Si las maldiciones fueran ciertas, la familia Kennedy estaría sufriendo una desde 1963, año del asesinato de John F. Kennedy. E incluso antes, con la muerte de su hermana Kathleen en un accidente de avión en Francia con solo 28 años, en el año 1948. En la actualidad, a un día de que acabara este 2025, Tatiana Celia Kennedy Schlossberg, nieta del 35.º presidente de los Estados Unidos, falleció a los 35 años, según confirmó su familia en un comunicado difundido por la Biblioteca y Museo Presidencial John F. Kennedy. Hija de Caroline Kennedy, diplomática y única hija viva de JFK, y del artista Edwin Schlossberg, Tatiana había anunciado en noviembre que padecía un raro y agresivo tipo de leucemia, con un pronóstico de menos de un año de vida, que finalmente ha acabado con su fallecimiento este pasado 30 de diciembre.
Periodista especializada en medio ambiente y cambio climático, Schlossberg era madre de dos hijos pequeños: una bebé recién nacida y un niño de dos años. Dio a conocer públicamente su enfermedad en un extenso y conmovedor ensayo publicado en The New Yorker titulado Una batalla con mi sangre, en el que relató la crudeza de la enfermedad y de sus situación. Una honestidad y transparencia que generó una enorme ola de solidaridad internacional.
El diagnóstico llegó apenas horas después del nacimiento de su segunda hija, el 25 de mayo de 2024, en el hospital Columbia-Presbyterian de Nueva York. Un análisis de sangre reveló un recuento anormalmente alto de glóbulos blancos, que inicialmente se atribuyó al posparto, pero que pronto confirmó el peor escenario: leucemia mieloide aguda con una mutación rara conocida como Inversión 3, poco frecuente en personas jóvenes. Hasta entonces, Tatiana llevaba una vida sana, hacía ejercicio con regularidad y corría entre ocho y dieciséis kilómetros por Central Park.
A partir de ese momento, su vida se convirtió en una sucesión de hospitalizaciones, tratamientos y recaídas que se prolongaron durante casi dos años. Pasó largas estancias ingresada, se sometió a ciclos intensivos de quimioterapia, dos trasplantes de médula ósea, inmunoterapia y tratamientos experimentales, además de sufrir infecciones graves, hemorragias posparto y episodios en los que tuvo que reaprender a caminar o no podía cargar a sus hijos.
En su ensayo también hubo espacio para el humor y para quienes la acompañaron en el proceso: su marido, George Moran, médico residente; sus padres, que asumieron el cuidado de los niños; y sus hermanos Jack y Rose Schlossberg, quienes incluso intentaron ser donantes de médula. El trasplante de su hermana Rose llegó a darle esperanza, mientras que Jack, que no resultó compatible, se mantuvo a su lado y se afeitó la cabeza en señal de apoyo cuando Tatiana perdió el cabello por la quimioterapia. Jack Schlossberg anunció recientemente su candidatura a un escaño en el Congreso de EE. UU.
Además de narrar su enfermedad, Tatiana fue muy crítica en su texto con las políticas sanitarias impulsadas por su primo Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud durante la Administración Trump, a quien reprochó su rechazo a las vacunas y a la investigación médica financiada con fondos públicos. Formada en la Brearley School, la Trinity School, Yale y Oxford, desarrolló su carrera en The New York Times como periodista ambiental y publicó el libro Consumo Discreto, centrado en el impacto ambiental del comportamiento humano. Su muerte supone un nuevo golpe para un clan históricamente marcado por la tragedia, y deja el recuerdo de una voz lúcida, valiente y comprometida hasta el final.
