La relación de Forges con el trabajo daría para varias tesis doctorales e incluso para un telefilme alemán de sobremesa. Antonio cultivaba un férreo sentido del deber: había que idear al menos una viñeta a diario, y para colmo –cosa no siempre frecuente en su gremio– el chiste tenías que ser gracioso. Inflexible con los vagos y los trepas, madrugador empedernido y devoto del café, Forges pasó a lo largo de su vida por todas las etapas de una carrera laboral: fue currito, currela y siempre currante. Por algo recibió en 2009 la Medalla al Mérito en el Trabajo.

A los 14 años entra a trabajar en Televisión Española como chico de los recados (oyesvés) y, para alguien con una capacidad de observación como la suya, unos estudios de televisión son un pequeño gran mundo en miniatura. Allí, durante las casi dos décadas en las que Forges no era todavía Forges, el compañero Fraguas observa de cerca todo tipo de oficios y profesiones.

Como un antropólogo, sabe mimetizarse con el gremio estudiado para aprender códigos, su dialecto y sus tradiciones. Funcionarios, mecánicos, médicos, becarios, camareros, jueves, electricistas, tenderos e incluso registradores de la propiedad… Forges puede hacer chistes sobre ellos porque, de alguna manera, es uno de ellos. ¿Es posible lograr que un funcionario cuelgue una viñeta en la que se ríen de los funcionarios? Sí, si la viñeta es de Forges.

Pero si entre los currelas su mirada es la de un compañero, para los barandas es un tipo incómodo. Cuenta la leyenda que, a causa de ciertas actividades un poco subversivas (protestar por lo exiguo de la paga, que no daba para comer), fue llamado a capítulo por un capitoste en uno de esos despachos intimidatorios. Al ser acusado formalmente de los desórdenes, el compañero Fraguas contesta: “Yo jamás mordería la mano de quien me da de… fumar”.

Su humor nunca es cruel, pero si con alguien aprieta las tuercas es, precisamente, con los explotadores: esos que se forran a costa de chuparle el tuétano al personal.

Los chistes recogidos en el libro En el curro con Forges (Espasa) forman parte del paisaje laboral patrio, como la cafetera, la máquina de fichar o la fotocopiadora, y funcionan como una especie de barricada moral: ayudan a relativizar, infunden ánimo, animan a reírse de uno mismo y, también, de los jefes (y no hay nada que lleven peor “los de arriba” que oír las risas de “los de abajo”)

Trabajar es duro: no en vano la palabra deriva del latín tripalium, un artefacto de tortura formado por tres palos en el que se colocaba a los esclavos para azotarlos. Son los compañeros como Antonio Fraguas, el Forges, los que lo hacen soportable e incluso divertido.