Unidos por la gracia de Dios. Podría decirse que así se cuajó la amistad entre Gabrielle Chanel y Pablo Picasso, porque se conocieron en la primavera de 1917 y permanecieron unidos hasta el final de los días de la parisina, en el invierno de 1971. Así que sólo cabe pensar que la fuerza divina los quería juntos.

Desde aquel primer día en el que ambos discípulos de la creatividad aplicada a distintas disciplinas coincidieron –muy probablemente presentados por Jean Cocteau o Misia Sert, según la leyenda– el genio de ambos fue un activo para la escena cultural del momento. La introducción de la modista en el círculo del pintor español también estuvo motivada por la activa participación del artista en los ballets rusos de Diághilev, algo que permitió a Chanel relacionarse estrechamente con el mundo artístico e intelectual del París de la época, por su natural intuición y su insaciable afán de aprender, hasta el punto de afirmar que “son los artistas los que me han enseñado lo que es el rigor”.

A lo largo de los años colaboraron profesionalmente en dos ocasiones, ambas con Jean Cocteau: en Antígona (1922) y en el ballet de Serguéi Diághilev, El tren azul (1924); y casi un siglo después, esta pareja vuelve a conseguir que arte y moda se reúnan en un nuevo proyecto expositivo: Picasso/Chanel, la muestra que se exhibe en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza [desde octubre de 2022 hasta enero de 2023] y que reúne una excepcional selección de vestidos, óleos, dibujos y otras piezas procedentes de museos y colecciones americanos y europeos, entre los que destacan Almine y Bernard Ruiz-Picasso, Patrimoine de Chanel y el Musée National Picasso de París. 

Óleo y arena sobre lienzo Instrumentos de música sobre una mesa (1924).

La exposición invita a realizar un recorrido por las salas y se organiza en cuatro grandes secciones sucedidas en orden cronológico, a la vez que abarca, aproximadamente, las décadas de 1910 y 1920: El estilo Chanel y el cubismo, Olga Picasso, Antígona y El tren azul. De la primer sección destaca la influencia de ese movimiento en las creaciones de la diseñadora, como el lenguaje formal geometrizado, la reducción cromática o la poética cubista del collage, todos ellos traducidos en trajes de líneas rectas y angulosas, con predilección por los tonos blancos, negros y beiges. El segundo capítulo corresponde a los numerosos y bellos retratos que Picasso realizó de su primera mujer, la bailarina rusa Olga Khokhlova, devota clienta de Chanel; mientras que la tercera sola está reservada a la adaptación moderna de la obra de Sófocles, realizada por Cocteau y estrenada en París en 1922, con decorados y máscaras de Picasso y vestuario de Chanel. El cuarto apartado hace referencia a la obra de Diághilev, estrenada en 1924, con libreto de Cocteau, y está inspirado en el deporte y la moda de baño. 

La retrospectiva es una comparación directa entre los diseños de Chanel y la obra de Picasso, por su parentesco formal y los profundos lazos que unen sus creaciones, contribuidoras de la construcción del paradigma moderno. Chanel creó el ‘uniforme’ de la mujer moderna y dinámica del siglo XX, e impuso el atractivo de lo repetitivo, igual que Picasso logró formular un nuevo canon de belleza plástica que nunca pasaría de moda, como el estilo.