Sabemos cada vez más sobre los efectos del sol en la piel, sí, pero ese conocimiento no siempre se traduce en una protección adecuada. La estacionalidad, la sobreinformación o los mitos que todavía rodean al cuidado frente a la radiación solar siguen condicionando nuestros hábitos. Julio Acero, director general de La Roche-Posay para España y Portugal, analiza qué queda por hacer y cómo la ciencia, la educación y la innovación pueden contribuir a cambiar nuestra relación con el sol.
En los últimos años hemos hablado mucho más de protección solar, pero las cifras siguen mostrando que cuesta convertirla en un hábito cotidiano. ¿Qué nos dice esa distancia entre lo que sabemos y lo que realmente hacemos?
Esa distancia refleja que, aunque la concienciación avanza de forma notable —los datos de STANPA indican que el 82% de los españoles considera los protectores solares fundamentales para su salud y el 62% afirma haberlos incorporado ya como hábito—, la verdadera barrera sigue estando en la aplicación diaria. Seguimos asociando la fotoprotección casi exclusivamente al verano y a evitar la quemadura visible, ignorando que la piel tiene memoria y que el daño celular es silencioso y acumulativo. Por ello, desde La Roche-Posay trabajamos en la educación de las personas. Nuestro objetivo es que todos entendamos este gesto no como un ritual cosmético o una obligación, sino como un acto de cuidado y de salud preventiva.
En un entorno en el que cada vez es más fácil acceder a información sobre el cuidado de la piel y cualquiera puede opinar sobre cualquier tema, ¿qué valor aporta la prescripción experta a la hora de tomar decisiones?
En plena era de sobreinformación y tendencias virales en redes sociales, muchas veces sin respaldo clínico, el valor de la prescripción experta es fundamental: aporta rigor científico, seguridad y personalización. Ningún algoritmo puede sustituir el criterio médico. De hecho, el 85% de los españoles confía en el criterio de los profesionales sanitarios a la hora de decidir su compra. En este contexto, además de los médicos, los farmacéuticos desempeñan un papel determinante como asesores y agentes de salud pública de primera línea. En España, uno de cada cinco pacientes acude directamente a la farmacia ante cualquier alteración cutánea. El consumidor ya no busca una simple recomendación comercial, sino un asesoramiento riguroso y adaptado a su estilo de vida, su piel y su salud.
En salud, recuperar la confianza del paciente es casi tan importante como desarrollar nuevas soluciones. ¿Qué necesita demostrar una marca para construir esa credibilidad?
Ciencia y datos clínicos demostrables. En La Roche-Posay no formulamos persiguiendo modas efímeras; llevamos décadas estudiando la biología de la piel para anticiparnos al daño celular y ofrecer soluciones avaladas por la comunidad médica y científica internacional. Un ejemplo es nuestro filtro patentado Mexoryl 400, presente en Anthelios UVMune 400, capaz de absorber la radiación UVA ultralarga, responsable del daño celular más profundo. Esta innovación supuso diez años de investigación, 25 patentes y 65 estudios clínicos. Nuestras soluciones cuentan, además, con el respaldo de una inversión anual de L’Oréal Groupe en I+D que supera los 1.300 millones de euros. La confianza se gana con rigor y transparencia.
Como decía antes, la protección frente al sol sigue estando muy vinculada al verano. ¿Qué ha cambiado para que hoy empecemos a entenderla como una cuestión de salud durante todo el año?
El verdadero salto ha sido comprender la dimensión médica de la piel como nuestro principal escudo biológico. Durante años nos enfocamos en la radiación UVB, que alcanza su pico en verano y causa la quemadura visible. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que la radiación UVA —que representa el 95% de los rayos UV— incide con la misma intensidad los 365 días del año. Los rayos UVA actúan de forma silenciosa: no calientan la piel, pero atraviesan las nubes y los cristales y penetran hasta las capas más profundas, provocando daño celular. Por eso, el fotoprotector ha dejado de ser un cosmético vacacional para convertirse en una primera línea de defensa de nuestra salud cutánea diaria.
Muchos consumidores siguen eligiendo un protector solar fijándose casi exclusivamente en el SPF. ¿Por qué esa referencia, siendo importante, resulta insuficiente para valorar la calidad de un producto?
El SPF mide únicamente la protección frente a los rayos UVB. Para garantizar una protección real, debemos exigir un amplio espectro que frene también la radiación UVA, incluida la UVA ultralarga, que penetra de manera profunda en la piel. Por eso, La Roche-Posay combina diferentes filtros solares en sus fórmulas, entre ellos Mexoryl 400. Sin embargo, otro factor determinante y desconocido es la precisión en la aplicación. Las investigaciones de L’Oréal Groupe han demostrado que dejar sin cubrir apenas entre un 1% y un 5% de la superficie cutánea puede reducir hasta un 50% la eficacia del producto, provocando lo que denominamos el «error invisible». Para responder a este reto desarrollamos la tecnología Netlock, que encapsula los filtros en una malla ultrafina y flexible que se adapta al relieve de la piel para conseguir una cobertura homogénea.
¿Cuáles han sido los avances que más han cambiado la forma de cuidar la piel frente a la radiación solar y hacia dónde cree que se dirige ahora la innovación?
El gran cambio ha sido transformar el protector solar en un híbrido entre salud dermatológica y alta cosmética. Para conseguir que un SPF 50+ se incorpore al día a día, la clave está también en la formulación. En La Roche-Posay innovamos para dar respuesta a distintas necesidades, desde fluidos ultraligeros para la rutina diaria hasta fórmulas pensadas para la práctica deportiva, resistentes al sudor y aplicables sobre la piel mojada. De cara al futuro, la innovación avanza hacia la longevidad cutánea saludable. Apoyándonos en la inteligencia artificial, la investigación y los estudios científicos, buscamos ir más allá de la protección tradicional.
Llevan mucho tiempo impulsando iniciativas de educación y prevención junto a profesionales sanitarios y entidades especializadas. ¿Qué aprendizajes han extraído de ese trabajo conjunto y cómo han influido en su forma de abordar la prevención?
El principal aprendizaje es que nuestra misión no se limita a formular productos, sino que también pasa por transformar el conocimiento médico en educación accesible para ayudar a prevenir antes de que aparezca la enfermedad. Los dermatólogos y oncólogos nos recuerdan que el diagnóstico temprano salva vidas, y ese trabajo conjunto nos ha llevado a impulsar iniciativas como Save Your Skin, con la que hemos realizado más de 400.000 revisiones gratuitas de lunares en 35 países, o a colaborar con la Fundación Piel Sana de la AEDV en el proyecto Convive con el Sol, centrado en la educación desde la infancia. El farmacéutico también es un aliado fundamental. A través de iniciativas de educación y formación, buscamos dotar a las farmacias de herramientas científicas que contribuyan a la prevención y al diagnóstico temprano.
¿Qué cree que todavía tenemos que cambiar en nuestra relación con el sol para dejar atrás los principales mitos que lo rodean?
Lo primero que tendría que cambiar es nuestra relación con el sol: desterrar la idea de que una piel bronceada es sinónimo de salud o de belleza. La ciencia nos demuestra que el bronceado es una respuesta biológica de la piel para defenderse de una agresión que daña el ADN celular. Necesitamos sustituir esa búsqueda por un concepto mucho más poderoso: la longevidad cutánea. En segundo lugar, tendríamos que conseguir que ponerse fotoprotector cada mañana sea un gesto tan automático como lavarse los dientes. Eso implica educar desde la infancia y conseguir que la protección diaria se integre de forma natural en nuestra rutina. Si dentro de diez años estos mitos forman parte del pasado, habremos avanzado hacia una forma de entender la protección solar como una cuestión de salud preventiva.

