La gentrificación suele tener muy mala prensa. La socióloga británica Ruth Glass acuñó el concepto en 1964 definiéndolo, sencillamente, como la llegada masiva a un entorno urbano de nuevos residentes con mayor poder adquisitivo. Glass describió el fenómeno de manera ecuánime, pero ya en sus primeros estudios al respecto centrados en lo que estaba ocurriendo por entonces en la ciudad de Londres, quedó claro que lo que le preocupaba es que los recién llegados desplazasen a las clases populares.

Desde entonces, hay toda una corriente de pensamiento que describe la gentrificación como un proceso depredador. Un acto de colonialismo y apropiación cultural, cuando no de limpieza étnica. Los nuevos residentes son vistos como una especie invasora que destruye un ecosistema, como la avispa asiática o la perca del Nilo. En los últimos años, los esfuerzos gentrificadores de administraciones públicas o agrupaciones privadas han tropezado con frecuencia con movimientos muy activos de resistencia vecinal

Es el caso de Sankt Pauli, el barrio rojo de Hamburgo que se organizó a principios de este siglo para frenar la elitización y “derrotar al capitalismo”. O el del vecindario del Albaicín, en Granada. En Poble Sec, Barcelona, el Sindicato de Barrio hace uso del concepto “barricidio”, que deja muy claro que ve el proceso gentrificador como un crimen cuya víctima sería el barrio en su conjunto, que perdería así su alma y su esencia. En la recta final de la pandemia, muchos de esos movimientos de resistencia se han reactivado, sobre todo, en ciudades que han optado por celebrar la vuelta a la normalidad impulsando proyectos urbanísticos con cierta ambición.

Efectos perversos ¿o no tanto?

Sin embargo, recientes estudios apuntan a que el más perverso de los efectos que se atribuyen a la gentrificación, el desplazamiento brusco o gradual de los vecinos más pobres, podría no estarse produciendo en muchos casos. El que más repercusión tuvo en su momento es el que los sociólogos expertos en Estadística Quentin Brummet y David Reed publicaron en 2019. En el estudio, centrado en gran medida en EE UU, se afirma que barrios como Columbia Heights, en Washington DC, o Williamsburg, en Nueva York, han pasado por muy significativos procesos de transformación en los últimos 20 años sin por ello desplazar a un número significativo de antiguos residentes.

Brummet y Reed destacan que la llamada gentrificación equivale con frecuencia no solo a un aumento del nivel de renta medio, sino también a una reducción de los índices de delincuencia, la consolidación de una red de negocio local que crea puestos de trabajo, mejora de los servicios públicos o la apertura de nuevas escuelas. 

A conclusiones parecidas han llegado trabajos también recientes como los de los urbanistas Ingrid Gould Ellen o, con matices, Lance Freeman, también sociólogo. Gould afirmó en una entrevista que para los residentes en entornos tan degradados como Cherry Hill, en Baltimore, “la amenaza es más bien que nadie se tome la molestia de gentrificar tu barrio”. Ahí se rodó, por cierto, la serie The Wire, que mostró el vecindario como lo que es: uno de los ecosistemas urbanos más peligrosos e insalubres de EE UU. 

En un artículo en New York Magazine, el arquitecto y periodista Justin Davidson afirmó, “que los estudios que intentan defender la gentrificación con datos objetivos solo pueden medir lo medible y cuantificar lo cuantificable”. Lo que no tienen en cuenta es “la decepción que siente un joven adulto cuando se da cuenta de que no puede permitirse alquilar un apartamento en el barrio en que creció, o la de sus padres jubilados cuando comprueban que los bares, tiendas, restaurantes y asociaciones que solían frecuentar van cerrando uno tras otro”. Para Davidson, “economía, bienestar, urbanismo, cultura, identidad y sentimiento interactúan en la vida real, pero no en esos estudios que sólo cuentan una parte de la historia”.

Pese a todo, hay procesos de gentrificación que han merecido un elogio casi unánime. Es el caso del vecindario de Woodstock, en Ciudad del Cabo (Sudáfrica); el del centro histórico de Detroit; Villa Crespo, en Buenos Aires; Hackney y Shoreditch, en Londres; Ras Beirut, en la capital de Líbano, o Barbès, en París. Enclaves urbanos en que la horda gentrificadora ha contribuido a crear condiciones de vida digna donde no las había.