Elvira Sastre (Segovia, 1992) ha venido a hablar de su libro. Concretamente, de la novela Días sin ti, que publicó con Seix Barral y que ha recibido el prestigioso Premio Biblioteca Breve. No sabe que, en realidad, la hemos convocado para hablar de ella, de lo que supone que una escritora de menos de 30 años comparta sello con Antonio Muñoz Molina y de la polémica brecha (digital) que ella y su generación han abierto irrumpiendo al galope en el escenario literario español. Todavía relinchan los caballos entre las bambalinas. Les dirán que no tienen tablas. En fin. La novela premiada de Sastre, que no su poesía, ha erizado hasta el vello de las patillas de algunos autores consagrados, críticos sin consagrar y periodistas templarios. Han criticado su juventud. Han denunciado la (presunta) inmadurez de su estilo. La han mirado como se mira a una intrusa. Y algunos quizás le hayan recordado que la literatura no está en venta y que la viva prueba de ello es que ellos tal vez no venden libros.

¿Hay que tener más treinta años para escribir algo que merezca la pena?

Pues evidentemente no. Solo hay que repasar la historia para comprobar que eso no es cierto. Por ejemplo, Pablo Neruda escribió una obra maestra como Veinte poemas de amor y una canción desesperada cuando tenía 20 años. Lo que ocurre es que el mundo literario es muy cerrado y a algunos de sus miembros les molesta que entre gente nueva. Sobre todo, hay que decirlo, si esa gente nueva no sigue la línea y los cauces que marcan ellos. Atacar al escritor por su juventud es lo más fácil, por supuesto, porque te permite menospreciarlo sin referirte ni siquiera a su obra. De todos modos, en mi caso ya no solo hablamos de juventud sino también de género. Como mujer, yo me veo obligada a demostrar todo el tiempo que merezco el éxito que he podido conseguir.

¿En qué sentido no sigues (o todo lo contrario) la línea y los cauces que te marcan tus críticos?

Yo no he inventado ningún estilo literario, sino que continúo la estela de Luis García Montero o Benjamín Prado, que apuestan desde hace años por una poesía más accesible y con un lenguaje urbano. Las dos grandes novedades de la generación de escritores a la que pertenezco son que difundimos nuestros textos en las redes sociales y que eso ha multiplicado el público y los canales por los que a todos nos llega la literatura. Ahora los estantes de los más vendidos de las librerías están repletos de poesía, los recitales se llenan y la literatura se encuentra en un momento muy bueno. Me parece sorprendente que nos critiquen por ello y, muy especialmente, que lo hagan los mismos veteranos que han empezado a difundir su trabajo [con menos éxito] en internet. A veces nos critican por puro elitismo. Creen que la literatura en general y la poesía en particular son solo para unos pocos elegidos que las comprendan. Yo lucho contra eso. Los libros son de todos y yo misma, con las traducciones que he publicado y mis recomendaciones en internet, animo a mis lectores a disfrutar y descubrir autores importantes como Oscar Wilde. Por cierto, ya hemos visto antes lo que significa despreciar a un escritor porque utilice un medio masivo para dar a conocer su obra. Gloria Fuertes no se dio a conocer en las redes sociales –no existían– pero sí en la televisión, y la consecuencia fue que algunos la caricaturizaron como la poeta de los niños y de la tele cuando la realidad es que escribía unos poemas adultos que te quedas muerto. No recibió en vida todo el reconocimiento que merecía.

Lo que sí es cierto es que las redes sociales han cambiado la relación entre los autores y su público. Ahora lo tenéis mucho más encima.

Es verdad, pero los escritores debemos hacer un esfuerzo diario para que ni nos distraiga ni nos afecte. Casi desde que empecé, siempre he intentado ver mi vida desde fuera, como si yo y la escritora fuéramos personas distintas. El reiki viene muy bien, y estoy acostumbrada a analizar las emociones racionalmente. También me salva que soy muy tímida y que nunca comparto en mis poemas más de un diez por ciento de mi vida. Nadie puede conocerme a través de ellos. Además, escribo para mí y solo lo hago porque me brota la necesidad física de sacarlo, de vomitarlo y de entenderlo. La sensación de escribir algo diciendo lo que querías decir es tan brutal que no necesitas más. Ni siquiera que te lean. Por supuesto, nunca publicaría algo que me pareciese una mierda o que, como mínimo, no pudiera defender, pero no me preocupa que no les guste a los demás. Lo que me importa es que me sirva, aunque, lógicamente, prefiero que les guste y que les sirva también a ellos. Hay cosas que, como escritora, no puedo evitar que me afecten. Somos personas. No te voy a decir que no siento ansiedad en los grandes eventos y recitales donde hay muchísima gente o que las cosas que me cuentan no me las lleve a veces a casa. Hace un par de meses, una chica nos dijo que se había muerto su bebé hacía poco y que nuestro recital era lo mejor que le había pasado en todo el año. Y eso duele y te hace consciente de que provocas emociones muy profundas en la gente sin haberlas buscado. Ahí es donde creo que o pones algo de distancia y perspectiva o… lo que estás viviendo te abruma. De todos modos, es muy fácil ser valiente cuando cuentas con una red de apoyo como la mía. He conservado el mismo entorno de amigos que cuando empecé, tengo pareja y mi familia me mantiene siempre con los pies en la tierra. Sé que, si todo sale mal, ellos me recogerán… y que, mientras tanto, yo me siento a gusto con lo que hago.

Y no es fácil sentirse a gusto en un mundo editorial con tantos intereses…

Yo he trabajado mucho la idea de cómo debo orientar mi carrera. Me quiero sentir orgullosa de mis decisiones. Lo que he conseguido lo he conseguido gradualmente. No empecé ganando premios el primer día. Con veinte años, es muy tentador aceptar un buen cheque de una editorial cualquiera y perder la perspectiva de tu carrera. A mí me lo ofrecieron pero yo sabía que, por ejemplo, como poeta quería llegar a Visor y que en el horizonte no existía nada más que eso. No son decisiones fáciles porque la carrera de un escritor es muy inestable, pero no cambio este trabajo, que me apasiona, por la estabilidad de otro que no sea tan interesante. Por ejemplo, cuando me ofrecieron escribir mi primera novela, acepté porque era un gran reto, porque me sentía demasiado cómoda en la poesía después de publicar varios libros. Empecé Días sin ti hace cuatro años, estudié a fondo los manuales de técnica narrativa que tenía mi padre en casa y, por supuesto, mi inseguridad fue brutal. Las críticas que he recibido me han afectado más porque era la primera vez que hacía algo. También he de decir que sigo recibiendo mensajes de lectores diciéndome lo mucho que les ha servido. Estoy contenta con el resultado aunque seguro que el libro es mejorable. ¿Qué libro no lo es?