Con todo al sector empresarial en general, y al publicitario más en particular, no les interesa terminar con esta segmentación que les permite vender más productos y escoger a qué publico dirigirlos sólo teniendo en cuenta el factor del género. Esta fragmentación se lleva a cabo desde muy pequeños cuando se asocian ciertos colores y actividades dependiendo de si se es niño o niña , de manera que la publicidad vende para las pequeñas juguetes ligados al hogar, a roles familiares y con un importante predominio del color rosa y a los varones acción, fuerza pintados de colores sólidos como azul o negro.

Esta segmentación de consumidores se extiende a la edad adulta, un público al que las compañías continúan diferenciando por su género. Para llevar a cabo esta estrategia discriminatoria las empresas lanzan el mismo producto diferenciando su packaging en forma, color, textura, logo, grafismos de forma que, al igual que sucedía con los productos infantiles, a las mujeres se les asocian los colores claros, líneas suaves y motivos florales mientras que para los hombres se toman colores más oscuras, formas más cuadradas e imágenes más técnicas. A pesar de lo que pueda parecer esta división por género no es fácil de detectar a simple vista ya que se lleva a cabo de manera velada porque al final la disposición de los productos en el comercio consigue que cada género se fije en aquellos destinados para ellos y no comparen los precios entre dos artículos totalmente iguales pero que se diferencian en el precio total.

Toda esta polémica ha surgido a raíz del grupo feminista francés Georgette Sands publicara un estudio demostrando que, aunque en contados productos el precio de la versión masculina es mayor, las mujeres llegan a pagar hasta un 75% más por el mismo producto. Pero la tasa femenina no se limita a artículos de droguería, o de cuidado, va mucho más allá, según el estudio las mujeres pagan más por sus hipotecas o por comprar un coche, entre otras. Esta segmentación lleva ligado un problema de condescendencia hacia la figura femenina con el que hay que terminar a través de legislaciones de control o comprando productos genéricos y que no caigan en estas distinciones.