Alejandro Gómez Palomo cuenta que, a veces, va a desayunar al bar de su pueblo en pijama, y que lo mismo dibuja sentado en la puerta de un instituto que se codea con aristócratas, artistas o millonarios. Así es el ecléctico arco vital de este joven diseñador (Posadas, Córdoba, 1992), que con su alter ego, Palomo Spain, ha dado un revolcón a la industria de la moda en apenas cinco años. De modo que no hay que echar la vista muy atrás para apreciar su meteórico ascenso: «Cinco años es muy poco, pero ha dado tiempo a que pasen miles de cosas», dice el diseñador cuya popularidad también ha sido exponencial gracias a su paso por el talent Maestros de la costura. «Así que estamos sólo en el principio de todo».

Sus años de infancia en su pueblo, estuvieron marcados por la libertad que le dieron sus padres y la confianza que le transmitieron para perseguir sus sueños. «Tengo la suerte de ser Aries, lo que me da ímpetu y seguridad y, aunque ha habido épocas en las que te sientes más confundido con lo que eres o no eres, no tengo recuerdos de bullying ni soy nada atormentado. No soy Alexander McQueen«, aclara. En su caso, la carrera está marcada por un sentido lúdico estético de la vida que traslada a sus colecciones, siempre maximalistas, ricas y con un profundo discurso, histórico y estético. Palomo Spain ha transitado por el pasado con una sensibilidad especial para traer al presente otros momentos inspiradores.

Hoy, con apenas una decena de empleados fijos en su taller cordobés (más otro tanto entre sus agencias en Madrid, Londres y París) Alejandro reconoce las dificultades de emprender: «Crear una colección es lo que más me divierte y lo hago con naturalidad. Pero llevar una empresa me cuesta mucho más. ¡Ojalá tuviese una de esas mentes empresariales privilegiadas!», suspira. A cambio, sabe que cuenta, de una manera espontánea, con un don natural para el marketing: inopinadamente su colección de fin de carrera triunfó y las ventas de aquellas primeras prendas le dieron el gran empujón para poner en marcha esa marca tan española y reconocible que llevaba años resonando en su cabeza. Dinero para haberlo hecho antes no tenía. «No vengo de una familia rica. Mi padre pidió un crédito de 30.000 euros que fui usando, pero sólo enfocado en la parte creativa. No pensé en ningún momento en el negocio ni sabía cómo iba a funcionar. Aprendimos sobre la marcha».

«Mi vida no ha cambiado drásticamente, sigo en el pueblo, rodeado de mi familia, de gente que me conoce de toda la vida… y eso me mantiene con los pies en la tierra»

Formado en el London College of Fashion, confiesa haber cubierto parte de la infinita curiosidad que la moda despertó en él siendo un niño. Pero hace hincapié en un momento determinante en su carrera: su trabajo como dependiente en una exclusiva tienda londinense mientras estudiaba. «Vendíamos piezas de alta costura, desde la época victoriana o isabelina a los años 20 o 30; y yo me pasaba horas mirando la ropa, viendo cómo era por dentro y por fuera, cada prenda tenía una historia, una explicación, un dueño… Y aprendí una barbaridad».

Esa fascinación por el lujo también le enseñó la necesidad de balancear costes: «El lujo cuesta muchísimo. Y también que el público lo entienda». Así que en un momento dado hubo que replantear la rentabilidad de sus muy exclusivas prendas: «Al principio usaba bordados a mano, pieles, plumas… metros de plumas, que son carísimas. Ahora racionalizo más. Pero para mí el lujo no es sólo una cuestión de materiales nobles, sino el valor de los detalles y lo que dura toda la vida«.

Palomo Spain también goza del aplauso de una clientela muy heterodoxa a la que seduce con sus iconoclastas prendas, y también —con permiso de Almodóvar— de una troupe que ha ensalzado al diseñador como el último gran icono de modernidad y la trasgresión. Él, sin embargo, prefiere referirse a ellos como una especie de pandilla de amigos «bellos, jóvenes, talentosos y divertidos».

Desde Madonna a Rosalía

No en vano, Palomo Spain ha vestido a artistas como Beyoncé, Madonna, Harry Styles o Rosalía. Ha desfilado en París y Nueva York y hasta colgó sus prendas en una exposición del Museo Metropolitano de Nueva York junto a otras de Givenchy, Balenciaga, Lagerfeld o Christian Lacroix. Para sobrevivir a las fauces de la feria de las vanidades, Alejandro lo tiene muy claro: «Mi toma de tierra está sin duda en el pueblo. Por eso he decidido quedarme ahí, mi vida no ha cambiado drásticamente, sigo rodeado de mi familia, de gente que me conoce de toda la vida… Hago una vida normal y eso es lo que me mantiene con los pies en la tierra».

Además, cuenta con otra ventaja vinculada a la cultura del esfuerzo: «Yo me he tenido que buscar la vida siempre, y desde muy jovencito trabajé en el restaurante de mis padres y luego en el bar del instituto«, y reivindica que esas experiencias también han esculpido su carácter: «Hay que poner cervezas para saber lo que es ganarse la vida», asume orgulloso.

Y esa psicología de barra, también le ha enseñado el valor de la educación y el buen trato. «En la empresa procuro ser un buen jefe, no soy protestón ni mandón. Creo que soy un poco el oráculo, pero también el que hace que todo el mundo esté a gusto, trabajando en una dirección, con sentido y ganas de hacer las cosas», proclama. «He tenido buenos jefes, pero también algunos muy hijos de puta, como uno en Londres que nos echaba unas broncas desorbitadas desde primera hora de la mañana. ¡A mí, que siempre he sido buen niño!»…