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Guerra, ruinas y selfies: por qué el tanatoturismo se ha convertido en un mercado global que mueve millones

Bajo esta categoría entran visitas a museos conmemorativos, antiguos campos de concentración, zonas de catástrofes naturales, escenarios de atentados, cárceles emblemáticas, ciudades fantasma y países recientemente salidos de conflictos armados.

Una persona sostiene un dosímetro de radiación en una visita guiada a Chernóbil. (Getty Images)

Durante décadas, el turismo vendió evasión: playas, museos, gastronomía, descanso. Sin embargo, una parte creciente del mercado viaja hoy por razones opuestas. Busca escenarios de destrucción, violencia, tragedia y muerte. Desde campos de batalla activos hasta prisiones abandonadas, zonas de desastre nuclear o ciudades devastadas por la guerra, el llamado turismo oscuro se ha consolidado como uno de los nichos más controvertidos y rentables de la industria turística global.

Probablemente ya habíamos abordado este tema de forma similar en un artículo anterior; desde entonces, sin embargo, este mercado no solo ha crecido, sino que se estima que seguirá expandiéndose en los próximos años.

Según estimaciones de firmas de investigación de mercado (como Global Industry Analysts), el turismo oscuro mueve actualmente alrededor de 35.000 millones de dólares anuales y podría superar los 40.000 millones antes de 2030, impulsado por una demanda sostenida y por la ampliación constante de destinos. Bajo esta categoría entran visitas a museos conmemorativos, antiguos campos de concentración, zonas de catástrofes naturales, escenarios de atentados, cárceles emblemáticas, ciudades fantasma y países recientemente salidos de conflictos armados.

No se trata de un fenómeno marginal. Sitios como el memorial del 11-S en Nueva York, Auschwitz-Birkenau en Polonia, Chernóbil en Ucrania o los campos de batalla históricos de Europa reciben millones de visitantes cada año. Antes de la pandemia y de la guerra en Ucrania, la zona de exclusión de Chernóbil alcanzó un récord de más de 120.000 visitantes anuales, demostrando que incluso lugares asociados al riesgo radiológico pueden convertirse en productos turísticos consolidados.

Este fenómeno parece desarrollarse porque la sociedad expone cada vez con mayor crudeza las atrocidades y los conflictos en curso. Desde esta perspectiva, las redes sociales han normalizado la barbarie a la que asistimos a diario, empujando a muchos viajeros a optar por un turismo anclado en una actualidad tan inmediata como macabra.

Guerra, ruinas y curiosidad: por qué atrae lo macabro

El atractivo del turismo oscuro responde a múltiples factores. Uno es psicológico: la necesidad de dar testimonio, de estar físicamente en lugares que durante años solo existieron en titulares, imágenes de archivo o redes sociales. Otro es generacional. Plataformas como Instagram, TikTok y YouTube han transformado la forma en que se consume el viaje: la experiencia extrema, inédita o transgresora tiene mayor valor narrativo que unas vacaciones convencionales.

De acuerdo con datos del sector, casi el 60% de los viajeros de la Generación Z elige destinos influido por redes sociales, y cerca de la mitad reconoce inspirarse directamente en creadores de contenido. En ese ecosistema, los escenarios de guerra o destrucción ofrecen algo escaso en el turismo tradicional: impacto visual, exclusividad y una narrativa potente.

El resultado es un flujo creciente de visitantes hacia países que, hasta hace poco, estaban completamente fuera del radar turístico. Afganistán, Irak, Ucrania, Siria o Sudán del Sur aparecen hoy en catálogos especializados. Empresas privadas ofrecen paquetes a lugares “que tu madre preferiría que evitaras”, capitalizando una demanda dispuesta a pagar más por experiencias consideradas extremas.

El negocio detrás del riesgo

A diferencia del turismo convencional, el turismo oscuro opera con costes más bajos y márgenes elevados. La infraestructura suele ser mínima, la regulación escasa y la intermediación flexible. Guías locales, traductores, conductores y pequeños operadores informales capturan ingresos directos en economías devastadas por la guerra o las sanciones internacionales.

En algunos casos, un tour privado por zonas de conflicto puede costar entre 100 y 300 dólares por día, sin incluir “permisos” informales para acceder a prisiones, bases militares abandonadas o áreas restringidas. Para los operadores locales, se trata de una fuente de ingresos difícil de reemplazar; para los visitantes, de una experiencia que combina riesgo, exclusividad y relato personal.

¿Memoria histórica o espectáculo?

El turismo oscuro no es nuevo. La cuestión que este fenómeno nos obliga a plantearnos es si este tipo de turismo puede aportar un valor real o si se limita a una lógica meramente especulativa. Conocer de primera mano la realidad de territorios complejos puede ser un primer paso para interesarse por su historia, su presente e incluso por la geopolítica que los atraviesa. Sin embargo, como ocurre en muchos ámbitos, la línea es extremadamente fina: el reverso de esta tendencia lo encarnan turistas que, móvil en mano, fotografían y comparten historias en lugares donde el sufrimiento sigue siendo una herida abierta. El riesgo es convertir estos escenarios en un zoológico de experiencias macabras, en el que no siempre los espectadores son bienvenidos.

Aquí surge la controversia: ¿se trata de una forma legítima de educación histórica o de una banalización del sufrimiento ajeno? Los defensores argumentan que visitar estos lugares fomenta la comprensión del pasado y evita el olvido. Los críticos señalan la creciente presencia de selfis, escenificaciones y contenidos virales que convierten la tragedia en entretenimiento.

Todo indica que el turismo oscuro seguirá expandiéndose. Los conflictos armados, lejos de desaparecer, se multiplican; las redes sociales amplifican su visibilidad; y una generación de viajeros busca experiencias con carga emocional, política o existencial. Para la industria, el desafío será equilibrar rentabilidad, ética y seguridad.

Lo que está claro es que el turismo del horror ya no es una anomalía. Es un segmento estructural del mercado global, con incentivos económicos claros y una demanda en aumento. Y, como ocurre con todo fenómeno de masas, dice tanto sobre los lugares visitados como sobre quienes deciden visitarlos.

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