Solemos imaginarlo como una tecnología simple que se limita a recortar gastos: ayuda a los supermercados a trabajar con más eficiencia y nosotros nos beneficiamos de precios más bajos. Pero, como con el contenedor, el código de barras solo funciona si está integrado en un sistema. Y, como el sistema de contenedores, el de los códigos de barras hace algo más que reducir los precios: resuelve problemas para algunos y pone obstáculos a otros.

Con el tiempo, se hizo evidente que iba a cambiar el equilibrio de fuerzas en la industria alimentaria a favor de ciertos vendedores. Para los colmados pequeños y familiares, el escáner de los códigos de barras era una solución cara para un problema que, de hecho, no tenían.

Pero para las grandes superficies el coste de los escáneres se podía repartir entre muchas más ventas.

En la década de 1970, cuando había una alta inflación en EE UU, este avance permitió a las tiendas cambiar el precio de los productos tan sólo poniendo una etiqueta nueva en la estantería en lugar de en cada producto. A medida que fue ganando popularidad, las grandes superficies también prosperaron. Al registrar y automatizar el inventario, el método just in time se volvió más atractivo y redujo el coste de tener que almacenar una gran variedad de productos.

Este sistema no implica sólo una manera de hacer negocios de forma más eficiente, también ha determinado qué tipo de negocios pueden ser eficientes.