Hablar con Ujué Fresán (Navarra, 1987) es hacerlo con una de las voces más prometedoras de la investigación científica española. Nacida en Carcastillo, es licenciada en Farmacia, máster en Salud Pública y doctora en Biomedicina, ha construido una trayectoria que conecta tres de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la alimentación, la salud y la sostenibilidad. Su trabajo se mueve en ese territorio donde la ciencia deja de ser una disciplina abstracta para convertirse en una herramienta capaz de transformar la vida cotidiana y la forma en que nos relacionamos con el planeta.
Tras pasar por instituciones de referencia en España y Estados Unidos, entre ellas la Universidad de Navarra, el Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra, el Instituto de Salud Global de Barcelona y la Loma Linda University de California, Fresán desarrolla actualmente su labor investigadora en el IRTA, donde lidera el proyecto SALTA. Su objetivo es tan ambicioso como necesario: crear una métrica capaz de evaluar simultáneamente el valor nutricional de los alimentos y su impacto ambiental, sentando las bases para un futuro sistema de etiquetado que permita tomar decisiones más saludables y sostenibles.
Ese enfoque innovador le ha valido recientemente, junto a cuatro investigadoras más, uno de los prestigiosos premios del programa L’Oréal-UNESCO For Women in Science, un reconocimiento que distingue a jóvenes investigadoras cuyos proyectos contribuyen a afrontar algunos de los mayores retos sociales y medioambientales de nuestro tiempo. Pero más allá de los galardones, lo que define a Ujué Fresán es una mirada científica que entiende que la salud humana y la salud del planeta forman parte de una misma ecuación.

En un momento en el que la ciencia necesita respuestas urgentes para desafíos globales, ¿cree que incorporar más voces femeninas cambia también la manera de investigar?
Totalmente. Creo firmemente que la incorporación de más voces femeninas permite construir una ciencia más plural y representativa. Durante mucho tiempo, la ciencia se ha desarrollado desde una mirada predominantemente masculina, lo que ha influido no solo en quién investiga, sino también en qué preguntas se consideran relevantes y cómo se interpretan los problemas.
Incorporar más mujeres no es solo corregir un desequilibrio en el panorama laboral de la ciencia, sino ampliar perspectivas. Esto resulta especialmente importante ante grandes desafíos globales, donde las realidades son complejas y diversas. De hecho, en ámbitos como el cambio climático o la alimentación, las mujeres son uno de los colectivos que se ven más afectados, y sin embargo sus experiencias y necesidades no siempre han estado en el centro de la investigación.
Integrar estas voces permite hacer una ciencia más completa, identificar mejor los problemas y diseñar soluciones más justas y efectivas. En ese sentido, no se trata solo de igualdad en la participación, sino de mejorar la calidad y la relevancia de la propia ciencia.
Forma parte de una generación de científicas con una trayectoria internacional y multidisciplinar. ¿Ha sentido que todavía existe una diferencia de reconocimiento entre hombres y mujeres en el ámbito científico?
Efectivamente, el mérito de las mujeres ha sido históricamente menos visible o menos valorado, lo que ha tenido un efecto acumulativo. Aunque las diferencias en el reconocimiento científico se están reduciendo progresivamente, creo que todavía existen. No siempre se manifiestan de forma explícita, pero sí en aspectos como la visibilidad, el acceso a posiciones de liderazgo o el reconocimiento del trabajo científico. Además, persisten dinámicas no solo laborales sino también sociales que hacen que las trayectorias no sean completamente comparables; por ejemplo, en lo que se refiere a la conciliación familiar, que sigue recayendo de forma desigual entre hombres y mujeres y puede limitar que ellas desarrollen su potencial en igualdad de condiciones.
Dicho esto, también hay una mayor conciencia y un esfuerzo creciente por corregir estas desigualdades, tanto a nivel institucional como dentro de la propia comunidad científica. Mi generación, en particular, se beneficia de este cambio, pero también tiene la responsabilidad de seguir impulsándolo. El objetivo es claro: conseguir un sistema científico donde el reconocimiento dependa únicamente de la calidad y el impacto del trabajo, independientemente del género.
La iniciativa For Women in Science pone el foco no solo en la excelencia, sino también en la visibilidad. ¿Por qué sigue siendo importante hacer visibles a las mujeres científicas en 2026?
El talento femenino en ciencia está ahí, pero incluso en 2026 no siempre cuenta con la misma visibilidad. Y esta visibilidad es clave no solo como forma de reconocimiento a nivel individual, sino también como referencia y oportunidad. Las mujeres científicas han estado históricamente infrarrepresentadas en los espacios más visibles, lo que ha contribuido a perpetuar la idea de que la ciencia tiene un perfil determinado, principalmente masculino. Dar visibilidad a la excelencia de las mujeres científicas ayuda a romper esos estereotipos y a generar referentes para las nuevas generaciones. Es fundamental que niñas y jóvenes puedan verse reflejadas y entender que ellas también pueden formar parte de estos espacios.
Por todo ello, en 2026, seguir impulsando la visibilidad de las mujeres científicas es, como antes comentábamos, una forma de acelerar un cambio necesario y de mejorar la equidad, la calidad y el impacto de la ciencia.
Su trabajo une salud, sostenibilidad y alimentación, tres áreas especialmente conectadas con el futuro. ¿Cuál diría que es hoy la gran conversación científica que todavía no estamos teniendo suficiente?
La humanidad se enfrenta a uno de los mayores retos de su historia: alimentar a una población creciente, de manera saludable y justa, con unos recursos naturales finitos. Esto pone de manifiesto el vínculo directo entre alimentación, salud y sostenibilidad. Y, como sociedad, parece que no somos plenamente conscientes de la magnitud de este desafío.
Durante mucho tiempo, estas dimensiones se han abordado de forma relativamente separada: por un lado, la nutrición centrada en la salud; por otro, el impacto ambiental de los sistemas alimentarios; y, en paralelo, los aspectos sociales y económicos. Sin embargo, aunque cada vez reciben más atención, una de las grandes conversaciones que aún no estamos teniendo con suficiente profundidad es cómo integrar de manera real la salud humana con la sostenibilidad ambiental y social en el estudio de la alimentación, porque no son dimensiones independientes, sino interdependientes.
El reto es avanzar, mediante una ciencia interdisciplinar y multidisciplinar, hacia enfoques más integradores que consideren la alimentación como un sistema complejo, donde las decisiones alimentarias afectan simultáneamente a la salud, al medioambiente y a la sociedad. Esto implica ir más allá de métricas aisladas y desarrollar marcos que reflejen realmente estas interconexiones. Sin olvidar, además, la aplicabilidad: cómo traducimos la evidencia científica en recomendaciones claras, en políticas públicas efectivas y en entornos alimentarios que faciliten elecciones más saludables y sostenibles. La ciencia debe ser, en este sentido, una palanca de cambio y la base sobre la que construir las acciones que se promuevan.
Este es, probablemente, uno de los grandes retos científicos —y por supuesto también sociales— que tenemos por delante, íntimamente ligado a un derecho básico: una alimentación saludable. Y es precisamente a ello, consciente de la trascendencia de esta interconexión, a lo que dedico mi trayectoria científica.
Ha colaborado con instituciones como la OMS o la AESAN. ¿Qué ha aprendido sobre el impacto real que puede tener la ciencia cuando sale del laboratorio y llega a las políticas públicas?
La experiencia de colaborar con instituciones como la OMS o la AESAN me ha permitido ser consciente del enorme potencial transformador de la ciencia cuando logra salir del ámbito académico y conectarse con la toma de decisiones. Pero también que ese paso no es automático.
Para que la ciencia tenga un impacto real en las políticas públicas no basta con generar evidencia rigurosa; es fundamental que esa evidencia sea pertinente, comprensible y aplicable. Es decir, que responda a preguntas y necesidades concretas, que esté bien contextualizada, que se evalúen las posibles consecuencias en otros ámbitos más allá del objeto de estudio, y que se traduzca en herramientas útiles para quienes diseñan e implementan políticas.
En este sentido, soy consciente de la importancia del diálogo entre ciencia y política. No se trata de trasladar resultados de forma unidireccional, sino de construir conocimiento teniendo en cuenta las necesidades reales, los condicionantes sociales y las limitaciones del contexto. En el ámbito de la alimentación, esto es especialmente evidente: sabemos cada vez más qué constituye una dieta saludable y sostenible, pero el gran reto en política es convertir ese conocimiento en recomendaciones efectivas y en entornos que faciliten elecciones alimentarias sostenibles a nivel poblacional.
En definitiva, cuando la ciencia se integra en el proceso de toma de decisiones, su impacto puede ser enorme. Pero para ello necesita no solo ser excelente, sino avanzar hacia una verdadera ciencia con impacto: una ciencia relevante, accesible y orientada a la acción.
Muchas veces se habla de ciencia como algo puramente racional, pero detrás también hay intuición, creatividad y visión. ¿Cómo conviven esas partes en su trabajo diario?
Es evidente que la ciencia es profundamente racional, pero no es exclusivamente así, como bien apuntas. En mi trabajo diario, la visión, la intuición y la creatividad son fundamentales, especialmente en las primeras fases, cuando formulamos preguntas, conectamos ideas o exploramos nuevas formas de abordar un problema.
Muchas veces, identificar qué preguntas deben priorizarse ya requiere una cierta visión sobre los desafíos más relevantes o urgentes en un área de investigación. También implica intuición científica, que se desarrolla con la experiencia y el conocimiento acumulado. Y, por supuesto, la creatividad —es decir, la capacidad de salir de los enfoques tradicionales— es clave para integrar disciplinas, desarrollar nuevos planteamientos y ampliar cómo entendemos los problemas.
Después entra la parte más rigurosa: contrastar esas ideas con datos, validarlas y someterlas al método científico. Pero sin esa intuición inicial y sin una visión más amplia, es difícil avanzar hacia nuevas formas de conocimiento.
Para mí, ambas características no solo conviven, sino que se necesitan. La parte racional da solidez a la ciencia, pero la intuición, la creatividad y la visión son las que muchas veces permiten dar el paso hacia adelante.
La sostenibilidad suele asociarse a sacrificio, pero su investigación propone otra mirada más ligada a la innovación y la salud. ¿Cree que estamos entrando en una nueva forma de entender el bienestar?
Es cierto que la sostenibilidad se asocia frecuentemente a la idea de renuncia o sacrificio, pero no tiene por qué ser así. En el ámbito de la alimentación en el que yo trabajo, por ejemplo, es importante desmontar la idea de que las dietas sostenibles implican perder el disfrute de la comida o renunciar a su dimensión cultural y social. La alimentación no es solo nutrición: también es placer, identidad y convivencia. No se trata de eliminar ese valor, sino de integrarlo en modelos que sean respetuosos con la salud, el medioambiente y la sociedad. Lejos de suponer un sacrificio, se trata de avanzar hacia una forma de bienestar más completa, tanto a nivel individual como colectivo.
Creo que el cambio de paradigma está precisamente en pasar de un enfoque restrictivo a uno más propositivo, donde la innovación, el conocimiento científico y la mejora de los sistemas alimentarios permiten construir modelos que favorecen tanto la salud de las personas como la del planeta. Se trata, en definitiva, de entender que adoptar patrones dietéticos más sostenibles no solo mejora nuestra calidad de vida, sino que también contribuye a garantizar un entorno que permita a las futuras generaciones vivir en un planeta habitable y en una sociedad más justa.
¿Tiene sentido hablar, entonces, de sacrificio?
Más bien estamos ante una oportunidad: la oportunidad de redefinir cómo comemos y contemplar el bienestar en un sentido mucho más integral.
Como investigadora, ¿le preocupa que el ritmo de las redes sociales y la sobreinformación estén debilitando la confianza en el conocimiento científico?
Lo que realmente me preocupa es la dificultad de muchos usuarios de redes sociales para distinguir entre fuentes fiables y aquellas que no lo son, especialmente cuando algunas voces con escasa base científica pueden ganar credibilidad o amplificación. En este contexto, es fundamental promover el pensamiento crítico para que la sociedad pueda interpretar la información de forma adecuada.
Pero al mismo tiempo hay que reconocer que las redes sociales son un escaparate extraordinario para acercar la ciencia a la sociedad, y de hecho contamos con excelentes ejemplos de divulgadoras y divulgadores científicos que están haciendo un trabajo riguroso y de gran impacto, como se ha reconocido recientemente en la lista de Forbes sobre divulgación en salud.
Las redes sociales no debilitan necesariamente la confianza en la ciencia; el desafío está en cómo utilizarlas para reforzarla. Si hoy son una de las principales vías para llegar a la población, la comunidad científica debe estar presente y participar de forma activa y responsable. La ciencia no está pensada para generar conocimiento que permanezca únicamente en el ámbito académico, sino para impulsar cambios en la sociedad, lo que implica también ser capaz de comunicarla de forma efectiva.
A menudo imaginamos a los científicos como figuras lejanas o inaccesibles. ¿Cree que hace falta construir nuevos referentes científicos más cercanos para las generaciones jóvenes?
Sí, sin duda. Durante mucho tiempo se ha proyectado una imagen de la ciencia como algo distante, asociada a perfiles poco accesibles o incluso difíciles de comprender, y eso puede alejar a las nuevas generaciones. Es fundamental construir referentes científicos más cercanos, diversos y reconocibles, no solo para despertar vocaciones, sino también para que la sociedad entienda que la ciencia forma parte de su vida cotidiana. Mostrar quiénes están detrás de la investigación, cómo trabajan y qué impacto tiene lo que hacen ayuda a humanizar la ciencia.
Además, contar con referentes diversos —en género, trayectorias o sensibilidades— es clave para que los más jóvenes puedan verse reflejados e imaginarse a sí mismos en ese camino. Se trata, en definitiva, de mostrar la ciencia tal y como es: detrás de los avances científicos hay personas diversas, lo que contribuye a hacerla más accesible y a fortalecer su conexión con la sociedad.
En ese sentido, generar estos nuevos referentes no es solo una cuestión de comunicación, sino también una forma de reforzar el vínculo entre ciencia y sociedad y de garantizar que el talento del futuro no se quede fuera por falta de identificación.
Si pudiera cambiar una sola cosa dentro del sistema científico actual para las mujeres que empiezan hoy sus carreras, ¿qué sería?
Me gustaría que ellas encontraran un sistema científico en el que cualquier persona pueda desarrollar su potencial y en el que el progreso dependa únicamente de la calidad y el impacto del trabajo científico, sin que su género ni ninguna otra característica personal condicionen su reconocimiento. Para ello, no solo debe evolucionar la ciencia, sino también la sociedad en su conjunto, ya que aún persisten desigualdades que dificultan que las mujeres desarrollen su carrera en igualdad de condiciones.
Pero, si me permites añadir otra reflexión, me gustaría hacer también un llamamiento a la necesidad de mayor estabilidad en el mundo de la investigación. La falta de estabilidad laboral sigue siendo uno de los grandes retos del sistema científico y una de las principales razones por las que se pierde talento. Avanzar en este aspecto es clave para construir carreras sostenibles y retener a quienes pueden aportar gran valor a la ciencia. En este contexto, también es importante señalar que las mujeres suelen verse más afectadas por esta falta de estabilidad, lo que profundiza aún más las desigualdades existentes.

