Esté donde esté ahora mismo, lo más probable es que Alberto Ruiz Gallardón esté respirando con cierto alivio. Que al repasar la prensa deportiva se le escape algún que otro resoplido. Lo mismo ocurre en el despacho de José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, que ocupa la oficina que no hace tanto tenía el apellido Gallardón grabado en la puerta.

Y todo por una derrota. La que Tokio le asestó a Madrid un 7 de septiembre de 2013 en Buenos Aires, cuando la 125º Sesión del Comité Olímpico Internacional eligió a la capital de Japón para ser la sede de los Juegos Olímpicos de 2020. La decisión fue entonces un palo, hoy es un alivio.

Porque los Juegos Olímpicos se han convertido en un gran problema para Japón. Los ciudadanos rechazan de forma masiva la celebración –los últimos sondeos publicados por el Asahi Shumbun muestran que el 80% de la población está en contra de los JJOO– en un país en el que solo hay un 5,6% de la población totalmente vacunada según las cifras de Our World in Data.

En la organización, claro, están preocupados. Creen que puede haber decenas de contagios diarios entre los deportistas y a principio de mes se anunció que 10.000 de los 80.000 voluntarios inscritos se habían borrado. “No hemos confirmado las razones uno a uno”, decían tratando de justificarse.

Todos estos problemas tienen uno común que está en el fondo del asunto. Y es, claro, la economía. Tokio se ha gastado 15.400 millones de dólares para organizar los Juegos Olímpicos, de los que solo 1.500 millones han salido de las arcas del Comité Olímpico Internacional. De ese total, 7.200 millones son dinero público.

¿Cómo piensan recuperar todo ese dinero? Casi todos los ingresos llegarán por las dos vías habituales, patrocinadores y venta de derechos televisivos. En ambos casos se trata de explotar el mismo negocio: la expectación y el espectáculo que pueden ofrecer los mejores deportivas del mundo.

El problema es que es muy difícil generar ese interés sin grandes nombres que tiren del carro mediático. Tokio se enfrenta a otro gran problema: en estos Juegos no hay superestrellas. No estarán Michael Phelps y Usain Bolt, sustentos del evento desde Atenas 2004, Mo Farah todavía no se ha clasificado, el Dream Team del baloncesto de Estados Unidos llegará sin megafiguras y todo quedará sobre los hombros de Simone Biles. ¿Podrán sus 1,42 metros de estatura sostener todo el evento? Difícilmente.

¿Retrasar los juegos?

Los patrocinadores tienen esto muy en cuenta. Saben que no van a recuperar su inversión y la gran mayoría ya dan por hecho que el negocio habrá sido ruinoso. ¿Quién iba a imaginar que iba a llegar una pandemia mundial? Pues nadie.

Eso no ha impedido que un grupo de 47 empresas japonesas, que entre todas han invertido más de 3.000 millones de dólares para promocionarse en los Juegos, haya elevado una petición formal al comité organizador para retrasar la celebración del evento, que arrancará el día 24 de julio con la ceremonia inaugural.

El motivo de esta petición es que quieren que haya público. A más público, mejor espectáculo, más ingresos y mejores audiencias, dicen.

Ni siquiera los pesos pesados locales están a favor de celebrar los juegos. El fundador del gigante de la inversión SoftBank, Masayoshi Son, se ha mostrado contrario al evento, en la misma línea que el director ejecutivo de Rakuten, Horishi Mikitani. “La realidad es que todavía estamos en una época llena de ansiedad e insatisfacción”, decía este mes Toyota, uno de los grandes patrocinadores olímpicos.

Los patrocinadores saben perfectamente lo que se juegan. También la organización, si bien todavía no ha habido una reacción verdaderamente decidida. Tal y como explicaba a mediados de junio Financial Times, todas las previsiones de ingresos que maneja el comité organizador se basan en unos JJOO con los estadios y los pabellones llenos.

“Teniendo en cuenta los niveles de propagación del covid, tomaremos una decisión sobre el público en consonancia con lo que se ha permitido en otros eventos deportivos”, decía el primer ministro japonés, Yoshihide Suga, en la cumbre del G7.

Las primeras estimaciones cifran en el entorno de los 800 millones de dólares el montante con el que habrá que rescatar el evento

Si la gente que ha comprado no puede acceder a los eventos, la organización va a necesitar ayuda pública. Las primeras estimaciones cifran en el entorno de los 800 millones de dólares el montante con el que habrá que rescatar el evento. Un duro golpe para un Gobierno con la población ya en contra. El jefe médico del Ejecutivo, Shigeru Omi, ya ha pedido que se evite a toda costa “el ambiente festivo” en las competiciones.

La mayoría de esa cuantía se destinaría a devolver un dinero que organización y patrocinadores ya han ingresado, con el drama que eso supone. De hecho, el comité organizador había fijado unas previsiones de ingresos de 6.100 millones de dólares este año. De ese total, 820 millones procedían directamente de la venta de entradas.

El ejemplo de la Eurocopa

A buen seguro que los organizadores de Tokio 2020 –se ha mantenido la denominación para no tener que rehacer todo el merchandising- tienen sus dos ojos puestos en la Eurocopa de fútbol que se está celebrando estos días en diferentes puntos del Viejo Continente.

En este caso se ha dejado a decisión de cada país la entrada o no de público, si bien no ha habido ningún estadio totalmente vacío. En España el primer encuentro de la Selección, en La Cartuja ante Suecia, contó con más de 12.000 personas en la grada, agotando todos los tickets que la Federación Española de Fútbol había puesto a la venta.

Contar con público es un aliciente, sí, pero donde de verdad se mueven miles de millones de dólares es en la televisión. Y, si tomamos como referencia los números de este torneo de fútbol, en Tokio pueden estar tranquilos.

El encuentro de los de Luis Enrique concentró ante la televisión una media de casi ocho millones de espectadores y un 49% de share. Por Telecinco, que emitió el partido, pasaron al menos una vez 14,2 millones de personas.

Donde de verdad se mueven miles de millones es en la televisión. Y, si tomamos como referencia los números de este torneo de fútbol, en Tokio pueden estar tranquilos

Y no es una circunstancia que se dé solo en España. En Reino Unido, quizás el mayor mercado europeo y uno de los más atractivos del mundo para los anunciantes, 11,6 millones de personas sintonizaron BBC 1 para ver el partido entre Inglaterra y Croacia, que alcanzó un share del 79,2%. El deporte todavía tiene tirón. Y mucho.

Y todo… pendiente de la pandemia

Una vez llegue el momento el Ejecutivo japonés y el comité organizador tendrán que sentarse y llegar a la conclusión de que el daño a la economía de disputar unos JJOO sin público tiene que ser un golpe que se debe encajar con gusto. ¿No sería acaso mucho más peligroso un nuevo brote?

Así opina Shigeru Omi y el panel gubernamental de expertos que dirige. Tokio se plantea declarar una suerte de estado de emergencia, con un marco jurídico y legal algo más suave, durante los días olímpicos. Consideran, y no se pueden oponer argumentos sólidos contra ello, que un evento de estas características es un riesgo potencial para la evolución de la pandemia.

No es que eso vaya a asustar al COI, claro. “Haremos todo lo posible para celebrar unos Juegos seguros”, decía hace unos días su vicepresidente, John Coates, en rueda de prensa. Para ello lo están fiando todo a la vacunación, una altísima frecuencia de test y restricciones de movimiento para los asistentes.

De hecho, las previsiones pasan por que el 80% de los habitantes de la Villa Olímpica aterrice en Tokio vacunados –en España el COE lleva tiempo haciéndolo con la ayuda del Ejército-y se harán hasta 50.000 test diarios.

El esfuerzo sanitario y legal va a ser enorme. Pero si hay algo que nos ha demostrado la pandemia una y otra vez es que es imposible tener la seguridad de que no va a desatarse un brote que dé al traste con las esperanzas de cualquier organizador. Ni la fiabilidad nipona puede con el virus.