Resulta extraño cómo una enfermedad se convierte en cotidianidad. Cómo visitar un hospital es parte de tu rutina. Cómo sacar la tarjeta de crédito para pagar por mantenerte sana y con futuro resulta igual de intuitivo que hacer la compra. Igual de cotidiano y bizarro es ver cómo cada vez somos más las niñas a las que un cáncer de mama las atraviesa para obligarlas a crecer. Un bofetón que sacude todos los cimientos de lo que entendías por normalidad.
Hace más de cinco años pisé por primera vez el Hospital MD Anderson Cancer Center, quedándome con el título de «paciente más joven a los 22 años», algo que me cuesta creer ahora mismo al recibir continuamente mensajes por rr.ss. de chicas más jóvenes de lo que fui entonces. Si se hace caso a los estudios y datos recopilados por American Cancer Society o la Sociedad Española de Oncología Médica, todas esas jóvenes adultas menores de 30 años representan menos del 1% (aproximadamente entre el 0.4% y el 0.6%) de todos los casos de cáncer de mama. «Hasta para esto tenías que ser especial», fueron las palabras de mi abuela al contarle que el tipo de tumor que habían localizado se caracterizaba por una rareza y agresividad que no se veía todos los días, no se trataba todos los días, no se conocía. Explicar qué es un triple negativo sigue siendo todo un reto, no solo para una mortal de a pie, sino para los propios expertos. Resumidamente, es la variante más atípica y compleja del cáncer de mama, un subtipo que no responde a los tratamientos hormonales convencionales y que exige ir por la vía rápida de la quimioterapia e inmunoterapia. Es el tumor que desmonta las estadísticas de edad y el que obliga a la ciencia a investigar con mayor urgencia. Una urgencia que solo me dio una sola oportunidad de tratamiento y fe. Mucha fe.
La enfermedad no entiende de edad y eso es algo que en mi casa aprendimos a la fuerza. A su vez aprendí que sentirse sola es posible a pesar de estar rodeada de seres queridos. Es complejo poner con palabras lo que ocurre dentro de ti cuando tienes cáncer de mama, sobre todo cuando eres ese bicho raro de 22 años. Las miradas, comentarios inundados de lástima y el estar obligada a frenar y parar una vida que apenas comenzaba, se convierten en una lucha interna de odio hacia la vida y esperanza por vivir. Y aunque cuesta, te obligas a seguir porque no tienes alternativa, y es ahí donde te das cuenta de que a veces los planes por muy truncados que estén, pueden salir bien.
Aunque han pasado casi seis años desde que me diagnosticaron, sigo odiando el día contra el cáncer de mama, sobre todo al ver cómo ciertas marcas se apropian de una enfermedad tiñéndola de rosa, promocionando segundos de ayuda a la investigación a través de compresas (las cuales, por cierto, dejan de ser útiles para las pacientes al perder su periodo), carreras y camisetas con descuentos. No se escucha. No nos ven. No nos dan espacio y voz. Según la AECC se han diagnosticado 38.000 nuevos casos de cáncer de mama en España este año, y se estima que la prevalencia (mujeres que han sido diagnosticadas, conviven con ello o están en seguimiento) supera las 168.000 a más de 500.000 personas. Casi 40.000 mujeres repletas de preguntas sin respuesta y con la necesidad de entender por qué a ellas, reciben mensajes comerciales que les dicen que el cáncer no es tan malo y que el rosa es el color que mejor les sienta. No se puede infantilizar una enfermedad que se cobra una media de 6.513 muertes al año. No es un problema de mujeres. Es una epidemia que arrasa, que destroza todo lo que conoces y que poco a poco va ganando terreno entre mujeres menores de 40 años, representando el 5% y el 7% de los diagnósticos en España. El cáncer de mama rompió mi versión de 22 años, sin saber si algún día recuperaría mi vida de antes, si se congelaría o si podría reconstruirla. Por el momento tengo los andamios y ladrillos a la mitad.

