A principios del siglo XX, una mujer de 37 años se dirigió a los miembros de su comunidad en Richmond (Virginia) y les planteó la siguiente pregunta: “¿Quién está tan desamparado como la mujer negra? ¿Quién está tan circunscrita y acorralada en la carrera de la vida, en la lucha por el pan, la carne y el vestido, como la mujer negra?”

Era Maggie L. Walker, de 37 años. Hija de una esclava y un periodista irlandés abolicionista. A sus preguntas respondió ella misma, con un plan para hacer frente a las desigualdades de género y raza que primaban en la sociedad estadounidense de 1901.

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Primero propuso la fundación de unos grandes almacenes y un periódico que diese trabajo a las mujeres negras de su comunidad. Sin embargo, la gran revolución llegó con la creación del primer banco para negros del país: “Primero, necesitamos una caja de ahorros”, dijo.

Para Walker, levantar un banco para la comunidad negra eran los cimientos sobre los que se llegaría a una igualdad ya que, mantener la hegemonía de los bancos de propiedad blanca seguiría alimentando el “león de los prejuicios”.

Una habitación propia… Para fundar un banco

Dos años más tarde, Maggie inauguró el St. Luke Hall un edificio de oficinas en el barrio de Jackson de Richmond.

Como decía Virginia Woolf, “una mujer necesita dinero y una habitación propia para dedicarse a la literatura”. También para la banca. En el St. Luke Hall Walker instaló su despacho, la cámara acorazada de la Orden y una imprenta para su periódico, The St. Luke Herald.

Mientras tanto, seguía estudiando las operaciones del resto de los bancos del país para poder crear el suyo propio.

Un sueño que se cumplió el 2 de noviembre de 1903. Casi 40 años después del fin de la esclavitud, una mujer negra abría las puertas el St. Luke Penny Svings Bank,  el primer banco para negros de Estados Unidos.

Fachada del banco (@maggiewalkernps)

Ese primer día, 280 clientes depositaron más de 9.400 dólares (unos 280.000 dólares actuales), incluido el mayor depósito, de 441 dólares, y una cuenta que se abrió con sólo 31 céntimos. Una década después, el banco de Walker gestionaba 200.000 dólares en activos (o 5 millones de dólares en 2021).

Y lo que es más importante, Walker anticipó correctamente el efecto halo de su banco. “A través de todo el trabajo que hizo, eran mujeres negras las que estaban en las oficinas”, cuenta su tataranieta Liza Mickens a Forbes US. “Fue la mayor contratante de mujeres negras en la ciudad de Richmond”.

La caja ofrecía cuentas corrientes y de ahorro, hipotecas y capital de inversión para los empresarios locales, que ayudarían a convertir Jackson Ward en un próspero centro de negocios negros. Al mismo tiempo, Walker también repartió pequeñas huchas para ayudar a los clientes a ahorrar en casa y les animó a volver a St. Luke cuando hubieran acumulado al menos un dólar.

Crecimiento

Para capitalizar aún más la Caja de Ahorros St. Luke Penny, Walker vendió acciones de la misma por 10 dólares cada una y exigió a su junta directiva que comprara diez acciones cada una.

Aunque algunos tuvieron que endeudarse para cumplir con el mínimo, el banco prestó 8.400 dólares (unos 250.000 dólares de hoy) a sus clientes en su primer año de funcionamiento, el doble de lo que Walker había recibido por la venta de las acciones de su banco.

Atrajo a la clase trabajadora de Richmond ofreciendo un horario bancario más amplio, que incluía noches y sábados. También aceptaba depósitos de menos de un dólar para animar a más mujeres a aportar sus ahorros. Estas estrategias dieron sus frutos y, a mediados de la década de 1920, St. Luke había acumulado 500.000 dólares en activos (unos 7 millones de dólares actuales) y había concedido hipotecas para 645 viviendas.

No solo eso,  St. Luke también fue pionero en lo que hoy consideramos microcréditos: el banco concedía préstamos de hasta 5 dólares (aproximadamente el salario de una semana para la mayoría de los clientes de la época) y tenía en cuenta una amplia gama de factores a la hora de suscribirlos.

Gran parte de la plantilla del banco estaba formada por mujeres negras (@maggiewalkernps)

El carácter, la ética del trabajo y los vínculos con la comunidad solían ser factores que influían en la decisión de conceder un préstamo. Cambiaba así el paradigma de criterios más tradicionales como la situación laboral y los ingresos.

Aun así, el sueño no era lo suficientemente grande para Maggie Walker.

Unos grandes almacenes para entrar por la puerta principal

Aunque el distrito comercial de Broad Street permitía técnicamente a los clientes negros comprar en aquella época, no podían utilizar la entrada principal ni probarse la ropa debido a las leyes de Richmond.

Así que en 1905, Walker amplió su imperio con la nueva sede del banco y la fundación del tenía St. Luke Emporium, unos grandes almacenes que estaban atendidos principalmente por mujeres negras, maniquíes negros y permitía a los clientes negros entrar por la puerta principal.

Boicot por parte de los comerciantes blancos

Incluso antes de que abriera el Emporium, Walker se enfrentó a una gran resistencia por parte de los comerciantes blancos locales, que temían su creciente poder. Le ofrecieron 10.000 dólares (300.000 dólares actuales) para que abandonara el proyecto, es decir, unos 3.000 dólares menos de lo que valía el edificio en el que se econtraban los almacenes.

Cuando vieron que seguía adelante con el proyecto, los comerciantes sabotearon el Emporium privándolo de recursos. “No había nada más que pudieran hacer, excepto cortar la cadena de suministro, para detenerla”, declaró Rasheeda Creighton, una consultora de negocios de Richmond a Forbes US.

Un boicot que dio sus frutos ya que, el miedo de algunos comerciantes negros a las represalias por vender sus productos en el Emporium, hizo que éste cerrara sólo seis años después de su apertura, en 1911.

La vida personal de Walker no fue mucho más fácil durante este mismo periodo: En 1915, su hijo Russell disparó accidentalmente y mató a su marido, al confundirlo con un intruso en su casa. Walker también desarrolló una diabetes de tipo 2, que la obligó a utilizar una silla de ruedas durante la última década de su vida.

Ser mujer, negra y discapacitada en el siglo XX

“Fue discriminada toda su vida”, reconoció Ethan Bullard, conservador del museo Maggie L. Walker National Historic Site de Richmond. “Era una mujer en un mundo de hombres. Afroamericana en un mundo caucásico y discapacitada en una sociedad muy capacitada”.

Cuando la década de 1920 llegaba a su fin y se avecinaba el colapso financiero en Estados Unidos, Walker vio cómo los reguladores blancos cargaron contra los bancos negros para derrocarlos. A finales de la década, sólo quedaban tres bancos de propiedad negra en Richmond. Pero Walker también vio el modo en que operaban los bancos de propiedad blanca, adquiriendo competidores más pequeños, y quiso emularlo.

“La Gran Depresión llegó muy pronto a la comunidad afroamericana”, explica la profesora Garrett-Scott, autora de Banking on Freedom, una historia económica de las mujeres negras antes del New Deal. “Y ella era muy consciente de estas maquinaciones, de las tendencias de los bancos blancos a abalanzarse y aprovecharse del cierre de los bancos negros. Y quería evitarlo” establece para Forbes Us.

Walker se dirigió a los directores de los otros dos bancos de propiedad negra, Second Street Savings y Commercial Bank and Trust, y les propuso combinar sus operaciones. A finales de 1929, St. Luke se fusionó con Second Street para convertirse en Consolidated Bank and Trust Company; tras luchar durante dos años en solitario, Commercial se integró en la unión en 1931.

Esa institución no sólo sobrevivió a la Depresión, sino que continuó hasta principios del siglo XXI. En 2005, el Consolidated Bank de Richmond perdió la distinción de ser el banco de propiedad negra más antiguo del país cuando Abigail Adams National Bancorp se convirtió a su empresa matriz en 2011, Premier Financial. Con sede en Virginia Occidental, compró Consolidated a Abigail Adams y formó Premier Bank, un banco regional que ahora tiene 1.300 millones de dólares en activos.

Un patrimonio de casi un millón de dólares y un legado perenne

No todas las empresas de Walker fueron tan afortunadas. La Orden Independiente de San Lucas, que Walker había hecho crecer hasta los 100.000 miembros a finales de la década de 1920, vio cómo disminuía el número de socios y no se pagaban las cuotas durante la Depresión.

Un bache que también tuvo consecuencias para su periódico: menos dinero para publicar el Heraldo de San Lucas. A principios de los años 30, el Herald se convirtió, hasta entonces semanal, en un boletín mensual.

Portada del St.Luke Herald (@maggiewalkernps)

Walker murió de gangrena diabética en 1934. Según un análisis de su testamento, su patrimonio neto en ese momento era de 45.000 dólares, lo que equivale a casi 900.000 dólares en la actualidad.

En reconocimiento a la dedicación de Walker a la inclusión financiera, PayPal creó el año pasado el Premio Maggie Lena Walker para mujeres empresarias. Su objetivo es disminuir la brecha salarial.

Pero su espíritu está más vivo en el Jackson Ward Collective de Richmond. Fundado por Melody Short, Rasheeda Creighton y Kelli Lemon, el colectivo es una incubadora de pequeñas empresas que ofrece microcréditos y asesoramiento empresarial a empresas de propietarios negros en la ciudad natal de Walker.

El objetivo del colectivo es reconstruir el ecosistema empresarial negro que Walker defendió y proporcionar a las empresas el capital que necesitan para sobrevivir. “Tenemos algunos ancianos en la comunidad”, dice Lemon, “y de hecho nos llaman Las Hijas de Maggie”.