Bob Pop —su nombre real es Roberto Enríquez (Madrid, 1971); no confundir con el actor con su mismo nombre— es uno de los periodistas más carismáticos de la escena televisiva española. En realidad, sus primeros pasos en la profesión los dio con un blog personal en el que fue dando forma a su personaje, Bob Pop, que se convirtió temporalmente en crítico de televisión en 20 Minutos, Público y Mongolia

Debutó como escritor en 2010, con su primera novela, Mansos (Caballo de Troya, 2010), recién reeditada por Alfaguara, en la que se atrevía a narrar las experiencias de un joven homosexual en la España de finales del siglo pasado, muchas de ellas con finales nada felices. Fenómeno de su tiempo, Bob Pop era ya plenamente conocido en las redes sociales antes de que sus irónicos comentarios, sus numerosas gafas y sus atrevidos estilismos comenzaran a aparecer en 2013 en los programas de Andreu Buenafuente En el aire —en La Sexta, como el «tuitero de guardia»— y en Late Motiv —en Movistar+—, donde desveló sin tapujos situaciones como la violación que sufrió en el parque del Retiro o el inexorable avance de la esclerosis múltiple, la enfermedad que sufre desde la juventud y que ahora le obliga a desenvolverse en silla de ruedas.

Estas vivencias son, por ejemplo, las que conforman el núcleo de Maricón perdido, la serie autobiográfica estrenada el pasado mes de junio por TNT España, con la que Bob Pop debuta como guionista.

La serie que estrenó en verano tenía un final que parecía cerrado. ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

¡Cuidado! Que las apariencias engañan. Podría haber otra temporada, pero no está decidido ni escrito, pero ese final podría abrirse a la perfección. ¿Qué proyectos tengo? Pocos que pueda contar. Estoy ante una especie de abismo y no tengo muy claro qué va a ser de mi vida ante la nueva temporada y espero elegir bien y encontrar un lugar maravilloso donde recalar.

Siempre le quedará el directo, con el espectáculo ‘Los días ajenos’, en el que le dirige Andrés Lima y que se basa en otros de sus libros de diarios. ¿Es un espectáculo cambiante, evoluciona con su vida o hay un guion?

Tienen una estructura fija o, más bien, una base, pero cambia cada día, sobre todo porque no quiero aburrirme y quiero que sea un espectáculo en el que yo me lo siga pasando bien. Estuve a finales de julio en Madrid, en el Teatro del Barrio, y cada día fue distinto. Son mis diarios y se van modificando en función de mi energía, de la del público y de todo lo que pasa alrededor.

En la serie se rodeó de un excelente plantel de actores. Sabemos que Carlos Bardem encarna a su padre, pero nunca se le ve la cara. ¿Por qué? 

Fue una decisión «de autor». Primero, porque quería hacer un borrado del patriarcado y, segundo, porque no quería volver a mirar cara a cara con «mi padre». Y la ficción es estupenda para esas cosas.

Sus padres quedan descritos como gente absolutamente despreciable y se aprecia su mala relación. ¿Cómo evolucionó a lo largo de tu vida?

Aprendí a alejarme de ellos para protegerme.

Sentir desprecio por los padres es una especie de tabú social y muy poca gente admite sin tapujos que no siente el más mínimo respeto por los suyos. 

Para mí, asumir eso tuvo que ver con el respeto por mí mismo. O tenía respeto por ellos y por su opinión sobre mí —lo que me dejaba en muy mal lugar— o anulaba su opinión y empezaba a respetarme a mí.

Imagino que llegó un momento en el que se fue de casa, pero no sé si los volvió a ver…

Sí, pero muy de vez en cuando.

En un momento del primer capítulo de los seis de la serie su personaje dice que ser maricón está bien porque va a tener siempre una historia que contar… ¿Quién no tiene, en su opinión, una historia que contar? 

Tienes razón. Todo el mundo tiene una historia de contar, pero a lo que me refería, en ese sentido, es a todos los lugares del ambiente: el sexo esporádico, las saunas, el cruising en los parques, etcétera, que al final te obligaba a vivir como una fantasía; sobre todo en mi caso, porque yo tenía muy poco éxito en estos sitios. Yo me dedicaba a ser un observador, incluso a tomar notas «del natural». Y eso me daba la capacidad de contar historias y la opción de fantasear con otros yoes, dando nombres que no eran el mío y contando vidas que no eran la mía. Mis primeros espectadores eran esos ligues, a los que les contaba una vida inventada.

Su yo adolescente y joven se muestra como un personaje encantador y adorable…

(Interrumpiendo) ¡Ojalá yo lo hubiera sido tanto! 

Como crítico de televisión, en cambio, se granjeó fama de ácido… ¿Considera que se llegó a convertir en ‘una mariquita mala’?

No, y además creo que el concepto de «mariquita mala» es muy homófobo, porque es como cuando dicen que las mujeres son conflictivas. En cuanto te defiendes utilizan ese adjetivo. Pero yo no creo que la maldad tenga que ir asociada con determinada actitud o identidad sexual. No, yo nunca fui una mariquita mala y no creo que existan las mariquitas malas. Existe la gente chunga y la gente tóxica de todo tipo.

Es un concepto que emplean los propios homosexuales para referirse a determinadas personas de su entorno…

Ya, pero es una forma de reservarnos un lugar muy poco generoso. No sé por qué la cultura gay incluye todos esos conceptos de ingenio, de gossip, de chismes, pero es algo que, realmente, está superadísimo. Yo no creo que existan las mariquitas malas: lo que existen son mecanismos de defensa frente a la opresión. Cada uno elige el que tiene más a mano.

En el momento de la violación en el parque del Retiro cargas contra el colectivo homosexual que no le quiso ayudar en ese momento. 

Eso es una broma, un guiño. En ese momento, el colectivo sólo era gay. Ahora, por suerte, el movimiento ya es más amplio, es LGTBI. Lo que aparece es el reflejo de lo que yo viví: gente con la que, en teoría, estaba compartiendo un espacio que podía ser de hermandad y que se acaba convirtiendo en gente que mira para otro lado, porque no quiere saber nada del otro cuando necesita ayuda. Creo que esa es una deuda del colectivo, aunque es algo que, poco a poco, está cambiando, y el colectivo está volviéndose cada vez más en un lugar más de refugio y menos insolidario.

Los que estaban ahí no eran, precisamente, representantes oficiales del movimiento. ¿Hasta qué punto se ha convertido en una persona escéptica, individualista y no militante?

Para nada. Yo soy absolutamente militante y cada vez creo más en la importancia del grupo, del colectivo, de la ayuda, de la colectividad y de lo común. Creo que esto es lo que nos salvará de toda la mierda que nos quieren echar encima a paladas.

Soy un poco mayor que usted y heterosexual, pero tengo la sensación de que en la época de la Movida el colectivo gay sí era una piña y se defendían muy bien unos a otros. ¿Eso cambió unos pocos años después?

Es que después de la Movida llegamos a un momento muy duro, que fue la epidemia del VIH. Y creo que, en muchos casos, no estuvimos a la altura de todo lo que se debería haber luchado.

De su violación ya había hablado hace años en el programa de Andreu Buenafuente, pero ¿fue algo que pudo contar o quiso contar en su entorno en su momento?

Lo hablé, pero con muy poca gente. Pero tuve la suerte de tener amigos cercanos y amigas y unos tíos míos con los que pude compartirlo y contárselo. Tuve esa fortuna.

En 2019 también hizo público en ‘Late motiv’ que sufría esclerosis múltiple. En la serie muestra que se la diagnosticaron siendo bastante joven. ¿Cómo ha vivido todo este tiempo con la enfermedad? ¿Y qué mensaje quiere mandar?

He convivido con la enfermedad de un modo muy errático, porque es una enfermedad muy tramposa. Durante un tiempo tuve brotes esporádicos, luego tuve vida normal y me convertí en una persona supervigoréxica y hacía un montón de ejercicio: natación, waterpolo…, a tope con mi cuerpo. La enfermedad estaba como metidita en un armario, hasta que un día ya se impuso, dijo “yo quiero mi sitio, y mi sitio es joderte un poco la vida y limitarte la movilidad, la escritura y la vida cotidiana”. La he ido viviendo adaptándome a lo que me ha ido imponiendo. Me ha enseñado mucho sobre la incertidumbre y me ha enseñado mucho sobre la importancia del presente, porque a mí se me hace imposible proyectarme en el futuro. Entonces, esta serie tiene mucho que ver con eso: como ya no puedo jugar con mi futuro, con lo que juego es con mi pasado, que es lo que tengo seguro.

Cuando no se sufre, se sabe poco. ¿Cómo es?

Es una enfermedad degenerativa progresiva y no sabes la velocidad de la progresión ni cómo va a ir afectándote. Hay que hacer los planes día a día y estar muy contento, sobre todo para proteger a la gente que te rodea. Porque ellos siempre están más preocupados que yo, porque yo sé cómo me siento, pero es muy difícil explicárselo exactamente. Si a su miedo yo le añado un amargor que no siento ni nada, les estoy haciendo pasarlo mucho peor. Así es que hay que aportar todo para equilibrar esa sensación de pavor, de incertidumbre, de dolor y que la vida sea lo más feliz posible. Por mí y por todos mis compañeros.

¿Cómo le gusta que le traten? 

Me gusta mucho que me traten bien (risas). Está claro que el que se ve frente a ti por primera vez y te ve en la silla de ruedas se queda bloqueado. Todas las reacciones son normales y me parecen bonitas porque son súper legítimas. Hay una cosa que he aprendido con la serie: en la escena en la que el personaje habla con Lola y le explica la enfermedad, ella le pregunta «¿qué te puede pasar?» y él responde: «Puedo acabar en una silla de ruedas». Pero uno no acaba en una silla de ruedas: uno sigue adelante, montado en una silla de ruedas. Esa ha sido una gran lección para mí, sobre mi propia escritura y en mi propio imaginario, que ha cambiado con la experiencia.

Teniendo en cuenta aquella época que ha contado que le dio por convertirse en vigoréxico, ¿hay algo que le impida convertirse en paralímpico? Y no lo digo de broma.

Tengo inmovilizado tanto el brazo como la pierna derecha, con lo cual no lo tengo muy fácil. Pero también es verdad que la enfermedad implica mucha fatiga y la energía que tengo la quiero enfocar en crear cosas.

Parecía que se ibas a dedicar al mundo de la moda y acabó en escritor.

Cuando era pequeño sólo quería ser escritor y tengo la sensación de que todo lo que he ido haciendo en los últimos años —tele, radio, colaboraciones en prensa, libros…— lo he hecho desde la mirada del que escribe, del que observa para desmontar y rehacer.