Desde las entrañas de la España profunda, y con tan sólo 20 años de edad, llegó Manuel Piña (1944-1994) a la capital para comenzar la que pronto sería una carrera prometedora en la moda. Con unas ansias de aprendizaje en constante crecimiento, el manchego tuvo que pasar primero por un pequeño taller de fabricación de punto, y conocer el oficio desde abajo, antes de aventurarse a la creación de su propia marca, allá por 1974. Una decisión que marcó el devenir de la moda y que, a día de hoy, sigue siendo una de las figuras más influyentes para las mentes creativas de los diseñadores actuales.

Cuando el nativo de Manzanares, un pueblo de Ciudad Real, vio convertir su sello en un de los seleccionados para formar parte de la oferta de Galerías Preciados, uno de los puntos de encuentro de la sociedad de la época para dar vida a su armario, el modisto español abrió la veda de la que hoy sigue alimentándose España: llevar la llamada ‘Marca España’ a cada rincón del país y del mundo.

Su genio en la industria fue un acto de revolución desde finales de la década de los 70. Manuel Piña fue el responsable de vestir a la nueva mujer que ya por entonces pedía a gritos desmelenarse, tanto en color como en diseños, a la hora de vestir. Fue así como cambió los códigos establecidos hasta el momento y apostó por la libertad de movimiento, apoyándose en los colores y los diseños para conseguir dar a la industria el lavado de cara que necesitaba.

El diseñador Manuel Piña. Fotografía: Javier Inés. Fuente: Instagram Museos de Manzanares

Creador de la Pasarela Cibeles

Junto a otros compañeros de profesión, Piña fue uno de los fundadores de la Pasarela Cibeles. Lo hizo con el único objetivo de incluir la moda española en el radar internacional y que el trabajo artesanal y creativo de lo que aquí se hacía sirviera como escaparate del talento que España podía ofrecer a una industria en expansión. Fue así como desde la primera edición de esta pasarela, con una carpa instalada en la Plaza de Colón, en 1985, su nombre formó parte del cartel de desfile hasta su retirada en 1990, coincidiendo también con la liquidación de su empresa debido a una gran crisis económica, que ya contaba con más de 30 empleados.

Llevó la confección de prendas a medida, por entonces considerada un lujo al alcance de los más pudientes, a las calles y colaboró con todos los artistas de la Movida madrileña, como el dúo Costus o el fotógrafo Alberto García-Alix, para romper con el cliché de exclusividad con el que se categorizaba la moda de entonces.

Su fama se consolidó a partir de 1980, cuando su maestría en los talleres le valió un contrato para diseñar los trajes de la Orquesta Nacional de España y, acto seguido, abrir la primera de sus tiendas en el extranjero, siendo Estados Unidos el destino elegido y Nueva York, la ciudad escogida para tal honor. Allí también sufrió su primer varapalo económico, cuando una tienda le compró dos colecciones valoradas en 18 millones de las antiguas pesetas que nunca le devolvieron. Un rasguño empresarial que, aunque importante, no empañó el éxito que viene después: conquistar toda Europa y desfilar junto a Jean Paul Gaultier y Thierry Mugler. Este hecho no sólo marcó el alto vuelo de una firma que llegó a vender hasta en Japón, a pesar de que la firma de un contrato de 1.500 millones de pesetas con este país tampoco saliera bien, también el nacimiento de una estrella que ya tendría su hueco en los anales de la industria que le acogió.

Presente en el cine de Almodóvar

Su punto de vista sensible y artístico, y su forma de entender el cotidiano acto de vestirse le valió alguno de los apodos con los que todavía hoy se le recuerda. Si bien para los libros de Historia de la Moda fue el creador del prêt-à-porter español, para la cultura fue el ‘Almodóvar de la moda‘, porque las obras maestras que creó fueron comparables al trabajo que el director de cine, también manchego, estaba haciendo en la gran pantalla: asentar las bases de un nuevo lenguaje.

Juntos hicieron espectáculo. En el sentido más estricto, ya que Pedro Almodóvar contó con creaciones de Piña para el vestuario de sus películas, Kika (1993), una de ellas. El folclore español fue la principal inspiración del modisto, seguido de su propia infancia en los campos manchegos y su pasión por el arte. A su vez, ingredientes todos ellos de las producciones de Almodóvar. De ahí que actrices como Rossy de Palma o Bibiana Fenández, musas de los dos creativos, sigan siendo fiales al estilo que Manuel Piña promulgó: volúmenes arquitectónicos y siluetas hiperfemeninas.

Una capacidad de creación tan dinámica y polifacética que le permitió combinar en una misma prenda, con gracia y sentido, dotes artísticas y comerciales. Lo demostró al dedicar una colección al cantante Camarón de la Isla a la vez que confeccionó los uniformes de los trabajadores de Correos. Racionalidad y vanguardia en el mismo patrón, una mezcla repelente hasta la llegada de Piña a la moda.

Un legado museístico

El mensaje de innovación que Piña lanzó a España, primero, y al mundo, después, todavía puede ser admirado. 28 años después de su fallecimiento, el museo que lleva su nombre ofrece desde 2007 gran parte del legado de Piña. El centro está ubicado en una casa solariega de su ciudad natal y cuenta con 4.000 piezas, sólo 300 de ellas son prendas y el resto corresponde a complementos, donadas por familiares y amigos del homenajeado. El museo ofrece en su interior un exquisito material audiovisual y documental para hacer de la visita una auténtica experiencia.

La gran campanada de Manuel Piña

Su viaje por la industria ha tenido infinidad de paradas memorables e imitadas por los recién llegados de cada temporada. Pero se ha tenido que esperar a la última noche del año 2021 (o a la primera de 2022) para asistir a su homenaje más mediático de todos los tiempos. Como tributo al fundador de la ‘Marca España’ por el mundo, Cristina Pedroche vistió un ‘Manuel Piña’ para despedir el viejo año y dar la bienvenida al nuevo. En palabras de la presentadora, «ha llevado la moda española por todo lo alto. Hoy me convierto en su musa postuma«, añadiendo también que el diseñador le estaba «ayudando desde el más allá» a defender uno de los vestidos creados 30 años atrás, concretamente, uno presentado en septiembre de 1990, en la Pasarela Cibeles, para la temporada primavera-verano del año siguiente.

Concretamente, el modelo elegido por su estilista, el experto en moda Josie (José Fernández-Pacheco Gallego), se encuentra expuesto en el museo anteriormente mencionado. El vestuario elegido simboliza un diálogo entre el propio Manuel Piña y dos diseñadores en activo (BUJ Studio y Manuel Albarrán), que se han encargado idear y confeccionar la capa alada inspirada en las alas de las libélulas, un trabajo que llevado más de 580 horas de trabajo. Un resultado con una doble intención. Por un lado, reflejar la metamorfosis de una libélula para realizar una metáfora sobre el deseado renacer esperado para este año, después de dos años de pandemia mundial; por el otro lado, el mensaje de apoyo a la artesanía, a la confección local y a la importancia de valorar las aportaciones que España hace al mundo, con independencia de la disciplina. Un argumento pronunciado con libertad, como los diseños de Piña.

Fotografía: Andrés García Luján para TAPAS.

Cristina Pedroche, recientemente portada de la revista TAPAS, en su número de diciembre 2021, declaró en una entrevista para la cabecera que «ya de niña me encantaba ser el foco de atención y hacer cualquier cosa sobre un escenario. Esto igual me viene un poco por ser hija única y porque he tenido al mejor público en casa». Puede que por ello, esta vez haya querido acaparar miradas de la mejor forma posible: tirando de los archivos del diseñador que provocó el cambio de mentalidad en una España que, hasta la fecha, poco podía aportar a la industria de la moda, pero que, gracias a su genio, el globo terráqueo empezó a girar hasta situar nuestro país en el front row de las pasarelas internacionales.