El arte es una conversación continua. No nace de la nada, sino de las referencias. De las influencias que se transforman en reinterpretaciones, en traducciones de un lenguaje artístico a otro, de artista a artista. De obra en obra. Y si la inspiración se trata de una de las novelas clásicas más icónicas de la literatura, el resultado no es difícil que sea vertido en éxito. Cómo no, hablamos -como prácticamente todo el resto de medios- de la adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas de Emerald Fennell, estrenada este pasado 13 de febrero, casi como un dulce inevitable para un fin de semana marcado por el romanticismo. Sin embargo, no venimos a detenernos en lo que ya ocupa titulares: ni en la química entre sus protagonistas, Margot Robbie y Jacob Elordi, ni en los debates sobre la fidelidad de la reinterpretación o su potencial en taquilla, ni siquiera en los espectaculares estilismos de Robbie durante la gira promocional. Venimos a hablar del lenguaje histórico y artístico que se esconde en el vestuario del armario de Catherine Earnshaw, y cómo este, se ha convertido en un homenaje de todos los tiempos: de la historia y su arte.
Para comenzar hablemos de la artista, la oscarizada directora de vestuario Jacqueline Durran -Mujercitas (2019), Anna Karenina (2012) y Orgullo y Prejuicio (2005)- quien a lo largo de su carrera ha creado diversas puerta a los armarios de ensueño de numerosas épocas, siendo esta la victoriana.
El armario de Catherine Earnshaw: un legado histórico
Ahora hablemos del arte. Las referencias históricas se entrelazan con una modernidad llamativa y bucólica en un vestuario que convierte cada prenda en parte un discurso narrativo traducido en telas, no en palabras. Cerca de cincuenta trajes diseñados componen una fusión de influencias que abarca la década de los cincuenta, archivos de Mugler y Alexander McQueen, estándares del siglo XIX y detalles contemporáneos; un ejercicio con el que la figurinista Durran logra su objetivo de sacar a Catherine de su tiempo y situarla en un diálogo plenamente actual, en el que los trajes visten un cautivador déjà vu actual.
La mayoría de los looks de Catherine Earnshaw establecen un diálogo constante entre historia y presente, entre inspiraciones y reinterpretaciones, ya que están basados en cuadros, personajes históricos e incluso diseños previamente vistos en pasarelas. Uno de los aspectos más únicos y mesmerizantes del vestuario es cómo combina siluetas clásicas con tejidos modernos, creando otra simbiosis temporal que refuerza la misión estética de la película.
Diálogos traducidos en telas
Puede que el vestido más destacado sea el de la boda, que combina elementos de la moda de los años 50 con la elegancia regia europea del siglo XIX, tomando como referencia el vestido de novia de Sissi, la emperatriz de Austria. Desde el escote barco que deja los hombros al descubierto, hasta las mangas globo, el corsé ajustado, la falda voluminosa e incluso el tul que envuelve una estética pura y etérea. Una silueta que enmascara la ingenuidad de sus portadoras por fantasía y superficialidad.


Otra pieza referencial es el vestido gótico blanco, voluminoso y llamativo, acompañado de un chaleco negro que recuerda a una armadura; según Jacqueline Durran, diseñadora de vestuario de Cumbres Borrascosas, la inspiración provino de un cuadro de Franz Xaver Winterhalter: ‘Una joven suiza de Interlaken’.


No todos los diseños de Cumbres Borrascosas provienen de siglos pasados; la moda contemporánea también influyó notablemente. El vestido de la noche de bodas de Cathy, con toques de fantasía y materiales brillantes, se inspira en la colección Primavera-Verano 1996 de Thierry Mugler, reflejando la audacia y teatralidad del icónico diseñador francés.


El cine clásico también fue fuente de inspiración para los estilismos de la película. El famoso vestido de efecto látex que Cathy luce remite al icónico look de Vivien Leigh como Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó (1939), adaptando la esencia dramática y teatral del Hollywood dorado a un lenguaje moderno y cinematográfico.


Al inicio de la película, Cathy aparece con un vestido de inspiración lechera alemana, cuyo diseño bebe directamente de la estética de Michèle Mercier como Angélique Sancé de Monteloup en Angélique, marquesa de los ángeles (1964). Según la diseñadora Jacqueline Durran, esta referencia ayudó a dar forma a un look que mezcla romanticismo clásico con un guiño al glamour del cine europeo de los años 60.


