Mis primaveras siempre han olido a hierba recién cortada, a libertad, a consciencia o a inconsciencia, pero a sol amable, a tierra y a esa sensación placentera de que el mundo se puede parar, aunque sea solo por unos minutos. No importa si tengo ocho años y juego en el patio del colegio, 15 y me acuna desde el césped del instituto, 22 y me descubre asustada en el patio de la universidad porque no sé qué ocurrirá en un futuro que se muestra incierto, o 30 y me descalza en algún bar con la arena como alfombra. Mis primaveras han sido siempre de colores, aromáticas y descubridoras. Este año me ha abrazado de repente para despertarme del letargo de un invierno demasiado largo, demasiado oscuro y especialmente frío, y ha entrado en mi vida como un elefante en una cacharrería: con ruido, alegría y sorpresa.
Hoy, esta primavera que ya es certera, me ha pillado escribiendo bajo el sol y me ha invitado a cerrar los ojos, a abrir los oídos y a sonreír. Me ha susurrado lo bonito que es este 23 de abril, Día de Castilla y León, mi cuna y tierra, pero también de Cataluña, con un Sant Jordi que se celebra con dulzura en mi hogar, sembrando sus calles con aroma a libros, a flores y a complicidad. Esta primavera me ha sacudido para recordarme la suerte que tengo por seguir recibiéndola con la inocencia de quien es capaz de sorprenderse por cada cosa hermosa, de quien dedica sus días a lo que ama y de quien tiene un compañero de aventuras que la abraza cuando lo precisa.
Desde que vivo en Ibiza y ya troto por estas tierras la mitad de mis días, la primavera comienza aquí, porque las plazas principales de todos sus pueblos se llenan de puestos y de libreros, una de las profesiones más bellas y denostadas que existen, de escritores dispuestos a convertir lo más valioso en un auténtico tesoro al rubricarlo con sus firmas y de floristas que cierran este círculo con rosas rojas y tersas. Todo se viste de familias al completo, de curiosos, amigos o parejas que buscan qué leer o qué regalar, y no hay presente más increíble y enriquecedor que una novela, un ensayo o unos versos cosidos a letras. Hoy no hay gente alienada cruzando las calles con un teléfono móvil pegado a las manos y a los ojos, sino personas felices con diferentes obras que devorar bajo el brazo.
Mi primavera ha llegado hoy, y no saben qué falta me hacía. Me ha vestido de optimismo, de esperanza y de alegría. Me ha recordado que no pasa nada por parar diez minutos y dejarse bañar por la luz del sol mientras los pájaros y la brisa aletean al otro lado de la terraza. Me ha obligado a salir a andar muy temprano, para respirar la brisa del mar sin hacer fotos, con la única compañía de mis perras, de la arena y del silencio, de esa música que apenas se escucha y que tanto nos llena. Mi primavera me ha recordado que la niña, la adolescente y la mujer que fui se imaginaban a sí mismas tal día como hoy siendo las protagonistas tras las portadas, con una faja ilustrada con su mejor foto y una densa biografía relatando sus títulos, y que lo han logrado.
Qué suerte haber podido dar vida a cinco libros y salir a comprar otros tantos en esta jornada en la que la primavera nos susurra que todavía nos queda un bastión donde refugiarnos y donde escondernos en los días de lluvia. Una forma de viajar, de llorar cuando lo necesitamos, de reír hasta que nos duela la tripa y de aprender de otros mundos y de otras vidas. Qué suerte que exista un día en el que los enamorados de las letras salimos a la calle y la vemos empapelada de sueños con tapa dura o blanda y en el que los libros vencidos, como aquellos Comuneros de Castilla a los que también rendimos tributo, nos recuerdan que solo pierden aquellos a los que se olvida. Hoy vamos a leer sus gestas, para no olvidarnos nunca de que todavía nos quedan muchas primaveras.
*Montse Monsalve reside en Ibiza, es periodista y socia fundadora de la agencia Imam Comunicación.

