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Quién es Hall W. Rockefeller: la heredera de los Rockefeller que quiere cambiar el mercado del arte

Su apellido forma parte de la historia de Estados Unidos; su propósito, cambiar la del arte. Hall W. Rockefeller quiere que las mujeres dejen de ser musas, excepciones o notas al pie para convertirse en protagonistas del mercado artístico.

Hall W. Rockefeller. Foto de Rockefeller Capital Management.

Lleva uno de los apellidos más reconocibles de Estados Unidos, pero su ambición va más allá de un legado familiar. Hall W. Rockefeller (Nueva York, 39 años) ha encontrado en el arte una forma de cuestionar el poder, reivindicar el talento femenino y transformar las reglas de un mercado que todavía tiene mucho que aprender de sus artistas.

Y es que la historia del arte está llena de mujeres que merecían ocupar otro lugar. Algunas fueron olvidadas, otras quedaron a la sombra de sus contemporáneos y muchas tuvieron que esperar décadas para que su trabajo recibiera la atención que siempre había merecido. El talento nunca fue el problema. La mirada, casi siempre, sí. Hall W. Rockefeller lleva tiempo preguntándose qué pasaría si esa historia comenzara a escribirse de otra manera. Y, lejos de conformarse con la pregunta, ha decidido intervenir en ella.

Su apellido evoca una de las grandes dinastías estadounidenses, una familia cuya huella se extiende por la filantropía, los negocios y la cultura. También por los museos. Su tatarabuela, Abby Aldrich Rockefeller, fue una de las fundadoras del Museum of Modern Art de Nueva York, una institución que contribuyó decisivamente a definir el relato del arte moderno. Para Hall, crecer cerca de ese universo significó entender pronto que el arte no es únicamente una cuestión de sensibilidad estética. También habla de influencia, de poder y de quién tiene la capacidad de decidir qué merece ser conservado.

Formada en Yale y en el Courtauld Institute of Art de Londres, encontró una de las respuestas que buscaba en un lugar aparentemente inofensivo: un ejercicio académico. Mientras estudiaba Historia del Arte, descubrió que, entre un centenar de artistas y obras analizados, apenas cinco correspondían a mujeres. Una proporción difícil de ignorar. Aquella ausencia terminó convirtiéndose en una inquietud personal y, con el tiempo, en una iniciativa que hoy tiene nombre propio: Less Than Half.

Fundada en Nueva York en 2023, la organización nació con una idea tan sencilla como ambiciosa: conseguir que más mujeres compren arte creado por mujeres. No desde la condescendencia ni como un gesto de compensación, sino desde la convicción de que el coleccionismo también puede ser una herramienta de transformación. Rockefeller utiliza el término matronage para definir esta nueva forma de mecenazgo, una suerte de red de influencia femenina en la que adquirir una obra significa también respaldar una trayectoria, construir memoria y participar en la configuración del mercado.

Porque detrás de la belleza de una pintura o de una escultura existe una realidad mucho menos romántica: la economía del reconocimiento. Las cifras siguen revelando una distancia considerable entre hombres y mujeres. El talento femenino ha ocupado históricamente una posición secundaria en las grandes colecciones y en las salas de subastas, donde el valor de una obra no siempre se corresponde con su importancia artística. Para Rockefeller, esa desigualdad no se resolverá únicamente organizando más exposiciones o recuperando nombres olvidados. También hay que intervenir en el lugar donde se construye buena parte de ese prestigio: las decisiones de compra.

Ella interviene, y su propuesta reúne a coleccionistas, aficionadas y mujeres interesadas en acercarse al arte contemporáneo desde una perspectiva diferente. A través de encuentros, formación y experiencias vinculadas al circuito artístico internacional, Less Than Half quiere hacer del coleccionismo una conversación compartida. Una comunidad en la que aprender a mirar, pero también a decidir. En el fondo, se trata de algo tan poderoso como cambiar quién tiene el privilegio de construir una colección y, con ella, una parte de la historia cultural.

Hay algo especialmente interesante en la manera en que Hall W. Rockefeller entiende esta responsabilidad. Su discurso no se apoya en la caridad, sino en la capacidad de las mujeres para ejercer influencia económica. No quiere que compren obras femeninas por solidaridad, sino porque reconocen su valor. La diferencia es importante: pasar de pedir espacio a ocuparlo; de esperar reconocimiento a participar activamente en su construcción.

Su proyecto dialoga, además, con una nueva generación de coleccionistas y mecenas que está revisando los códigos tradicionales del sector. Mujeres que entienden que una colección privada puede ser también una declaración de intenciones y que el patrimonio cultural no tiene por qué reproducir indefinidamente las mismas jerarquías.

Quizá por eso su historia resulta especialmente sugerente. Hall W. Rockefeller podría haber encontrado en su apellido una identidad suficiente. Sin embargo, ha preferido utilizarlo como punto de partida para una conversación propia. No pretende borrar el pasado ni corregirlo con un gesto aislado. Quiere ampliar el encuadre, recuperar las voces que quedaron fuera y conseguir que las próximas generaciones de artistas no tengan que esperar tanto para ocupar el lugar que les corresponde.

Al final, el arte siempre ha sido una forma de mirar el mundo. La pregunta que plantea Rockefeller es otra: quién sostiene esa mirada, quién la legitima y quién decide cuánto vale. Cambiar esas respuestas puede ser, también, una manera de cambiar la historia.

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