Laura Ponte (Vigo, 52 años) nunca ha necesitado volver porque, en realidad, nunca se fue.
Mientras la industria insiste en hablar de “regresos”, “segundas oportunidades” o “modelos maduras”, ella parece moverse en otra dirección completamente distinta: una donde las etiquetas importan poco y la libertad pesa mucho más que cualquier narrativa construida desde fuera. A sus 52 años, desfilar para Chanel, protagonizar campañas para Phoebe Philo o volver a ocupar el centro de la conversación en moda no se siente en ella como revancha ni como nostalgia. Se siente como continuidad. Como una mujer que jamás dejó de pertenecer a ese lugar aunque decidiera no vivir permanentemente bajo el foco.
Quizá por eso sigue resultando tan magnética. Porque Laura Ponte nunca encajó del todo en la idea clásica de supermodelo. Había belleza, sí, pero también algo más incómodo para la industria: una especie de independencia salvaje imposible de domesticar. Nunca terminó de parecer interesada en gustar demasiado. Ni en sostener un personaje. Ni en fingir perfección. Y en un momento donde casi todo parece cuidadosamente calculado, esa autenticidad tiene algo profundamente revolucionario.


Ahora, con su nueva colección para MÓ Multiópticas, esa conversación vuelve a aparecer de forma inevitable. Las gafas funcionan aquí casi como una metáfora perfecta: sirven para mirar, pero también para protegerse del exceso de mirada ajena. Porque pocas mujeres han vivido tan observadas –y al mismo tiempo tan alejadas del artificio– como Laura Ponte.
En esta entrevista habla de la edad, de la presión estética, de las versiones de sí misma que tuvo que desaprender y de esa liberación silenciosa que llega cuando una mujer deja de intentar encajar en expectativas que nunca le pertenecieron.
Y entonces entiendes algo. Que quizá el verdadero lujo hoy no sea la perfección. Sino conservar intacta la capacidad de seguir siendo una misma.
Usted ha dicho que no le interesa convertirse en símbolo de nada, pero hay mujeres que la miran hoy y sienten alivio. Como si ver su cara sin miedo, su edad sin disculpas y su manera de estar en el mundo les devolviera permiso para existir de otra forma. ¿Le pesa, le emociona o le incomoda convertirse en espejo de algo que nunca intentó representar?
Nunca he sentido demasiada comodidad con las etiquetas, porque cuando te convierten en símbolo, dejan de mirar a la persona. Pero también entiendo que hay algo profundamente humano en necesitar referencias. A mí me pasa constantemente.
Me emociona cuando ocurre desde un lugar real y no desde la proyección. Nadie debería pedir permiso para existir fuera de un molde.
La industria siempre ha intentado domesticar a las mujeres bellas: volverlas perfectas, silenciosas o previsibles. Sin embargo, en usted sigue habiendo algo indomable, incluso cuando está quieta. ¿Qué parte de Laura Ponte cree que jamás consiguió educar del todo el mundo?
Creo que se tolera mejor la belleza cuando es ordenada, previsible ,funcional, pero cuando una mujer conserva cierta independencia mental, cierta distancia respecto a lo que se espera de ella ,genera más incomodidad. Creo que nunca aprendí del todo a pertenecer. Ni siquiera a mis propias versiones.


La colección de Mó habla de mezcla: colores, formas, personalidades, estados de ánimo. Si usted tuviera que convertirse en uno de esos cócteles de La Cocktelería, ¿cuál sería la combinación exacta de ingredientes que la definen ahora mismo… y cuál sería el sabor que jamás soportaría en su vida?
Sería un cóctel con algo ahumado, un punto de picor y dulce . Antes, probablemente habría tenido más acidez, más impulso. Hay cosas que antes me atraían y hoy el cuerpo ya no quiere sostener igual. Con los años también aprendes eso, que no todo lo que te estimula te hace bien.
El sabor que jamás soportaría sería el artificial. Esa sensación de perfección fabricada, de entusiasmo obligatorio con una identidad demasiado calculada..
Las gafas tienen algo muy interesante: sirven para mirar, pero también para esconderse. Usted, que ha vivido décadas siendo observada, fotografiada y proyectada por los demás, ¿cree que alguna vez aprendió a mirar(se) sin el ruido de todas esas miradas encima?
Me ha llevado tiempo aprender a mirarme sin el ruido externo. Cuando pasas tantos años, siendo observada, acabas construyendo una imagen de ti también desde fuera. A veces confundimos ser vistos con existir.. y llega un momento en que entiendes que la mirada más difícil no es la de los demás, sino la propia cuando ya no tienes personaje, ni expectativa, ni defensa. Y ahí empieza la parte honesta más incómoda, pero también más libre.
Hay personas que envejecen intentando conservar quiénes fueron. Usted da la sensación contraria: la de alguien que cada año se parece más a sí misma. ¿Qué ha tenido que perder, romper o desaprender para llegar a esa libertad?
He tenido que desaprender la necesidad de sostener ciertas versiones de mí misma. La juventud, la idea de control, algunas formas de aprobación. No somos más libres automáticamente. Aparece cierta rigidez cuando tienes miedo a perder lo que conoces de ti mismo..
Cuando aceptas que no eres algo fijo, que puedes cambiar y no sentir traición, empiezas a sentir esa libertad. Y también cuando dejas de regalar tanta energía en gustar, convencer o encajar.

