Hay momentos en la moda en los que no se presenta solo una colección, sino una postura. El debut de Demna al frente de Gucci durante la Semana de la Moda de Milán ha sido exactamente eso: una toma de posición clara, medida y profundamente intencional.
La visión que el diseñador georgiano plantea para la firma italiana no parte de entenderla como una casa clásica de alta costura. Gucci es una marca que ha sabido atravesar décadas convirtiéndose en espejo cultural. Y su primera colección parte precisamente de esa premisa: Gucci como identidad, no como archivo.



Esa lectura se percibía desde el primer diseño. No había voluntad de ruptura estridente ni ejercicio de nostalgia. Había construcción. Demna no llega para borrar, sino para redefinir el equilibrio entre herencia y presente. Tras un año de investigación sobre la “guccidad”, el diseñador se sumergió en los archivos florentinos, en la potencia industrial de la casa y en la raíz cultural que sostiene su imaginario.
El resultado no es una reinterpretación literal del pasado, sino una depuración. Siluetas más ligeras, construcción precisa, prendas que se acercan al cuerpo sin rigidez.
“Gucci necesita convertirse en una sensación. Gucci debe convertirse en un adjetivo”
El minivestido blanco sin costuras que abre el desfile actúa como punto cero. Limpio, ceñido, casi técnico. A partir de ahí, la colección se despliega en una sastrería etérea, tejidos casi líquidos y siluetas conscientes del cuerpo. Los leggings se fusionan con pantalones clásicos; chaquetas y tops se integran en una sola pieza ultra ajustada; los bordes termosellados y los bajos curvados hablan de desarrollo industrial más que de efecto visual.



Los accesorios
El Gucci Bamboo 1947 reaparece estilizado, más depurado en volumen y con un asa reconstruida en secciones de cuero flexible que reinterpretan el icónico bambú desde la técnica contemporánea.
En calzado, la lectura es clara: hibridación. Manhattan, la primera sneaker de Demna para la casa, combina una silueta minimalista de baloncesto con la comodidad slip-on de un mocasín. Los mocasines suaves Giovanni y Cupertino eliminan la estructura dura tradicional del cuero.
Y como no, el tanga de 1997 más icónico de Gucci que ha llevado Kate Moss.
Kate Moss y el tanga de 1997 más icónico de Gucci
Tras 26 años sin pisar una pasarela para la casa, Kate Moss cerraba el desfile recuperando uno de los códigos más reconocibles del imaginario Gucci: el tanga visible introducido por Tom Ford en 1997, un gesto que redefinió la sensualidad contemporánea y consolidó a la firma como símbolo global de deseo.
El diseño, lejos de funcionar como un ejercicio de nostalgia, establecía un diálogo entre épocas. La silueta y el juego con la espalda descubierta evocaban también la icónica aparición de Mireille Darc en El gran rubio con un zapato negro (1972), momento clave en la evolución de una feminidad más consciente y audaz, donde la provocación nacía del corte y no del exceso.
Moss no cerraba solo un desfile; sintetizaba la intención de esta nueva etapa, donde Gucci se construye desde la memoria cultural para proyectarse hacia el presente.
