Caracterizaciones de otro nivel, planos contrapicados, muchos gritos, billones -que no millones- de dólares en juego y alguna que otra grieta en un glaciar. Así se podría resumir en muy pocas palabras la nueva película de Alejandro González Iñárritu. El director vuelve a la gran pantalla con Digger, una ambiciosa sátira protagonizada por Tom Cruise que mezcla humor negro, drama y crítica climática.
El cineasta mexicano, ganador de cuatro premios Oscar y responsable de películas como Amores perros, Birdman, El renacido y Bardo, se adentra ahora en un terreno mucho más próximo a la farsa para poner en el centro de la historia a un magnate de los combustibles fósiles que provoca una catástrofe ambiental. Una apuesta de 125 millones de dólares de presupuesto que llega además en plena carrera de títulos con aspiraciones de premios, entre ellos La bola negra, de Los Javis.
De qué trata Digger
La película sigue a Digger Rockwell, un multimillonario del sector petrolero interpretado por Tom Cruise, que recibe una noticia poco alentadora: una explosión en una de sus instalaciones en Groenlandia ha provocado el desprendimiento de un iceberg de enormes dimensiones capaz de poner en peligro Europa durante su deriva. A partir de ahí comienza una historia que, bajo su apariencia de sátira climática, va incorporando nuevas capas y jugando constantemente con las expectativas del espectador.
Cruise aparece convenientemente envejecido para interpretar a este magnate grotesco, mientras Riz Ahmed encarna al científico que trata de poner algo de cordura frente al negacionismo y la estupidez del poder. John Goodman, por su parte, interpreta a un presidente deliberadamente incapacitado para tal puesto.
El cine del despiste
La cinta se mueve así entre la comedia negra y la crítica política y económica, señalando a las grandes fortunas y a los gobiernos como responsables de buena parte de la crisis climática, pero también poniendo el foco en un espectador que, pese a indignarse ante el desastre, tampoco parece dispuesto a renunciar a su cómoda forma de vida. Asimismo, la cinta juega entre actor y personaje, realidad y ficción, permite a Iñárritu ampliar una crítica que inicialmente parecía mucho más sencilla.
Visualmente, Digger también conecta con las distintas etapas de la filmografía de su director. Si Amores perros y Biutiful apostaban por una mirada más cercana al documental, Birdman, El renacido y Bardo consolidaron su gusto por los grandes angulares, los planos secuencia y una puesta en escena especialmente ambiciosa. En esta ocasión, la referencia más evidente es el cineasta sueco Roy Andersson, aunque Iñárritu vuelve a llevar la cámara a su propio terreno. La dirección artística y, sobre todo, la fotografía de Emmanuel Lubezki, colaborador habitual del mexicano, son dos de los grandes atractivos de la película.
Cifras en taquilla
La ambición, sin embargo, no se ha traducido de momento en taquilla. Digger recaudó 3,4 millones de dólares en 3.321 salas de Estados Unidos y Canadá durante su primer día y las previsiones situaban su primer fin de semana en torno a los 7,5 millones. Además, fuentes citadas por la prensa elevan el coste final de producción hasta entre 160 y 180 millones de dólares por la prolongación del rodaje, muy por encima de los 125 millones de presupuesto inicial.
Un estreno complicado para una película que, como La bola negra, apuesta por una mirada autoral y ambiciosa en un momento en el que el cine de prestigio vuelve a medir sus fuerzas de camino a la temporada de premios. Ahora queda por ver si Digger, aunque no pueda controlar la naturaleza de su público, consigue llegar hasta él y, con su narrativa, abrirse camino también hacia los premios.

