Crean un ambiente de trabajo agradable. Esto implica desde tener una oficina tan agradable que den ganas de quedarse a vivir, hasta tener una comunicación fluida con el equipo. Que ir a la oficina no sea un suplicio, depende en parte del ambiente de trabajo. Tener buenas herramientas y buenos compañeros es imprescindible para crearlo.

Aprovechan su flexibilidad horaria. Lo más aconsejable es establecer una rutina para que el hecho de ser el dueño de la empresa no se convierta en una carga excesiva. El secreto está en saber combinar las horas de trabajo extra con el tiempo de descanso adecuado: si un día haces más horas, al siguiente aprovecha para descansar más, el trabajo ya está hecho.

Contratan a las personas adecuadas. No siempre se acierta a la hora de contratar, pero si lo que se está buscando está claro, la tarea se torna más sencilla. Elegir al equipo adecuado es clave para que la empresa funcione bien. La confianza con los empleados y la posibilidad de poder delegar trabajo son dos puntos clave para saber si cuentas con el equipo adecuado.

Dejan tiempo para su vida personal. El trabajo no lo es todo. Por mucho que la empresa sea tuya, también debes desconectar y no dejar de lado lo verdaderamente importante: lo tuyos, tu familia y amigos. Ningún trabajo merece tanto la pena como para dejar de lado las relaciones personales.

Dicen no cuando es necesario. Querer ser el perejil de todas las salsas no es siempre positivo para tu carrera profesional. Hay que aprender a priorizar para ocuparse sólo de las cosas realmente importante y hacerlo bien, porque ya lo dice el refrán: “quien mucho abarca, poco aprieta”.