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Barbra Streisand, Palma de Oro Honorífica en Cannes: la diva que convirtió su talento en un imperio delante y detrás de la cámara

Talento, ambición y convicción. La carrera de la artista que rompió todos los cánones de Hollywood será homenajeada en la alfombra roja francesa el próximo 23 de mayo.

Barbra Streisand (Brooklyn, 84 años) siempre ha demostrado tener una destacada voz propia. Y no únicamente sobre un escenario o frente a las cámaras, también de cara a la industria y a sus ideales. Con solo decir que a sus 18 años ya decidió eliminar una ‘a’ de su nombre para parecer más original, el resto ya es historia: sobre su carrera y su vida, la decisión era suya, de nadie más. Actriz, cantante, productora, directora y mujer con las ideas muy claras, se convirtió en una de las grandes divas de su tiempo, cuya ambición abrió las puertas a una mayor capacidad de decisión y poder por parte de los artistas y de las mujeres en un Hollywood en el que todavía no se había escuchado la palabra “no”. Ahora, el Festival de Cannes 2026 reconoce esa trayectoria excepcional con la Palma de Oro Honorífica.

Este premio resultar ser uno de los pocos que le faltan a la artista, ya que se suma a una colección casi imposible de igualar –dos Oscar, diez Grammy, Emmy y Tony– que la sitúa entre el reducido grupo de artistas con estatus EGOT y confirma su condición de figura irrepetible del cine, la música y la cultura popular. Siempre adelantada a su tiempo y nunca conforme con los cánones establecidos, Barbra llegó al mundo del entretenimiento para demostrar que ser singular y fiel a una misma es, al fin y al cabo, lo que te hace libre y exitosa.

Un talento de narices

Nacida en Brooklyn en 1942 en una familia judía de origen europeo, Barbara Joan Streisand creció marcada por la muerte temprana de su padre y por las dificultades económicas de una madre que tuvo que abandonar sus aspiraciones musicales para mantener el hogar. Aquella infancia de inseguridades, rechazo y escasez moldeó un carácter férreo. Tímida y constantemente juzgada por su aspecto físico, encontró refugio en el cine y en el teatro. Durante años se habló de la conveniencia de que se operara la nariz, un rasgo que se convirtió en tema recurrente en entrevistas y estudios fotográficos. Streisand se negó. Llegó a admitir que lo pensó de joven, pero terminó convirtiendo aquello que otros consideraban un defecto en una seña de identidad. Era una manera de demostrar que no pensaba adaptarse a los cánones establecidos para triunfar.

Su ascenso fue tan rápido como contundente. Tras actuar en clubes nocturnos de Nueva York y conquistar Broadway, Funny Girl la convirtió en estrella absoluta, primero en los escenarios y después en la gran pantalla, donde obtuvo el Oscar a mejor actriz en 1968 con apenas 26 años. Le siguieron títulos como Hello, Dolly!, ¿Qué pasa, doctor?, Tal como éramos o Ha nacido una estrella, película con la que ganó un segundo Oscar gracias a la canción Evergreen. Sin embargo, Streisand entendió pronto que el verdadero poder en Hollywood no estaba únicamente frente a la cámara. Mientras muchas actrices dependían de decisiones ajenas, ella comenzó a negociar contratos más ambiciosos, exigiendo control creativo, participación económica y capacidad de decisión sobre sus proyectos.

Yo actúo, yo canto: yo decido

Ese instinto empresarial terminó definiendo buena parte de su legado. En los años setenta impulsó sus propias estructuras de producción y trabajó a través de compañías como Barwood Films y First Artists, creada junto a figuras como Paul Newman y Sidney Poitier con el objetivo de proteger proyectos que los grandes estudios consideraban arriesgados. Mucho antes de que la expresión “control creativo” se convirtiera en moneda habitual en Hollywood, Streisand ya negociaba desde una posición de poder poco frecuente para una mujer. Sus especiales televisivos para CBS marcaron un precedente de autoría y demostraron que una artista podía intervenir en cada aspecto del producto final, desde la puesta en escena hasta la narrativa visual y la estrategia de distribución.

Ese control alcanzó su máxima expresión con Yentl (1983), proyecto que tardó más de quince años en materializarse y que Streisand escribió, produjo, dirigió y protagonizó. La película, centrada en una joven judía que se disfraza de hombre para estudiar el Talmud, no solo recibió importantes reconocimientos y nominaciones; también representó un precedente histórico para las mujeres cineastas. Hollywood rara vez otorgaba presupuestos elevados o liderazgo absoluto a directoras y Streisand desafió ese sistema convirtiéndose en autora integral de una producción de gran escala. Más tarde repetiría esa fórmula en El príncipe de las mareas y El espejo tiene dos caras, demostrando que podía combinar prestigio artístico, éxito comercial y autoridad empresarial en una industria acostumbrada seguir sus propias aspiraciones.

Buen olfato para las inversiones

La dimensión económica de Streisand también se reflejó fuera de los estudios de grabación. Actualmente cuenta con un patrimonio de 510 millones de dólares, labrado por sus más de seis décadas de carrera, iniciativas empresariales, patrimonio inmobiliario y demás proyectos. Sus inversiones, ligadas sobre todo al patrimonio, a la producción audiovisual y a la gestión de derechos derivados de su catálogo musical y cinematográfico, consolidaron una fortuna levantada no solo sobre el talento, sino sobre decisiones estratégicas y una visión empresarial muy poco común entre las estrellas de su generación.

Paralelamente, Streisand construyó una carrera musical histórica. Ha vendido más de 200 millones de discos y sigue siendo la única artista femenina capaz de colocar un álbum en el número uno durante seis décadas consecutivas. Colaboró con figuras como Neil Diamond, Bob Dylan o Paul McCartney y convirtió cada gira en un acontecimiento cultural y financiero. Lejos de limitarse al espectáculo, utilizó buena parte de esos ingresos para sostener un activismo constante. En 1988 creó la Fundación Streisand y posteriormente impulsó proyectos como el Barbra Streisand Women’s Heart Center, orientados a la investigación médica, la salud cardiovascular femenina y diversas causas progresistas. Su influencia política y social le valió reconocimientos como la Medalla Presidencial de la Libertad, entregada por Barack Obama, además de la Legión de Honor francesa.

Asimismo, su mansión de Malibú, inicialmente adquirida por 20 millones de dólares, ahora está valorada en unos 100 millones de dólares. En sí, es una estructura ue se ha convertido en una extensión de su propia personalidad artística. La casa, diseñada y decorada personalmente, refleja otra de sus facetas menos conocidas: el interés por la arquitectura, el interiorismo y la preservación estética, una pasión que volcó en su libro My Passion for Design.

Una vida de película

En lo personal, su vida también alimentó el imaginario mediático de Hollywood. Estuvo casada con el actor Elliott Gould, con quien tuvo a su hijo Jason, y protagonizó romances ampliamente comentados antes de encontrar estabilidad junto al actor James Brolin, con quien comparte vida desde 1998.

Sin embargo, detrás de la celebridad siempre existió una mujer meticulosa y perfeccionista, obsesionada con el detalle y profundamente consciente del valor de su independencia. Quizá por eso Barbra Streisand sigue resultando tan contemporánea: porque no fue únicamente una actriz o una cantante extraordinaria, sino una mujer que comprendió antes que muchas otras que el verdadero éxito consistía en tener una voz propia y cantarla bien alto. Cannes la homenajea hoy como una leyenda artística cuyo éxito se le atribuye a su talento, estrategia y convicciones.

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