El pasado martes 12 de abril, Japón iniciaba los trabajos de demolición del que probablemente haya uno de sus edificios más icónicos. Al menos, de las últimas décadas. Se trata de la Torre Nakagin, situada en el barrio de Ginza, Tokio.

El edificio, diseñado por el arquitecto Kisho Kurokawa, se construyó en 1972 en tiempo récord: 30 días, ya que las cápsulas que lo componen habían sido previamente fabricadas y solo había que ensamblarlas.

La construcción pertenece al movimiento arquitectónico denominado metabolismo, según el que se fusionan las megaestructuras con conocimientos sobre crecimiento biológico orgánico, dando lugar a edificios futuristas que sirven como metáforas de la vida como lo es (pronto, fue) la Torre Nakagin.

Las cápsulas que diseñó Kurokawa, de 10 metros cuadrados, se pensaron originalmente como viviendas para empresarios que trabajaban en la ciudad, pero provenían de fuera de ella. Dentro de cada una de ellas había los elementos indispensables para vivir: una cama, un pequeño baño estilo avión, y algún electrodoméstico.

La idea original planteaba la posibilidad de cambiar las cápsulas cuando se deterioraran. Algo que nunca se hizo, y el desuso del edificio lo llevo a la ruina y —finalmente— a la demolición.