De Boiro a París hay más que una distancia geográfica. En el caso de María Alborés (Galicia, 1998), ese recorrido también dibuja la evolución de una diseñadora que ha sabido convertir aquello que tenía más cerca, la artesanía, los materiales, las tradiciones gallegas, en una mirada propia capaz de viajar mucho más lejos.
Alborés creció junto a la ría de Arousa, rodeada de mar, montaña, luz y de una cultura artesanal que formaba parte de su paisaje cotidiano. Fue precisamente al salir de Galicia cuando empezó a mirar con otros ojos aquello que siempre había estado ahí: las redes de pesca, las cuerdas, la cestería o el encaje de bolillos. En lugar de reproducirlos, decidió reinterpretarlos y llevarlos a un lenguaje contemporáneo. El resultado fue Lost in Tradition, Found in Galicia, un proyecto en el que la identidad no aparece como un ejercicio de nostalgia, sino como materia prima para construir algo nuevo.



Su trayectoria la llevó después a estudiar Diseño en Pontevedra, Bellas Artes y, más tarde, a Amberes, donde terminó de desarrollar una mirada personal. Ahora trabaja en Dior, en una de las etapas más estimulantes de la maison, con Jonathan Anderson al frente. Un lugar que conoce desde dentro y que, para ella, supone una nueva escala de aprendizaje.
Pero antes de llegar a París, Alborés ya había recibido una señal importante de que su trabajo estaba encontrando su lugar: el LVMH Prize 2026. El reconocimiento ha llegado en una etapa todavía temprana de su carrera, cuando, como ella misma explica, seguía descubriendo qué diseñadora quería ser. Más que un punto de llegada, lo entiende como una confirmación y, al mismo tiempo, como una responsabilidad para seguir creciendo.
En esta entrevista exclusiva a Forbes Women, María Alborés habla de la Galicia que sigue acompañándola desde París, de lo que ha aprendido de los artesanos, del riesgo de convertir la artesanía en una simple tendencia estética y de lo que significa trabajar hoy dentro de Dior. También mira hacia el futuro, aunque sin demasiadas certezas: prefiere imaginar un universo que siga cambiando, con espacio para aquello que todavía no existe.
Creciste en Boiro, junto a la ría de Arousa, y hoy trabajas en París. ¿Qué parte de aquella niña gallega sigue presente en la diseñadora que eres hoy?
Creo que esa niña sigue muy presente, sobre todo en mi manera de observar. Crecer en un pueblo, al pie de la ría de Arousa, rodeada de luz, mar y montaña, y estando lejos de las grandes capitales, no significaba estar desconectada de lo que ocurría fuera. Siempre hubo un comercio muy vivo y un ambiente artístico y cultural muy amplio, que hacía que tuviera referencias de lo que estaba pasando en otros lugares, aunque con cierta distancia.
Y creo que esa distancia también es positiva: deja espacio para observar, imaginar y desarrollar una mirada más personal. Esa mezcla entre lo cercano y lo que llegaba de fuera despertó en mí una curiosidad que todavía conservo hoy.
En Lost in Tradition, Found in Galicia convertiste redes de pesca, cuerdas, cestería o encaje de bolillos en piezas de moda. ¿Cuándo entendiste que las tradiciones y los oficios de tu tierra podían convertirse en tu propio lenguaje creativo?
Creo que fue algo que fui entendiendo poco a poco, más que un momento concreto. Desde muy pequeña, mis padres me criaron con un gran respeto y admiración hacia las tradiciones, la artesanía y todo el trabajo que hay detrás de ellas, así que siempre han estado muy presentes en mi manera de mirar y de entender mi entorno.
Al principio veía esos materiales y esos oficios como parte de mi día a día, algo cotidiano que estaba ahí. Fue al salir de Galicia y entrar en otros contextos cuando empecé a mirarlos con cierta distancia y a entender todo lo que tenían de especial.
Las redes, las cuerdas o la cestería tienen una enorme riqueza en sus técnicas, en sus texturas y, sobre todo, en las historias que llevan detrás. Empecé a preguntarme cómo podía llevar todo eso a mi propio lenguaje sin reproducirlo literalmente, sino reinterpretándolo desde una mirada contemporánea.
Lost in Tradition, Found in Galicia nace un poco de ahí: de volver a mirar aquello que conocía desde niña con otros ojos y descubrir que podía convertirse en una fuente de inspiración y, al mismo tiempo, en una parte muy personal de mi identidad creativa.

Tu trabajo reivindica Galicia sin caer en el folclore. ¿Cómo se transforma una identidad local en una propuesta con vocación internacional sin perder su autenticidad?
Creo que la clave está precisamente en no intentar representar Galicia de una manera literal. Para mí, reivindicar una identidad local no significa reproducir sus símbolos o su folclore tal cual, sino entender qué hay detrás de ellos y encontrar la manera de trasladarlo a un lenguaje contemporáneo.
Galicia forma parte de mí de una manera muy natural. Desde pequeña conviví con la cultura, sus tradiciones y su artesanía, y eso ha ido construyendo mi sensibilidad sin que yo tuviera que buscarlo. No intento hacer una pieza que simplemente “parezca gallega”, sino descubrir qué posibilidades tiene ese elemento dentro de la moda y llevarlo a un contexto diferente.
Creo que ahí es donde lo local puede adquirir una dimensión internacional: cuando parte de una historia muy concreta y, al mismo tiempo, es capaz de comunicar algo universal. Para mí, la autenticidad está en no disfrazar ese origen, sino en dejar que Galicia esté presente de una manera honesta, pero abierta a nuevas interpretaciones.
Has trabajado con artesanos gallegos y has puesto en valor técnicas transmitidas de generación en generación. ¿Qué has aprendido de ellos que no se puede aprender en una escuela de diseño?
Me sorprendió especialmente ver cómo cada uno se acercaba a las piezas desde una perspectiva diferente, cómo entendían los materiales y cómo resolvían los procesos desde la experiencia y la intuición. Desde el diseño, pensamos primero en una idea y después buscamos la manera de llevarla a cabo; con ellos sentí que el propio material y el oficio también podían marcar el camino.
Esta experiencia fue posible gracias al apoyo de la Fundación Pública Artesanía de Galicia, que me permitió trabajar directamente con artesanos como Julia de la Cal y Ezequiel Franchi. Para mí fue una oportunidad muy especial, porque su forma de trabajar era completamente diferente a la que yo estaba acostumbrada, y eso resultó muy enriquecedor y emocionante.
Y creo que lo más bonito fue precisamente ver cómo, partiendo de maneras de trabajar tan diferentes, podíamos encontrarnos en un mismo punto y crear algo juntos. Esa mezcla de conocimientos, de miradas y de formas de entender el proceso fue, para mí, una de las partes más enriquecedoras de la experiencia.
En un momento en el que las grandes firmas reivindican la artesanía como una de las nuevas formas de lujo, ¿crees que existe el riesgo de que el trabajo artesanal se convierta en una tendencia estética más?
Creo que existe ese riesgo, sobre todo cuando la artesanía se utiliza únicamente como un recurso estético o como una manera de transmitir una idea de exclusividad. Cuando se convierte en una tendencia, existe el peligro de quedarse en la superficie y olvidar todo lo que hay detrás: el conocimiento, el tiempo, las personas y las generaciones que han mantenido vivos esos oficios.
Cada técnica tiene unos tiempos, unos gestos y una historia que no se pueden reproducir simplemente porque estén de moda. Después de trabajar directamente con artesanos gallegos, soy todavía más consciente de que lo verdaderamente especial no es solo el resultado final, sino todo el conocimiento que contiene.
Creo que desde el diseño tenemos la responsabilidad de acercarnos a la artesanía con respeto y curiosidad. Cuando existe ese intercambio, la artesanía puede evolucionar y encontrar nuevos lenguajes sin perder su esencia. Y ahí es donde creo que está su verdadero valor.
Estudiaste en Amberes y ahora formas parte del equipo de Dior, en una etapa especialmente relevante con Jonathan Anderson al frente. ¿Qué ha supuesto para ti entrar en una maison de esta dimensión y qué estás descubriendo trabajando desde dentro?
Entrar en Dior ha supuesto para mí una oportunidad enorme de aprendizaje, pero también es el resultado de un recorrido que empezó mucho antes de Amberes. Primero estudié Diseño en ESDEMGA en Pontevedra, la que entonces era la Escuela de Diseño de la Universidad de Vigo, y después hice dos años de Bellas Artes. Esa etapa fue muy importante para mí porque me ayudó a abrir la mente, a experimentar y a entender el proceso creativo desde una perspectiva más amplia.
Después llegó Amberes, que supuso otra forma de entender el diseño y de desarrollar una mirada más personal.
Ahora, al formar parte del equipo de Dior, una casa con una historia, una identidad y una dimensión creativa enormes, supone sin duda un cambio de escala, pero también una oportunidad para seguir creciendo.
Lo que más valoro de estar dentro es poder ver de cerca cómo se desarrolla todo el proceso creativo desde el principio y cómo una idea va evolucionando a través de diferentes personas, técnicas y sensibilidades. También me está permitiendo descubrir otras formas de trabajar y de pensar el diseño, y eso está siendo muy enriquecedor para mí. Creo que estar en un entorno así te obliga a seguir observando constantemente y a mantenerte abierta a aprender.
Además, formar parte del equipo en esta nueva etapa de la maison, con Jonathan Anderson al frente, hace que sea especialmente interesante. Es un momento de mucha energía y exploración y, para mí, está siendo muy emocionante poder vivir ese proceso desde dentro y seguir aprendiendo de profesionales de referencia.
«Jonathan Anderson es uno de mis grandes referentes a nivel de diseño. Trabajar con él es un honor»
¿Cómo fue el contacto con la casa francesa? ¿Y con Jonathan Anderson?
Jonathan Anderson es desde hace muchos años uno de mis grandes referentes a nivel de diseño. De hecho, yo empecé a estudiar Diseño pocos años después de que él comenzara su trayectoria como director creativo, así que poder estar hoy trabajando dentro de su equipo es, para mí, un verdadero honor y algo que hace unos años habría sido difícil de imaginar.
Pero, más allá de la admiración profesional, siempre he tenido muy claro que quería trabajar en un lugar donde me sintiera respetada, querida y valorada. Para mí eso es tan importante como el propio trabajo. Puedes estar en una de las maisons más importantes del mundo, pero si no sientes que tienes un espacio para aportar, aprender y ser tú misma, pierde parte de su sentido.
Por eso estoy especialmente contenta con cómo ha sido mi llegada a Dior. Desde el primer momento me sentí muy bien recibida y con la sensación de formar parte del equipo. Poder trabajar en un entorno así, con personas a las que admiro y de las que puedo aprender cada día, y al mismo tiempo sentir que mi trabajo es valorado, es algo que agradezco muchísimo. Creo que es exactamente el tipo de lugar en el que siempre había imaginado que quería estar.
Hace unos años París era un sueño y hoy es tu lugar de trabajo. ¿Qué ha cambiado en María Alborés desde entonces y qué principios tienes claro que no quieres cambiar nunca?
Creo que ha cambiado mucho mi manera de verme a mí misma y de entender el camino que quiero seguir, pero hay cosas que permanecen exactamente igual. Cuando París era un sueño, lo veía como algo muy lejano, casi inalcanzable. Hoy tengo la suerte de trabajar aquí y de formar parte de un entorno que durante mucho tiempo admiré desde fuera, y eso me ha enseñado, sobre todo, a confiar más en mi trabajo, a ser más exigente conmigo misma y, al mismo tiempo, a disfrutar mucho más del proceso.
«No quiero perder la conexión con mis raíces, con Galicia y con esa forma de entender el trabajo desde el respeto, la artesanía y el cuidado por los detalles»
Si hay algo que tengo claro que no quiero cambiar es mi curiosidad y mis ganas de seguir aprendiendo. Tampoco quiero perder la conexión con mis raíces, con Galicia y con esa forma de entender el trabajo desde el respeto, la artesanía y el cuidado por los detalles. Creo que crecer también significa poder avanzar sin dejar atrás las cosas que me han construido y que forman parte de quién soy.
Al final, París dejó de ser un sueño y se convirtió en mi realidad, pero intento conservar la misma ilusión y la capacidad de sorprenderme que tenía aquella niña cuando soñaba con estar aquí. Porque creo que, en el fondo, esa parte de mí es la que me ha traído hasta donde estoy hoy.
Si pensamos en tu futuro, ¿qué te gustaría que definiera el universo de María Alborés dentro de diez años: la artesanía, Galicia, la innovación, una determinada silueta o algo que todavía no existe?
No sé si estará definido por una determinada silueta, por un material concreto o incluso por algo que todavía no existe, porque espero que mi manera de diseñar siga evolucionando y sorprendiéndome también a mí.
Quiero poder mirar atrás y ver que Galicia sigue siendo una parte importante de mi trabajo, pero transformada. Que estuviera en la forma de entender los materiales, en el respeto por los procesos, en la relación con la artesanía y en esa manera de observar y buscar nuevas posibilidades.
Más que construir un universo cerrado, me gustaría construir uno que siga creciendo y que tenga siempre espacio para descubrir algo nuevo.
«Recibí el LVMH Prize cuando todavía estaba descubriendo qué diseñadora quería ser»
Recibir el LVMH Prize tan pronto en tu carrera debió de marcar un antes y un después. ¿Qué significó para ti aquel reconocimiento?
Recibir el LVMH Prize fue algo muy emocionante y, sinceramente, bastante inesperado. Que una institución con el peso y el reconocimiento de LVMH se fijara en mi trabajo en una etapa tan temprana significó mucho para mí, no solo por el reconocimiento, sino porque supuso una confirmación de que el camino que estaba construyendo tenía sentido.
También fue muy especial porque llegó en un momento en el que todavía estaba descubriendo qué diseñadora quería ser. Recibir ese reconocimiento tan pronto me da mucha confianza, pero también un sentimiento de responsabilidad y de ganas de seguir trabajando y aprendiendo.
Poder continuar trabajando a este nivel, formar parte de una maison como Dior y estar rodeada de profesionales de los que puedo aprender cada día es algo que valoro muchísimo. Para mí, lo más emocionante no es solo haber recibido ese reconocimiento, sino que haya abierto la puerta a poder seguir desarrollando mi trabajo en un entorno tan exigente y estimulante.

