Desde que el neerlandés Peter Minuit trocara a los indios Lenape la isla de Manhattan por 24 míseras cuencas de cristal –con probabilidad la realidad será otra pero, como en los westerns, imprimamos la leyenda–, la Gran Manzana ha sido un gigantesco panal de miel irresistible para abejas y abejorros de toda condición… pero no siempre.
Entre finales de los 60 y finales de los 80, Nueva York fue una auténtica ciudad sin ley, un Fort Apache desbordado por la bancarrota y la corrupción policial e institucional, donde los edificios ardían por sus cinco barrios y en la que no se podía caminar ni, apenas, vivir. “Una zona de desastre en ruinas, plagada de delincuencia y llena de basura, donde nadie en su sano juicio querría vivir”, la describe Tim Lawrence en el prólogo del magnético I Hear Music in the Streets: New York 1969–89 (publicado por La Fábrica y editado por Guillermo M. Ferrando y Kind Projects), un libro que sobrevuela la podridísima Gotham de esos años para fijarse en las luciérnagas que la dieron brillo.

Porque, sí, estamos todos de acuerdo en que Nueva York era un sumidero, pero era un sumidero en lo alto de la colina, como clamaba Sinatra: puro caos creativo, donde pagando en sangre la comunidad gay hizo suyo el Village, Harlem vibraba más allá del Apolo y, como si fuera un cometa, Andy Warhol, omnipresente y omnipotente, refulgía al mismo tiempo en todos los lofts de Hell’s Kitchen.

Y todo está en este libro, estructurado en ocho capítulos –desde The Bronx Boys o Days of Disco hasta Love Is the Message, Black Is Beautiful y Our Latin Thing– y donde más de 50 fotógrafos (Arlene Gottfried, Peter Hujar, Martha Cooper, Bruce Davidson, Bill Bernstein, Meryl Meisler, Jamel Shabazz, Camilo José Vergara...) riffean en más de 150 fotografías un Nueva York irresistiblemente feo, perdido en el tiempo como las civilizaciones del Éufrates, y del que rezumaba la mejor música, ya fuera atronando una sala en la noche infinita o saliendo de un trompetista saludando al Hudson.
Subculturas, comunidades, pistas de baile, antros, bodegas… hitos de un libro hipnótico que nos teletransporta del Bronx al Studio 54 y sirve de guía en un viaje por la banda sonora y vital de la Gran Manzana más sucia de la Historia: el más seductor cruce de caminos que Robert Johnson, y el diablo con él, hubieran conocido jamás.

