No recuerdo su nombre, solo sé que siempre vestía de negro y tenía unas gafas enormes. Tendría dos o tres años más que yo, lo que con 14 o 15 primaveras provoca cierto respeto, y su conversación era parca y ausente. Nunca fuimos amigos, ya que tenía una desagradable costumbre que jamás entendí, colocarse a mi lado, demasiado cerca, mientras jugaba al Tetris en los recreativos de mi pueblo, expulsando lentamente el humo de sus cigarros hacia la pantalla si tenía suerte y, en ocasiones, directamente en mi cara, mientras formaba extraños aros de todos los tamaños.
Una y otra vez le pedía que, por favor, se apartara, que me dejara jugar tranquila, pero su respuesta, sábado tras sábado, era la misma: “Si te molesta, te vas”.
Nunca supe si aquella era su peculiar forma de ligar o si simplemente se trababa de demostración de la normalidad con la que una generación entera creyó que fumar daba derecho a invadir el espacio de los demás, pero terminé poniéndole un apodo por el que lo recuerdo y que desdibujó su nombre para siempre: el fumador.
Aquel chico resume bastante bien una época. Quienes hoy rondamos los cuarenta y tantos largos crecimos respirando el humo de otros como si fuera parte del mobiliario urbano. Nos fumaban en los bares, en las cafeterías, en las universidades y en las oficinas. Nos fumaban en las redacciones de los periódicos, donde el ambiente era tan denso que costaba distinguir si aquello era una reunión de trabajo o una escena de una película ambientada en el Londres victoriano. Nos fumaban incluso los médicos y los dentistas. Hoy resulta casi imposible de creer, pero hubo un tiempo en el que un profesional sanitario podía atenderte con las manos impregnadas de olor a tabaco, mientras el cenicero seguía humeando sobre la mesa, y te instaba a abrir mucho la boca.
En casa tampoco era diferente. Mi padre no bajaba de las dos cajetillas diarias. Normalizamos las cortinas amarillas, el baño apestando a pitillo y los ceniceros y mecheros copando cada habitación. El olor formaba parte de nuestra ropa, de nuestro pelo, de los sofás, del coche y de la memoria. Como macabro recuerdo de aquellos años, un cáncer terminó arrebatándonoslo demasiado pronto. El problema no solo fue y ha sido higiénico, sino también sanitario, y este es un grito que ya no nos callamos.
Por eso, cuando alguien intenta revestir el tabaco de glamour, rebeldía o sofisticación, me resulta imposible compartir esa mirada. Nunca lo he hecho.
No sé si fumar produce placer, pero sí sé que mata. Y sé también que, durante décadas, quienes no padecíamos este hábito tuvimos que adaptarnos y someternos al resto. Si alguien te molestaba con su pitillo te cambiabas de mesa o te pasabas a la parte de delante del autobús o del avión. Si se te irritaban los ojos abrías una ventana. Si alguien quería fumar en tu casa te sentías obligado a permitirlo. El problema era tuyo porque era lo que había; lo “normal”.
Hasta nuestras noches de fiesta tenían un peaje. Mis brazos siguen conservando pequeñas cicatrices de quemaduras de aquella época en la que bailar entre cigarrillos encendidos era casi un deporte de riesgo que nos llevaba a esquivar las brasas encendidas como si fuéramos personajes de Matrix. Era el mundo al revés y lo aceptábamos.
Hoy hemos cambiado el cigarrillo por un vapeador de colores y sabores dulzones. Cambia el envoltorio, pero la discusión sigue siendo exactamente la misma. Por eso celebro que, de vez en cuando, se articulen leyes dispuestas a poner el interés colectivo por encima de las costumbres adquiridas. Y es preciso porque, todavía hoy, hay quienes exhiben sus canutos en playas o parques, aunque jueguen cerca niños, los que enarbolan sus pitillos en conciertos o estadios, esos que esconden sus vapeadores en locales de todo tipo, los que venden a menores o los que te estropean una velada deliciosa en cualquier chiringuito porque en las terrazas está permitido hacerlo. Así que, si se les corta el grifo a todos ellos, sin sesgo, les aseguro que aplaudiré la medida. Nos merecemos cerrar el círculo y ser, por una vez, los respetados.
No se trata de perseguir al fumador, sino de proteger de forma eficiente y real a los que no lo somos. Cortar el cordón y apagar la mecha.
Durante demasiados años se ha entendido que quienes no queríamos respirar sus efluvios éramos quienes debíamos marcharnos. Que la incomodidad pertenecía siempre al mismo lado y ya es hora de invertir esa lógica.
La libertad individual termina donde empieza la salud de los demás. Y respirar aire limpio no debería ser un privilegio, sino la opción por defecto.
Quizá dentro de unos años las nuevas generaciones escuchen que antes se fumaba en hospitales, en oficinas, en aviones o en restaurantes con la misma incredulidad con la que hoy escuchan que hubo un tiempo sin cinturones de seguridad. Ojalá. Porque algunas costumbres desaparecen cuando entendemos, por fin, que no eran una tradición, sino un problema, y porque quién sabe, quizá si hubiéramos aprendido todo esto unas décadas antes, hoy mi padre seguiría aquí para leer este artículo, llamarme por teléfono, sonreír y llamarme demagoga entre risas.

