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¿Son necesarias las precuelas y secuelas de todas las películas?

Hollywood lleva años contando historias habían llegado a su final. Ahora, 25 años después, llega el estreno de Elle, la precuela de Legalmente rubia.

Lexi Minetree como Elle Woods en "Elle". Jessica Brooks/Prime Video. Fotografía: Forbes USA.

Hubo un tiempo en el que las películas tenían un principio y un final claro, y ahí terminaba su historia. Hoy, sin embargo, parece que ningún éxito de taquilla está realmente acabado. Si una saga funcionó hace veinte o treinta años, las posibilidades de que vuelva a la pantalla en forma de secuela, precuela o spin-off son cada vez mayores. El último ejemplo llega con Elle, la nueva precuela de Legalmente rubia, estrenada el pasado 1 de julio en Prime Video, que vuelve a abrir una pregunta que cada vez es más común: ¿es necesario contar el antes o el después de todas las historias?

Veinticinco años después de que Reese Witherspoon (Luisiana, Estados Unidos, 50 años) convirtiera a Elle Woods en uno de los personajes más icónicos de la comedia romántica, Amazon MGM Studios ha decidido viajar atrás en el tiempo para mostrar cómo era la protagonista antes de llegar a Harvard. Ambientada en 1995, la serie presenta a una Elle de 16 años, interpretada por Lexi Minetree (Georgia, Estados Unidos, 25 años), cuya vida cambia por completo cuando su familia abandona Bel-Air para instalarse en la lluviosa Seattle.

Sobre el papel, la idea parecía tener sentido. Legalmente rubia fue un fenómeno cultural que dio lugar a una secuela, un musical de Broadway y una tercera película que continúa en desarrollo. Comercialmente, ampliar ese universo parecía casi inevitable. Sin embargo, la gran duda no estaba en si la franquicia seguía teniendo tirón, sino en si realmente quedaba algo nuevo por contar.

Y es precisamente ahí donde llegan las principales críticas. La serie vuelve a situar a Elle como una joven juzgada por su aspecto, obligada a demostrar que detrás de su ropa rosa hay mucho más de lo que el resto imagina. El problema es que ese recorrido emocional es prácticamente el mismo que ya vivía años después en Harvard durante la película original. Lo que entonces suponía una evolución natural del personaje ahora se convierte en una historia que, para muchos espectadores, simplemente se repite.

Eso no significa que todo juegue en su contra. La interpretación de Lexi Minetree ha sido uno de los aspectos más elogiados de la serie. Su parecido con Reese Witherspoon y la facilidad con la que reproduce la esencia de Elle Woods hacen que el personaje siga funcionando. De hecho, Prime Video ya ha confirmado una segunda temporada, demostrando que el interés por la franquicia continúa intacto.

Pero Elle no está sola. En los últimos años, Hollywood parece haber encontrado en la nostalgia uno de sus mayores activos, ha convertido la vuelta de los grandes éxitos en una de sus fórmulas más recurrentes.

Este mismo año ha llegado El diablo viste de Prada 2, una continuación que nadie esperaba dos décadas después del estreno de la primera película. La secuela recupera el universo de Miranda Priestly y Andy Sachs, aunque adaptándolo a una industria de la moda completamente distinta, marcada ahora por las redes sociales, la inteligencia artificial y la transformación digital. El contexto ha cambiado y la historia también, pero para muchos espectadores la fuerza de la película original residía precisamente en ese retrato irónico y exagerado de una redacción de moda, algo difícil de reproducir veinte años después.

Algo parecido ocurrió con Gladiator II. Veinticuatro años después de que Russell Crowe (Wellington, Nueva Zelanda, 62 años) protagonizara una de las películas más recordadas del cine histórico, Ridley Scott decidió regresar al Imperio Romano con una nueva historia centrada en Lucio, el hijo de Lucila. La secuela despertó una enorme expectación desde su anuncio, aunque también reabrió el debate sobre si algunas historias funcionan precisamente porque saben cuándo terminar.

Y los ejemplos no terminan ahí. Top Gun: Maverick devolvió a Tom Cruise a los cielos 36 años después; Beetlejuice Beetlejuice recuperó el universo de Tim Burton más de tres décadas después de la original; Ghostbusters: Afterlife rescató a los cazafantasmas desde una nueva generación; mientras que sagas como Jurassic World o Los juegos del hambre, con La balada de pájaros cantores y serpientes, han seguido ampliando universos que parecían cerrados.

La lógica detrás de estas producciones es evidente. Apostar por un título conocido reduce el riesgo económico, garantiza un público que ya siente nostalgia por esos personajes y convierte cada estreno en un acontecimiento casi asegurado. Pero esa estrategia también tiene un precio. Cuanto mayor es la distancia entre una película y su continuación, más difícil resulta mantener la esencia que convirtió a la historia original en un éxito.

Porque no todas las secuelas son innecesarias ni todas las precuelas sobran. Algunas consiguen ampliar el universo y aportar nuevas perspectivas; otras, simplemente vuelven sobre un relato que ya estaba completo. Quizá la cuestión no sea si Hollywood puede seguir recuperando viejas historias, sino si realmente todas ellas necesitan volver a contarse.