El trasplante de órganos es uno de los grandes milagros de la medicina moderna. Para una persona con enfermedad renal crónica avanzada, el trasplante renal ofrece mejores resultados de supervivencia y calidad de vida que la diálisis. Además, el trasplante renal tiene un menor coste, particularmente a partir del primer año de tratamiento, por lo que cualquier intervención que aumente el acceso al trasplante renal no solo mejora la vida de los pacientes, sino que también genera un importante ahorro a los sistemas sanitarios. En el caso del corazón, el hígado o el pulmón, para muchos pacientes el trasplante representa la única opción terapéutica disponible. Pero, a diferencia de otras intervenciones en salud, el trasplante no solo depende de la capacidad técnica para realizarlo. También depende de la disponibilidad de un órgano donado por otra persona, bien en vida o tras su fallecimiento.
Durante décadas, esta ha sido la principal limitación para la plena expansión de esta terapia: no disponer de suficientes órganos para cubrir las necesidades de la población. En 2025, se realizaron en el mundo más de 183.000 trasplantes de órganos, la cifra más alta registrada hasta la fecha. Es un logro extraordinario, pero se encuentra muy lejos de satisfacer una demanda que la Organización Mundial de la Salud estima en 2 millones de procedimientos anuales.
En este marco, España ocupa una posición de absoluto privilegio a nivel internacional. Nuestro país lleva más de tres décadas liderando las tasas de donación de órganos y registrando una tasa de trasplante inimaginable para la mayoría de países. El éxito español se basa en una sociedad comprometida, un sistema sanitario público y universal, y un modelo organizativo capaz de transformar una posibilidad de donación en la realidad del trasplante, coordinando a profesionales y hospitales en todo el Sistema Nacional de Salud. Y, sin duda, también ha consistido en innovar, en imaginar y poner en marcha nuevas oportunidades de donación.
La donación en asistolia (tras el fallecimiento por parada cardiorrespiratoria) es probablemente el mejor ejemplo de esta apuesta por la innovación. Lo que hace años se consideraba una forma complementaria de donación, hoy representa más de la mitad de los donantes fallecidos en España. La incorporación de técnicas sofisticadas de preservación de órganos ha permitido, además, convertir la donación en asistolia en un proceso de donación multiorgánica. España registra la mayor tasa de donación en asistolia de los 28 países donde esta actividad se ha desarrollado y es el único capaz de trasplantar todo tipo de órganos. Aunque esta realidad ha sido capaz de mejorar la accesibilidad al trasplante en nuestro país, todavía estamos lejos de disponer de un órgano de forma inmediata cuando surge la necesidad. Incluso en España. Y esto obliga a cualquier sistema de trasplantes a establecer criterios para asignar un recurso escaso y priorizar a aquellos pacientes con mayor urgencia clínica o más dificultades para encontrar un órgano adecuado por sus características, como los niños o los pacientes hiperinmunizados.
En los últimos años, nos adentramos en una etapa diferente, una etapa en la que asistimos a avances extraordinarios que nos permiten imaginar un futuro en el que el trasplante deje de depender de la disponibilidad inmediata de un órgano humano.
Uno de ellos es el xenotrasplante (el trasplante interespecies). No es una idea nueva. En 1984, Baby Fae, una recién nacida con una grave cardiopatía congénita, recibió el corazón de un babuino. Sobrevivió 21 días antes de fallecer por el rechazo hiperagudo de un órgano que su sistema inmune reconoció como extraño. Han transcurrido décadas de intensa investigación hasta disponer de cerdos modificados genéticamente para reducir las barreras inmunológicas que hasta ahora impedían utilizar órganos de animales en el ser humano. En los últimos años se han realizado xenotrasplantes experimentales en personas en situación de muerte encefálica y en pacientes sometidos a procedimientos compasivos o, más recientemente, en ensayos clínicos autorizados. Los resultados distan de parecerse a los logrados con el trasplante de un órgano humano, pero podemos vislumbrar un futuro en el que dispondremos de animales a los que recurrir cuando falla uno de nuestros órganos.
A ese avance, de gran resonancia médica y mediática, se suman los progresos en la generación de órganos a partir de células humanas pluripotenciales del proprio receptor. El horizonte sería todavía más extraordinario; no solo contaríamos con un órgano cuando lo necesitáramos, sino que dispondríamos de un órgano perfectamente adaptado a las características biológicas del paciente. Esto eliminaría la necesidad de inmunosupresión que a día de hoy acompaña de por vida a prácticamente todo paciente trasplantado.
Existe una tercera vía que persigue algo diferente: que el órgano trasplantado dure ‘para siempre’. En los últimos días, ha ocupado portadas un trabajo desarrollado por el Hospital Universitario de La Paz de Madrid, basado en la combinación del trasplante de un órgano con el de progenitores hematopoyéticos obtenidos de la médula osa del mismo donante. El objetivo es inducir tolerancia inmunológica, es decir, que el sistema inmune del receptor aprenda a reconocer como propio el órgano trasplantado y permita reducir e incluso eliminar el tratamiento inmunosupresor al que antes me refería. Aunque hablamos de dos casos, y es necesario confirmar la eficacia, la seguridad y la reproducibilidad de esta estrategia en estudios adecuadamente diseñados, es un gran paso en la consecución de uno de los grandes objetivos de la medicina del trasplante. Algo que supondría un cambio de vida radical para el paciente trasplantado y un alivio para unas listas de espera muy tensionadas, al reducirse la necesidad de realizar retrasplantes.
Si en un futuro alguno o varios de estos avances fueran una realidad clínica y la escasez de órganos dejara de ser una limitación para realizar trasplantes, ¿existiría algún otro reto? Me atrevo a decir que, si ese futuro llega, aparecerá un problema de diferente naturaleza. En ese futuro, probablemente, tendremos que preguntarnos cómo incorporar de manera sostenible y equitativa esas tecnologías capaces de proporcionar los órganos que hoy nos faltan.
El primer desafío será el económico, aunque insisto, el órgano humano no tiene precio. Por supuesto, las actividades que permiten que una donación se transforme en un trasplante tienen costes asociados (profesionales, transporte, medicación, preservación), pero el órgano no es comercializable. Las nuevas tecnologías serán diferentes. Un xenoinjerto requerirá una compleja infraestructura de producción y control. Un órgano bioartificial exigiría instalaciones especializadas, personal altamente cualificado y sistemas de control de calidad muy elevado. Por eso, el futuro transformará un problema de escasez biológica en un problema de financiación y accesibilidad a las nuevas tecnologías.
El segundo desafío será organizativo. Un órgano no llega por sí solo desde un donante hasta un receptor. Y tampoco lo hará un órgano generado mediante una nueva tecnología. Será necesario producirlo, garantizar su calidad, transportarlo, preservarlo, asignarlo, implantarlo y realizar el seguimiento del paciente.
El tercer desafío, muy vinculado a los anteriores, será la equidad en el acceso. Si estas tecnologías demuestran su eficacia, no todos los sistemas sanitarios tendrán la misma capacidad para incorporarlos a sus carteras de servicios. Podríamos encontrarnos ante una situación paradójica: la ciencia habría conseguido reducir la escasez de órganos, pero el acceso a esos órganos seguiría siendo desigual. La innovación solo habrá resuelto realmente el problema si conseguimos transformar una posibilidad tecnológica en una solución accesible para los pacientes que la necesitan
Precisamente por ello, existe un último aspecto que no podemos obviar. Durante mucho tiempo el trasplante seguirá dependiendo, total o parcialmente, de órganos humanos donados. Por eso, imaginar un futuro con más órganos no significa que podamos dejar de invertir en el modelo actual. Todo lo contrario.
Quizá estemos ante el comienzo de una nueva etapa. Una era en la que la pregunta ya no sea, únicamente, cómo conseguir más órganos, sino cómo conseguir que, cuando la ciencia permita tenerlos, podamos hacerlos accesibles a todos los pacientes que los necesiten, de una manera sostenible y justa. Si algún día conseguimos resolver la escasez de órganos, no habremos resuelto el problema del trasplante. Habremos cambiado de problema.
Por Beatriz Domínguez-Gil, directora de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT)

