Se dice pronto: Richard Geoffroy ha estado 28 años al frente de la legendaria marca francesa de champán. Pero su sustituto no es ningún recién llegado: Vincent Chaperon llevaba ya trabajando en la firma casi quince años –cinco más en el grupo LVMH, en el que empezó en Moët & Chandon en 2000, después de graduarse en enología dentro de la facultad de ingeniería agrónoma de la Universidad de Montpellier– codo con codo con Geoffroy. Por no hablar de sus antecedentes familiares, al pertenecer a una saga de bodegueros de vinos de Burdeos.

¿Cómo se fue fraguando el relevo?

He sido parte del equipo desde hace muchos años. Ha sido un largo proceso de aprendizaje y de compartir experiencias. Siempre planeas o imaginas que un día ésa puede llegar a ser tu responsabilidad. Cuando aceptas ser ‘el sucesor’ entras en un largo proceso de transmisión de saberes que, en mi caso, comenzó en el mismo momento en que llegué a la región de Champagne y, ya de una forma algo más consciente, se puso en marcha hace unos siete u ocho años. Piensas: “¿Llegaré a estar al frente?”, y cuando te quieres dar cuenta te encuentras con un largo camino por delante.

¿Ha sentido en algún momento vértigo por tomar las riendas de Dom Pérignon?

Al principio te sientes completamente atemorizado. Nunca llegas a comprender que hay un largo proceso hasta que te sientes libre y te das cuenta de que el fin de la partida no es ser la cara de la marca, sino comprender quién eres y ser capaz de ofrecer algo con todo lo que atesoras. Hay que lograr comprender en profundidad lo que significa la marca, comprender su legado y entender en qué punto del viaje nos encontramos tanto uno como la marca, y dónde vamos a ser capaces de juntarnos, porque el movimiento se produce en dos direcciones. Hay que acompañarla según vas añadiendo lo que puedas añadir a lo largo del camino. Yo no estoy aquí para ser ‘el guardián’, sino que tengo que aceptar que tengo que poner toda mi energía, hacerla vivir e ir a su lado, porque la marca y el equipo necesitan que vayas insuflándole aliento, dándole energía y modernizándola, para proyectarla hacia al futuro. Yo solo soy un médium, el que hace aflorar lo que ofrece la tierra. Tenemos la obligación de ser humildes, observar la naturaleza y unir como si fuéramos artistas del puntillismo todos los elementos: la complejidad, la intensidad y la precisión.

¿Qué supuso para usted trabajar a las órdenes de Richard Geoffroy?

Para mí ha sido como un maestro japonés. Es muy fácil de explicar: cuando me incorporé a Moët & Chandon estuve encargado durante un año de la gestión de los suministros de los tapones de corcho para todas las marcas del grupo Moët-Hennessy. Recién salido de la universidad estaba muy centrado en todos los aspectos técnicos del vino, pero cuando Geoffroy pidió que me incorporara a Dom Pérignon como su enólogo asistente descubrí una forma de hacer que resultó muy motivadora, porque me llevó a pensar a otro nivel mucho más elevado. Me proporcionó todo un lujo: la capacidad de soñar y la energía para destacar. Creo que lo más importante que Richard me ha dado es entender que Dom Pérignon podría ayudarme a alcanzar mis sueño y a madurar como persona.

¿Y qué es lo que le diferencia de Geoffroy?

Somos completamente diferentes y por eso, precisamente, hemos logrado trabajar juntos tan bien, porque éramos absolutamente complementarios. Lo que tenemos en común es la imaginación, nuestros sueños y nuestra ambición por ir más lejos. Él es una persona más elevada, más artística y yo soy más pegada a la tierra, más observador de la naturaleza. Ahora de lo que se trata es de conseguir una transición suave, sin ningún tipo de ruptura. Yo voy a tratar de seguir el camino marcado por Geoffroy: el camino que va de la tierra hasta el amante del champán. No se trata de las habilidades técnicas (que se dan por supuestas). Con nosotros hay un gran equipo, con mucha gente dotada de un gran talento y con mucha más capacidad que yo. De lo que se trata es de aportar la sensibilidad, el deseo y la oportunidad para dar y llevar algo que se sume a todo lo que ya hay. El sino de Dom Pérignon es seguir yendo hacia delante, continuar mejorando; y el nuestro, transmitir ese mensaje. Cada evento que organizamos no es tanto para educar como para vivir una experiencia. Estamos en la persecución constante de la perfección. Es, en cierta medida, como el arte: cuando observas una obra sientes algo. Pero cuando la vuelves a observar –o cuando pruebas un vino otra vez– la experiencia se convierte cada vez en algo nuevo.

¿Qué es lo que hace tan especial al champán?

Nadie puede vivir sin soñar y el champán proyecta nuestra imaginación. Es un vino, pero también es un gran descubrimiento. Es algo así como la alquimia medieval: es convertir el plomo en oro. Transformar algo denso e intenso en algo etéreo.

Esta entrevista tiene lugar con motivo de la presentación de la Plénitude 2 (segunda plenitud) de la edición ‘vintage’ de Dom Pérignon de 2002. ¿Qué es lo distingue a un champán ‘vintage’ [se llama así al champán creado a partir de uvas de la cosecha de un único año] de uno que no lo es?

Abrir una botella es como mirar una estrella: al principio no sabes que la luz que ves puede proceder de un astro que ya se ha extinguido. Las uvas mueren, como las estrellas, pero antes dan toda su energía. Con un vintage pasa lo mismo: no es fácil entender que una botella pede guardar algo que lleva en su interior diez o veinte años, pero cuando lo catas experimentas esa emoción del tiempo.