Health

El progreso sanitario también exigirá infraestructuras hospitalarias capaces de adaptarse y acompañar

En esta tribuna de opinión, Domingo Jiménez Ortega, director de Operaciones para Europa en Sacyr Concesiones, sostiene que el progreso sanitario no vendrá solo de nuevos tratamientos, nuevas máquinas o nuevos algoritmos

Domingo Jiménez Ortega, director de Operaciones para Europa en Sacyr Concesiones
Domingo Jiménez Ortega, director de Operaciones para Europa en Sacyr Concesiones

Lo vemos y escuchamos en todas partes: «hospitales inteligentes». Mi impresión es que hemos vuelto a caer en la trampa de usar los adjetivos ambiciosos y «de moda». Sin embargo, creo que vale la pena tratar de darle contenido a esta cuestión y entrar a reflexionar sobre cómo deberían ser los hospitales que se construyan ahora. Porque un hospital inteligente no debería ser simplemente un edificio lleno de sensores, pantallas y datos. Un hospital inteligente debería ser, antes que nada, un hospital que entiende mejor a las personas.

Y la respuesta, en mi opinión, debería comenzar por reconocer algo muy sencillo: el hospital ya no puede ser una infraestructura rígida. La sociedad cambia, la medicina cambia y los pacientes también cambian. Por lo tanto, las infraestructuras deben adaptarse constantemente. Ya no hablamos solo de potenciales pandemias tipo Covid-19, sino por ejemplo, campañas de infecciones víricas respiratorias periódicas, nuevos espacios para tratamiento de salud mental infantil y juvenil, tratamientos e intervenciones cada vez más ambulatorios e incluso domiciliarios. La infraestructura y los espacios deben ser capaces de adaptarse de forma rápida, sin afectar la actividad asistencial y a costes razonables a estas nuevas situaciones.

Pero, además, un hospital flexible permite responder antes, molestar menos y acompañar mejor. Permite que el edificio no se convierta en un obstáculo cuando la realidad sanitaria se mueve. Porque si algo nos han enseñado los últimos años es que lo improbable también ocurre, y que las infraestructuras que mejor sirven a la sociedad son las que saben cambiar sin perder su misión.

Pero el hospital contemporáneo no está formado solo por muros, instalaciones, climatización, quirófanos o habitaciones. Desde hace años, existe otra infraestructura menos visible, pero igual de decisiva: la infraestructura digital que contiene información esencial para la atención de los pacientes.

Aquí se abre un debate apasionante. Porque digitalizar un hospital no consiste solo en acumular datos. Consiste en convertir esos datos en mejores decisiones, en menos esperas, en recorridos más sencillos, y en una atención más coordinada. Por ejemplo, en sistemas autónomos que decidan mayor renovación de aire si hay más personas y mayor riesgo de infección respiratoria, por ejemplo, o adaptar la iluminación a la necesidad exacta en cada punto del hospital. En definitiva, mayor cuidado y mejorar la vida de las personas. Porque la inteligencia de un hospital no debería medirse por la cantidad de tecnología que incorpora, sino por la ineficiencia que elimina.

Si un paciente no tiene que repetir cinco veces la misma información, el hospital es más inteligente. Si una familia encuentra fácilmente dónde debe ir, el hospital es más inteligente. Si un profesional sanitario pierde menos tiempo resolviendo problemas del edificio y puede concentrarse más en el paciente, el hospital es más inteligente. Si una habitación, una sala de espera o una unidad clínica transmiten calma en lugar de tensión, el hospital es más inteligente.

Y aquí aparece la parte más importante: los hospitales deben ser inteligentes, sí, pero para humanos. Porque nadie entra en un hospital como entra en un centro comercial, una oficina o una estación. Se entra con incertidumbre. A veces con miedo. Muchas veces con cansancio. Y casi siempre con la necesidad íntima de sentirse acompañado. Por eso, la humanización de los espacios sanitarios no puede quedarse en una palabra amable. Tiene que estar en el diseño, en la luz, en los materiales, en el silencio, en la orientación, en la temperatura, en los recorridos, en la privacidad y en la capacidad del edificio para no añadir más presión a quien ya llega vulnerable.

Un buen ejemplo de que la innovación y la humanización tratan de ser ejes fundamentales del diseño hospitalario es el New Velindre Cancer Centre en Cardiff (Gales), actualmente en su último año de construcción, liderada por nuestro grupo Sacyr, con un enfoque que prioriza la protección del entorno natural y la experiencia del paciente, incorporando luz natural y espacios abiertos incluso en áreas altamente tecnificadas, y trabajando con materiales naturales como piedra y madera. Todo lo anterior con el objetivo planteado por la autoridad sanitaria de Gales de buscar el mayor bienestar posible del paciente oncológico, contribuyendo a ello también a partir de una infraestructura más acogedora, natural y amigable. En lugar de bajar las salas de diagnóstico y tratamiento radiológico a sótanos oscuros y tristes, se han dejado en superficie, y así el paciente antes y después de entrar tiene la visión de un bosque natural muy cuidado que transmite calma y serenidad, y seguramente le ayudará a rebajar la angustia de esos momentos.

Durante mucho tiempo, hemos pensado que la infraestructura era el escenario de la asistencia sanitaria. Hoy sabemos que también forma parte de la asistencia. No diagnostica, no opera y no prescribe, pero puede aliviar o puede pesar. Puede ordenar o puede confundir. Puede dar serenidad o aumentar la ansiedad. Un hospital bien pensado no cura por sí solo, pero ayuda a que todo lo demás cure mejor.

Esa es, quizá, la reflexión menos explotada: la infraestructura sanitaria como soporte emocional continuo. El médico entra y sale. La enfermera acompaña en momentos clave. La familia hace lo que puede. Pero el edificio está siempre ahí. De día y de noche. En la espera, en la recuperación, en la incertidumbre y en el descanso. El espacio también habla. Y cuando está bien diseñado, dice algo muy poderoso: “usted importa”.

El progreso sanitario no vendrá solo de nuevos tratamientos, nuevas máquinas o nuevos algoritmos. Vendrá también de construir hospitales capaces de adaptarse, de anticiparse y de cuidar sin hacer ruido. Hospitales que usen la tecnología para simplificar la vida, no para complicarla. Hospitales que sean eficientes porque aprovechan bien los recursos, pero también porque entienden que el tiempo, la calma y la confianza del paciente tienen un valor enorme.

El futuro de las infraestructuras sanitarias no debería elegir entre inteligencia y humanidad. Debería unirlas. Porque un hospital verdaderamente moderno no es el que parece más avanzado, sino el que consigue que una persona, en un momento difícil, se sienta un poco menos sola.

Y eso, aunque no aparezca siempre en los planos, también es ingeniería. Una ingeniería al servicio del cuidado de las personas.

Por Domingo Jiménez Ortega, Director de Operaciones para Europa en Sacyr Concesiones