Se caería en la generalización si se pensara que todo el mundo es envidioso por naturaleza, algo maniqueísta, quizá, pero hay excepciones que, por fortuna, dejan a los demás en paz. Sí, en paz. En calma y tranquilidad, sin tener que estar pensando en la próxima jugada que pudieran hacerle a uno para tirarlo al barro (el término más apropiado y más actual sería haters). ¿Y por qué? Por maldad, por supuesto, pero sobre todo por complejos de inferioridad. A esto hay que añadirle la ley del mínimo esfuerzo, pero no es problema del alcanza sus metas, sino de los que ponen las zancadillas.

Lo que está claro es que la envidia detiene la evolución y el progreso de los pioneros que, a su vez, desaceleran sus velocidades por miedo al qué dirán y a las posibles represalias. Es un problema de educación, sin duda, que se fomenta desde la más tierna infancia, cuando los niños y niñas experimentan los primeros aciertos y errores. De hecho, debería premiarse la constancia para redimirse de los fallos. Pero claro, ahí persiste, otra vez, el miedo a no ser aceptado y, por ende, al rechazo.

En efecto, el ser humano está muy condicionado por la presión social. Demasiado. Y como se viene explicando, todo comienza en edades muy tempranas, cuando los niños empiezan a entablar sus primeras relaciones sociales y los efectos de sacar buenas notas en el colegio. En sí, objetivo no es el de tener matrícula o sobresaliente, sino lo que otorgan esas altas calificaciones, que, por norma, suelen ser recompensas materiales. Mientras tanto, ¿qué obtiene el que suspende? Frustración y castigo. Cuando reincide en las malas notas, pasa a un siguiente plano, dejando de lado la preocupación por aprobar para tratar de arrastrar a su mismo nivel al que aprueba puesto que el miedo al ridículo puede más que la lucha por crecer y evolucionar, aunque fuera poco a poco. Esto, claro, suele ser más habitual ya que las mentes más despiertas, privilegiadas, brillantes o creativas no son mayoría, y por lo tanto carecen de fuerza y actitud, sufriendo el síndrome de Salomón, un comportamiento que abarca una serie de conductas para no destacar por encima de la media. Concretando: errar a propósito por no ofender al resto con los logros.

La cultura japonesa sintetiza muy bien esta pandemia mental: Deru kui wa utareru. Que viene a significar que el clavo que sobresale es el que se lleva el martillazo. Dicho esto, la forma más eficaz de acabar con la envidia está en la persona y en su seguridad, abriéndose puertas para investigar, sin importar qué puede pasar o qué pueden decir los demás, sea para bien o para mal.

El éxito está para cada uno y una, pero hay que esforzarse. Solo así se alcanzan las metas, y no tirando del pie de los que suben, pues actuando de esa manera se empeora la creatividad del entorno y el futuro, en su totalidad, de un conjunto, sea de manera directa o indirecta. Si uno no cree en sí mismo, nadie lo hará por él.