Mujer de dimensiones diminutas y mirada alucinada, aspecto frágil y consumido. Joan Didion (Sacramento, 1934) es la dueña de una vida coloreada por la tristeza que despierta no tener a nadie a quien amar. Perdió a su marido cuando no conocía el significado del verbo ‘doler’ y se despidió de su hija cuando el dolor ya formaba parte de su esencia. De esto hace ya 18 y 16 años, respectivamente. Insuficientes siempre porque como dijo el historiador francés Philippe Ariès, «te falta una sola persona y ya ves el mundo vacío». Así sigue viéndolo ella, quien concentra toda su atención en el duelo, actividad que consiste en lidiar con el dolor que genera el paso del tiempo. Ahora, 86 años cargados a los hombros de sus escasos 34 kilos y una piel convertida en pellejo mantienen en pie el nombre de la Didion.

Para esta mujer de enigmática personalidad, escribir desde el corazón –rozando la línea del desnudo emocional– no es su única faceta. Convertida en una de las escritoras norteamericanas más importantes y de mayor influencia dentro y fuera de las fronteras de su país, y en icono del Nuevo Periodismo, es la artífice de crónicas de estilo caótico, oscuro, neurótico y con un cierto aire de ciencia ficción. Pero esto ya se intuye con leerla.

La periodista creó su genio cultivando a partes iguales dos de los rasgos más representativos de su personalidad: mitad perfección, mitad inseguridad. Y se ganó el reconocimiento de ser la poeta del gran vacío californiano, como apuntó en una ocasión el escritor Martin Amis.

Pero lejos de centrar toda su gracia en encadenar palabras, a la escritora le gustaba ser creativa fuera de las teclas de una máquina de escribir y dentro de una cocina. Le gustaba mucho lo que le gustaba. Comenzar el día con una Coca-Cola fría, muy fría, y un puñado de almendras saladas era el pequeño placer al que se entregaba en los desayunos. Muy cerca de su otra gran pasión: soñar despierta con las películas de John Wayne, quien prometía a su joven enamorada una casa allá donde crecen los álamos. Un ideal de felicidad adolescente que tarda poco en venirse abajo para dejar paso a la realidad más temible: descubrir que la vida iba en serio.

La escritora y periodista Joan Didion, junto a su marido John Gregory Dunne (también escritor y periodista) y la hija de ambos, Quintana Roo.

De esto se dio cuenta con cada varapalo de la vida. Y poco queda de aquella mujer de 20 años que se paseaba por el tiempo con una risa enorme, tres o cuatro veces más grande que ella –tal y como confesaría su amiga Nora Ephron para The Guardian, en 2005–. Divertida y con una soberbia capacidad analítica, no se confiesa amiga de la nostalgia. Lo expresa muy bien en Noches azules, el libro que escribe tras la marcha de su hija Quintana Roo (1966-2005): «Una acaba aprendiendo a no llorar el final de las cosas. No es más que la inevitabilidad del desvanecimiento». Aprender a cortar el vínculo del dolor –o intentarlo– sigue ocupando gran parte de su tiempo; y si alguna lección aprendió de su particular serie de catastróficas desdichas fue la de sobrevivir a ellas: el duelo es un lugar que no se conoce hasta que no lo visitamos. Y si queremos seguir vivos, tenemos que renunciar a los muertos, dejando que se conviertan en fotografías en la pared a la que sólo mirar cuando la añoranza invada las entrañas. Sin embargo, hay algo que parece haber sobrevivido al desapego de Didion hacia sus años de juventud. Tiene que ver con una historia floral y especiada empezada en 1948.

Ella misma lo narra en Adiós a todo aquello. En esta pieza se traslada a su primera toma de contacto con Nueva York. Tenía 20 años cuando los rascacielos entraron en su vida para no volver a perderlos de vista y comenzó una de sus relaciones más serias y duraderas, aunque después confesara que el menor rastro de esa historia en la actualidad le provocara cortocircuitos con tan sólo escuchar su nombre. No en sentido peyorativo, sino todo lo contrario: es difícil poner buena cara al recuerdo de los buenos momentos cuando la inercia de la vida te quiere lacrimógena. L’ Air du Temps fue una fragancia de posguerra lanzada a finales de la década de los años cuarenta como símbolo de paz, gracias a su frasco adornado con dos palomas de cerámica, por Nina Ricci; y que a día de hoy sigue siendo el perfume preferido de la escritora.

Perfume L’ Air du Temps, de Nina Ricci, creado en 1948.

Fue creado por Francis Fabron, quien dio al perfume notas florales y especiadas, con el clavel como ingrediente de fondo de la composición y leves notas de rosa y jazmín. Los toques de iris y violeta dan al elixir un matiz empolvado y crean armonía con las notas amaderadas del cedro y del sándalo, mientras el sensual almizcle y el ámbar aportan el acorde femenino final. Lo que se aprecia es lo que hay.

El efecto L’ Air du Temps es una especie de Doris Day. Real, activo y difícil de erradicar, este perfume recuerda a la actriz en aquellas comedias románticas de la década de 1950, donde su inocencia fingida y sus pestañas agitadas conseguían captar la atención de la cámara y del espectador. Como esta fragancia. Como Joan Didion.

Desde su apartamento de la calle Setenta y cinco, la escritora paralizaba su realidad para adentrarse en el imaginario que le evocaba esta mezcolanza de olores a los que siempre recurría cuando aguardaba en casa la llegada de su marido John Gregory Dunne (1932-2003). O su llamada para aceptar la invitación a cenar de éste en el restaurante preferido de ambos.

Un perfume limpio pero intenso fueron las razones que llevaron a Didion a hacer de esta opción de Nina Ricci su elección olfativa que le acompañaría para siempre. Su calidez y elegancia son los tributos más destacados de este perfume que completa su fórmula con destellos de vetiver, clavo, melocotón y ylang-ylang. Tan elaborado como una novela de Didion y tan adictivo como el tono de narración de la periodista.

El perfume L’air du Temps está pensado para todas aquellas mujeres cuyo corazón e imaginación están abiertos a la idea de la juventud eterna: el sueño y la poesía

Creado para agradar, engalanar y envolver, L’ Air du Temps es ideal para esas jóvenes en las que se inspira la fragancia, pero también para todas aquellas mujeres cuyo corazón e imaginación permanecen abiertos a lo que es eternamente juvenil: el sueño y la poesía. Un perfume es siempre el perfume de un momento de la personalidad de una mujer, y el veterano de Nina Ricci aporta la frescura y vitalidad de esas edades tempranas.

Si un libro de Joan Didion no llega nunca a la estantería y se mantiene anclado a la mesilla de noche, este perfume es una pieza de culto que funciona como alegoría a la feminidad asumida sin disfraces. Interpreta la fuerza con sutiliza que prontamente asumió Didion y mantiene el pudor de los sentimientos con modernidad.

L’ Air du Temps no ha conseguido ser igualado y sigue siendo el frasco más vendido del mundo entero. Un modelo que ha creado escuela y de cuya teoría siguen nutriéndose las generaciones como si de una obra de Joan Didion se tratase, porque sólo el verdadero talento sobrevive a las modas. Y ni ella ni su acompañante olfativo están hechos para ser pasajeras.