Si durante décadas muchos teóricos trazaron una frontera aparentemente nítida entre arte y artesanía, Sonia Navarro (Murcia, 1975) lleva ya más de veinte años demostrando que esa barrera es muy fina, casi imperceptible y, en su caso, sencillamente inexistente. En sus piezas, la belleza artesana de los tejidos se convierte en puro discurso de empoderamiento. Ensalza a las mujeres, sí, pero también a las familias, al trabajo artesanal y, como dice ella, «a la necesidad de cuidar de lo nuestro con mimo».
En esa declaración incluye el proyecto que el Ayuntamiento de Murcia sigue haciendo con el histórico edificio de la Cárcel Vieja, cerrado en 1981. Su transformación en espacio cultural arrancó en 2022 y acaba de vivir su (por ahora) último paso: reconvertir uno de sus módulos en centro de arte contemporáneo. El primer artista en exponer será el escultor catalán Jaume Plensa.

En su discurso, las raíces y el origen están siempre presentes. ¿Qué importancia tiene para usted el territorio?
¡Toda! Si no fuese de Puerto Lumbreras, no sería yo. Además, Murcia está muy implicada en el arte contemporáneo a través de sus instituciones, con proyectos como el de la Cárcel
Vieja promovido por e l Ayuntamiento. Recordar de dónde vengo es fundamental para mí, por eso trabajo con artesanos locales e internacionalizo su trabajo, llevándolo a ciudades
como Miami o Budapest.
¿Qué puede decir un tejido que no pueda decir ningún otro material?
El tejido es un mensaje en sí mismo. Dice muchas cosas: sororidad, respeto, buen hacer, raíces, humanidad. Su trabajo es intrínsecamente manual.
¿Qué cree que se pierde cuando dejamos de hacer cosas con las manos?
Perdemos la costumbre de fallar, y los fallos son muy bonitos. La artesanía siempre tiene alguna imperfección y, para mí, eso es un plus de belleza. La imperfección siempre te
lleva a otra cosa. Cuando todo está perfecto, no hay más recorrido.
¿En qué momento supo que los tejidos serían su medio de expresión?
Siempre lo he sabido: tejer está en mi ADN. El dilema estaba en cómo convertir eso en obras de arte. Hay que reflexionar mucho, investigar y, al final, surge la magia.
¿Podría darme un ejemplo de esa magia?
Un ejemplo, no encontraba la manera de abordar el esparto. Hice una primera pieza, pero tardé casi diez años en volver a este tejido. No daba con la técnica adecuada hasta que encontré un grupo de esparteras de la localidad murciana de Blanca y me di cuenta de que solo tenía que respetar su magnífico trabajo y preservarlo. Así surgió Atocha (2019), una obra que no se vendió en su día y, si que ahora forma parte de la colección del CA2M de Móstoles.
¿Qué responsabilidad siente cuando su trabajo ya forma parte de colecciones públicas y con ello de la memoria colectiva?
Saber que tus obras van a formar parte de la historia del arte conlleva mucha responsabilidad. Pero era precisamente lo que yo quería, lo he conseguido y para mí es un gran logro. Necesitamos que los museos y los libros de historia cuenten que las mujeres en el arte por fin tenemos un sitio.
Lleva más de dos décadas participando en ARCO. ¿Cómo ha cambiado la feria?
Se ha internacionalizado mucho. Se ha convertido en una ventana al mundo para los artistas españoles. Hacemos nuestras obras para ser vistas, no para que estén guardadas en un almacén. Son para los demás: para que las vean, las disfruten o las critiquen y Arco es el lugar perfecto para vivir esas emociones.
¿Qué emociones le gustaría que provocasen sus obras?
Me gustaría que incitaran a la reflexión; sobre las mujeres que están tejiendo y ganan así un sueldo con el que pueden ser libres, sobre la necesidad del esparto para el ecosistema y sobre la importancia de lo ancestral. Quiero que se sientan orgullosos de los oficios que tenemos en este país.
¿Qué le interesa y qué le inquieta del arte contemporáneo español en este momento?
Me interesan Teresa Lanceta, Eva Lootz, Soledad Sevilla… y todo lo que nos queda por decir a las mujeres. Y me inquietan el IVA, la ley de mecenazgo y la necesidad de que las instituciones entiendan el potencial del arte como un reclamo turístico y cultural.
En una ocasión usted dijo: «Ser artista es tener una visión diferente del mundo». ¿Cómo lo ve ahora?
Con calma. Los artistas estamos mucho tiempo solos y creo que eso nos da un punto de vista más pausado. Va todo tan rápido… Hay que parar. Parar está bien, es positivo: hay que buscar tiempo para parar.
