrados. En ese círculo de obsesiones panorámicas, ¿qué le lleva a hacer este tipo de figuras?

Hice The Crown Fountain, un proyecto clave que me dio resonancia en el mundo americano y que se presentó en el Millennium Park de Chicago en 2004. Era una mezcla de agua y más de mil rostros (ciudadanos de Chicago) filmados en vídeo. Cuando lo acabé decidí profundizar en la idea del retrato, pero solo femenino. Siempre me ha parecido que la memoria es femenina, que el futuro es femenino, mientras que el hombre ocupa un lugar de presente muy corto, que es casi un accidente. Así que decidí hacer retratos de mujeres jóvenes con los ojos cerrados: me interesaba hablar del espacio interior de cada persona, como algo privado pero a la vez público, algo privado pero también colectivo. Creo que el espacio interior de las personas es, tal vez, lo que podemos compartir con los demás, nos hace únicos y nos da una capacidad enorme de intercambiar datos con los otros. De ahí que decidiera que esas esculturas siempre tuvieran los ojos cerrados, en una actitud casi de ensueño.

¿Qué materiales son sus preferidos para hacer ese tipo de esculturas?

Últimamente estoy trabajando mucho con piedra, alabastro, mármol, bronce y madera quemada. Aunque el material tampoco es mi obsesión, sí creo que cada idea nace ya con un material. También he trabajado mucho con vidrio fundido colado, y he vuelto al hierro fundido, que lo tenía abandonado durante unos años. Esta especie de equilibrio entre lo que te da el material y lo que tú añades es la gran idea de la escultura.

¿Qué vía en su trabajo le falta por explorar?

¡Ufff! Gran pregunta… No lo sé, si lo supiera igual no estaría aquí trabajando. Creo que cuando entras cada mañana en el estudio es como una gran aventura. Finalmente, el trabajo de un artista es el de intentar entenderse mejor a sí mismo, y cada momento de tu vida, cada edad, cada situación, hacen que te transformes. Por tanto, también está la voluntad de analizarte, y eso es algo infinito, ya que nunca se acaba mientras existas. Supongo que un día se cerrará el círculo y quedará todo más claro, pero de momento mi vida es como un gran interrogante.

¿Hasta qué punto se siente apegado a sus obras?

Creo que mucho. Mi obra es una consecuencia de mi vida y, por tanto, es difícil para mí entender una cosa sin la otra. Nunca he perseguido la idea de obra como finalidad, sino que debe de ser una consecuencia de tu vida, de tus pensamientos, de tus actitudes, de la forma en que creces como ser humano, y que dejes respirar por una especie de válvula mágica todas estas ideas a través de obras visuales. Lo que sería ideal es que pudieran ser compartidas por otros, es decir, que tus fantasmas o tus sueños los pudieras compartir con los demás.

Cuando trabaja en una obra, ¿piensa en agradar al público o es un fiel reflejo de su personalidad?

Pienso que es un fiel reflejo de lo que yo creo que es mi personalidad, porque aún no sé muy bien quién soy, y sigo buscándome. Es muy interesante porque ahora, a la edad que tengo, ya le puedo decir que he pasado periodos en los que mi obra estaba muy cerca del público, y otros en los que estaba muy lejos. He tenido momentos de mayor éxito que otros, pero esto creo que es normal, y nunca me ha preocupado mucho porque, en el fondo, yo nunca me hice artista para vender o no vender. Lo que ha sido un milagro es que todo esto lo hayan querido compartir otros conmigo, y ha sido una maravilla en mi vida.

¿Es maniático en su trabajo?

Sí (risas), creo que sí. Mis ayudantes me dicen muchas veces que trabajan mucho mejor cuando estoy de viaje… (risas). En estos momentos somos trece personas las que integramos todo el equipo.

Es reclamado para exponer su obra en lugares tan dispares como una minúscula isla de pescadores o una antigua mina. ¿Por qué decide exponer sus piezas en estos lugares?

Porque me han invitado. Es bonita la idea de que las gentes de un lugar crean que un artista específico pueda llegar a ser el más adecuado para cumplir el sueño de trasformar ese lugar. En ese sentido, tengo la suerte de ser muy solicitado, porque he tenido el privilegio de establecer diálogos con los lugares de una forma muy interesante. Pero, además de los dos lugares que me menciona, recuerdo también un proyecto extraordinario: una enorme cabeza en la Bahía de Guanabara, frente a la playa de Botafogo, en Río de Janeiro, que creo que tuvo un impacto enorme. Después la compró el Museo de Miami, y ahora está delante de la Bahía de Miami, a la entrada del puerto. Se trata de piezas que a veces tienen un itinerario extraordinario. Como una obra que hice en Nueva York, en Madison Square Garden, que acabó en Seattle porque un coleccionista la compró y la donó a su museo. Cada proyecto tiene una pequeña historia, como una especie de aura que flota a su alrededor.

¿Qué criterios utilizas en la selección de piezas para una exposición?

Siempre es una mezcla de varias cosas. De entrada, el espacio donde tenga que exponer, ya sea una galería, un museo o en el espacio público; y también mi estado de ánimo y mis intenciones en ese momento. Ahora estoy embarcado en dos grandes proyectos, pero los dos van a ser muy distintos tratándose de obra última: una pieza fantástica de 22 metros que representa la cabeza de una niña que tiene el dedo de su mano sobre los labios indicando silencio, y que se inaugurará en octubre en Nueva York, sobre uno de los muelles del río Hudson, delante de Manhattan, y que será una celebración del agua como base de la vida; y una pieza mental que se inaugurará el próximo año en el Meijer Gardens & Sculpture Park de Grand Rapids, Michigan, donde he recubierto completamente la sala de bienvenida con cuatro relieves de mármol blanco de Vietnam (de 26 metros de ancho por 6 de alto), que creo serán una belleza, casi como una capilla mística de pensamiento interior. Paralelamente, también estoy desarrollando proyectos en espacios públicos que se van a quedar de manera permanente. Y además vamos a inaugurar una pieza, para mí especialmente bella, en Century City, en Los Ángeles, que es una de estas cabezas de malla, planas, con polvo de mármol blanco.

¿Qué es lo que, actualmente, más le desconcierta del arte?

Lo que más me perturba es la falta de reflexión, aunque creo que siempre ha sido así. Estamos viviendo en un momento de mucho ruido mediático, y a veces falta un poco de tiempo para reflexionar antes de la respuesta. El mundo del arte ha de ofrecer belleza para que la gente pueda crecer de una forma proporcionada. También es un momento políticamente complejo en todo el mundo, y el artista tiene también mucho que decir con sus obras para intentar que las situaciones políticas retornen a ser más humanas.

¿A quién acude en momentos de crisis?

Suelo acudir a poetas, porque me encanta la poesía y porque la mesa donde yo me he apoyado cuando empecé a trabar tenía cuatro patas, que eran Blake, Shakespeare, Baudelaire y Dante. Esto ha sido el fundamento de mi pensamiento, un sentimiento que fue creciendo con otros poetas extraordinarios, como Vicente Andrés Estellés, José Ángel Valente y William Carlos Williams, que me han influido muchísimo. Pero sobre todo Shakespeare, especialmente Macbeth, que para mí, es la mejor representación de escultura que se ha hecho.