Hubo un tiempo en que la meta se basaba en permanecer con un trabajo en particular por lo menos cinco años – ya que la longevidad en un solo trabajo era la forma de medir del éxito. Pero ¿qué éxito hay en quedarnos con un trabajo si no nos satisface? Hoy en día la cantidad de tiempo invertido en un empleo está por debajo del feedback que esa tarea aporta a tu vida y tus expectativas laborales; y avisamos: conformarse no entra en la lista cuando se pretende pasar a la acción.

Vivimos en un mundo de oportunidades. Literalmente, todo es posible. Sin embargo, en el proceso trabajar es inevitable puesto que casi todo lo que proyectes necesitará dinero para su realización. Hemos escuchado las frases “Vive tus sueños” y “Nunca abandones”, pero el significado más profundo de esto radica en la acción: todos los sueños, planes y metas son inútiles si nunca tomamos medidas. Y la acción, en sí misma, tampoco es suficiente; la acción estratégica es la clave del éxito.

Muchas personas afirman que alcanzarán sus metas “un día” o estarán libres de deudas “un día”. Nos sentamos en nuestros cubículos y hablamos de iniciar un negocio un día, tener más tiempo libre un día de estos e incluso estar en mejor forma física también un día. La gente por lo general ve la meta que quiere alcanzar, pero falla a la hora tomar medidas para lograrla. Si bien hay muchos factores diferentes involucrados, la planificación y la acción son las dos claves que separan a la élite de la media en cualquier área de la vida.

Algunos empresarios ambiciosos tienen una tendencia a ver el resultado final, entusiasmarse con él, y luego pierden la fuerza de solo verbalizarlo – sin haber tomado ninguna acción concreta. La clave más importante para lograr el éxito implica una planificación completa y una acción estratégica. Sin ejecutar los pasos necesarios, la probabilidad de éxito de cualquier plan es significativamente menor. En su libro, Do Over, Jon Acuff escribe: “Soñar es divertido. Los resultados futuros son agradables de comentar; los esfuerzos actuales no lo son”.
No hay nada malo en soñar ni hay nada malo en imaginar grandes resultados futuros. Sin embargo, es necesario también templar esas expectativas con la cantidad de trabajo que estamos dispuestos a invertir en ellas.