No siempre quien primero llega a la meta pasa a la historia. Puede que sea injusto, pero desde luego es una máxima en el mundo laboral. Que empresarios pongan a competir a sus empleados entre sí no es una casualidad en el mundo de los negocios; es, probablemente, la acertada manera de asegurar el mejor resultado, sea de la materia que sea. Una obviedad que traspasa con soltura la fina línea que hay entre inspiración y plagio.

Ocurre mucho entre multinacionales del mismo sector y constantemente somos testigos del llamado ‘tira y afloja’ que empresas competidoras protagonizan para poner en primera fila sus productos. Si una tecnológica revoluciona el mercado con una aplicación, su competencia no tardará en lanzar su similar en un plazo de tiempo récord y con las mismas características que su antecesora.

Y, a partir de ese momento, solo una se convertirá en referencia. Rivalidades que se han ido sucediendo a lo largo de los años y que hoy ocupan todo nuestro interés, cogiendo como ejemplo un caso concreto acaecido dentro del marco de la industria de la cosmética, con una mujer negra como líder del éxito y en unos tiempos impensables. Fue improbable que sucediera lo que sucedió, pero ocurrió. Hay que viajar, eso sí, a los últimos coletazos del siglo XIX para ser testigo de cómo un crecepelo puede hacerte compartir vecindario con la familia Rockefeller.

ANTES DE ANDAR, SE GATEA

“Si a Dios no le gusta lo feo, ¿por qué me creó? Con tanta belleza en el mundo, ¿cómo es que yo tengo tan poca?”, pronunció incansablemente a lo largo de su vida al saberse dotada de una belleza ausente, Sarah Breedlove (1867-1919), más conocida como Madam C. J. Walker –pero para esta presentación todavía haya que esperar un poco más–.

C. J. Walker (sarah breedlove) conoció la panacea, pero no la inventó

Sin embargo, y a pesar de su inapreciable belleza física, los planes de Dios para con ella tuvieron que ver con la capacidad que tuvo de hacer a la mujer más guapa. A la mujer negra. Aunque esto no siempre fue así. La lucha eterna que las mujeres de raza negra han tenido históricamente con el mantenimiento de su pelo hizo que en algunas ocasiones de la vida joven de Sarah Breedlove, afroamericana, perdiera la batalla con episodios de calvicie, perdiendo también así grandes dosis de autoestima, seguridad y buenas y felices maneras de entender el mundo: un apocalípsis estético que solo la fórmula secreta del ungüento capilar de Addie Munroe consiguió subsanar.

Madam C. J. Walker conduciendo con su sobrina Anjetta Breedlove, su manager Alice Kelly y su contable Lucy Flint.

Conoció la panacea, pero no la inventó. Y esa fue la espinita de esta mujer negra nacida en una plantación de algodón de Louisiana, cuatro años después de que el presidente de Estados Unidos por aquel entonces, Abraham Lincoln, aboliera la esclavitud en algunas zonas del sur del continente. Ella nació libre, pero su raza seguía relegada a la última fila en orden de importancia. Preocuparse por los temas que preocupaban a los negros no era una prioridad, mucho menos dedicar investigación y tiempo a la cosmética que el pelo de la mujer de color necesitaba para evitar problemas de salud del cuero cabelludo. Lavandera analfabeta, sus prioridades siempre estuvieron centradas en gestionar bien el escaso sueldo (1,5$/día) para dar de comer a su familia.

Un instinto de supervivencia muy alejado de la vida empresarial que ni siquiera se atrevía a soñar hasta que la idea de producir su propia línea de productos para el pelo de mujeres negras le llegó a través de un sueño. Ser pobre y fea dejó de ser una opción cuando replicó los ingredientes del crecepelo tan efectivo de Addie Munroe, que tras dos años de tratamiento le devolvió a su cabellera es esplendor del que un día gozó. Comenzó en la cocina de su casa.

Entre el olor al puchero del día y los platos sucios del desayuno desplegó una gran cantidad de ingredientes para conseguir su propio remedio, que primero probó con su hija y después comercializó acudiendo al mercado donde otras amas de casa se dejaron agasajar por la promesa de un pelo mejor. Los pedidos se multiplicaron y la demanda obligó a Sarah a trasladarse a St. Louis, nuevo destino de oportunidades para la gente de su color. Despegó su faceta de empresaria y se dio a conocer como Madam C. J. Walker, hasta el punto de convertirse en imagen de su propia firma, a la que otorgó el honor de llamarse igual que su segundo marido, el publicista Charles Joseph Walker.

Madam Walker dio voz y poder a las mujeres de color convirtiéndolas en personas bellas or fuera y concienciadas en ayudar a su raza

Así fue como nació una estrella de la industria de la belleza, quien llegó a ganar 150.000 dólares anuales a los dos años del lanzamiento de la marca. La competencia que le hizo a Addie Munroe no quedó impune, y toda la carrera profesional de Madam C. J. Walker estuvo marcada por la amenaza de esta emprendedora –en un primer momento amiga de Sarah– de llevar a la famosa y millonaria a los tribunales. Nunca lo hizo, pero la sospecha de plagio de una fórmula nunca revelada no dejó de correr por las venas de Addie y Sarah, lo mismo que la rabia en Addie y la pena en Sarah.

ASÍ SE CONSTRUYE UN IMPERIO

En 1906, un crecepelo dio el pistoletazo de salida de una carrera prometedora, aunque ni ella misma podía adivinar hasta dónde iba a dar de sí. Madam Walker’s Wonderful Hair Grower fue el principio de todo. Después, vinieron los salones de belleza, las campañas publicitarias avanzadas a su tiempo, los champús y una línea de cuidado capilar más amplia, excelentes estrategias de marketing, testado in situ de los productos, vendedores por correo y un acertado nicho de mercado cuando el target no tenía siquiera traducción.

Las escuelas de belleza y una convención sobre mujeres emprendedoras fueron los dos acontecimientos decisivos en el triunfo de C. J. Walker que, tras la muerte de su fundadora, en 1919, la empresa generaba tres millones de dólares y disfrutaba de un amplio equipo formado por más de 40.000 personas empleadas en Estados Unidos y Centroamérica.

Imágenes antiguas reales de la familia y trabajadoras de Madam C. J. Walker (crédito: Netflix).

Rompió y traspasó el techo de cristal con el que se encontró, y lo hizo por partida doble: sexo y raza. Lo hizo siendo fiel a su idea de no apostar tanto por crecer rápido como por hacerlo con inteligencia. “No hay recompensa sin riesgo”, dijo una vez J. D. Rockefeller, apellido al que consiguió estar vinculada, al menos, comunitariamente cuando su fortuna le permitió formar parte de su vecindario, siendo una magnate más de la época que, además, consiguió empoderar a las mujeres afroamericanas y pasó a los libros como la primera mujer negra hecha a sí misma. Y, según el New York Times, la mujer de color más rica de Nueva York.

“Todo lo que haces como negra nos repercute a todas”, dijo esta empresaria en más de una ocasión. Y ella dio voz y poder a las mujeres de color, convirtiéndolas en personas bellas por fuera y concienciadas en ayudar a su raza. Su lado filántropo se hizo más patente al saberse una mujer rica, donando parte de su riqueza a causas sociales y a la mejora de vida de los afroamericanos.

La vida de Madam C. J. Walker es un ejemplo de triunfo por parte de personas que no siempre llegan las primeras a la cima, pero sí de quienes saben explotar mejor los recursos de una fórmula. Ya nadie recuerda a Addie Munroe, pero C. J. Walker se mantiene en el tiempo y la empresa sigue siendo una de las

marcas líder en la cosmética medicinal, demostrando que partir de una buena fuente de inspiración puede derivar en un eterno empoderamiento que, en su caso, cultivó en el sector de la belleza femenina con una compañía cuyo crecimiento abrió las puertas de la confianza de inversores a creer en los proyectos liderados por mujeres.

Si en el caso de Sarah Breedlove su éxito se debió a una inspiración o fue un plagio, no hay documento que lo acredite. Sí existe una clara demostración de modelo de negocio efectivo más allá de una patente y nos permite hablar de la historia de alguien que supo hacer crecer el pelo tan bien como hizo crecer el algodón.