Maurizio Gucci. (Foto: Erin Combs/Toronto Star via Getty Images)
Maurizio Gucci. (Foto: Erin Combs/Toronto Star via Getty Images)

La llamada que lo cambiaría todo se produjo a última hora de la tarde del ocho de enero de 1997. Un anónimo pidió hablar con Filippo Ninni, el jefe de policía de la región italiana de Lombardía, y exigió una reunión. La persona que llamó no quiso comentar demasiado por teléfono: «Sólo voy a decir un nombre: Gucci«.

Ninni era uno de los principales detectives de lo que parecía destinado a convertirse en otro misterio italiano sin resolver: el asesinato de Maurizio Gucci, CEO de la casa de moda del mismo nombre fundada por su abuelo, Guccio Gucci.

Dos años antes, en la mañana del 27 de marzo de 1995, un desconocido disparó mortalmente a Gucci cuando entraba en el edificio en el que trabajaba en la calle Palestro 20 de Milán, a un paso del distrito de la moda de la ciudad. Varias líneas de investigación: ¿estaba Gucci envuelto en transacciones turbias? ¿había habido una ruptura en el seno de la familia, tristemente célebre por su historial de rencillas internas?

Al encontrarse con Ninni, el informante se presentó y explicó que estaba alojado en un hotel de una estrella de Milán, donde había oído al portero de la noche jactarse de haber reclutado al asesino de Gucci. La revelación condujo a las autoridades por un sinuoso camino que acabó por desentrañar una trama de asesinato que situaba, en el centro de todo ello, a la exmujer de Gucci, Patrizia Reggiani. (Las solicitudes de entrevista de FORBES a Reggiani no obtuvieron respuesta).

El supuesto papel de Reggiani en el asesinato convertiría a la doble de Elizabeth Taylor en una figura escandalosa en Italia y en el mundo de la moda. Su notoriedad sigue viva, ya que la mujer apodada por la prensa «Lady Gucci» será interpretada por Lady Gaga en una película de Ridley Scott sobre el asesinato, un acontecimiento cinematográfico que se rumoreó por primera vez hace casi dos décadas, cuando el proyecto se asoció con el director Martin Scorsese. Lo que hace que la espeluznante historia sea tan impactante es que tuvo un comienzo de cuento de hadas.

No es oro todo lo que reluce

Reggiani y Gucci tenían poco más de 20 años cuando se conocieron en una fiesta de la élite milanesa. Al parecer, el nieto del fundador de la Casa Gucci quedó impresionado por la belleza de la mujer y preguntó a un amigo: «¿Quién es esa hermosa chica vestida de rojo que se parece a Elizabeth Taylor?».

Se casaron en 1972, a pesar de la oposición del padre de Gucci, Rodolfo, y parecían –en palabras de una popular canción italiana de la época– la pareja más bella del mundo. La felicidad duró poco más de una década. El matrimonio se rompió en 1985, y la batalla legal se prolongó casi tanto como el tiempo que habían permanecido casados.

Más tarde, en una entrevista con el programa de televisión Storie Maledette, Reggiani dijo que Gucci la había dejado repentinamente, partiendo para lo que se suponía que era un corto viaje de negocios a Florencia. Nunca volvió. Se enteró del abandono, dijo, por un médico de familia.

En otro programa de televisión, Harem, dijo que un momento clave que cambió su relación fue la muerte de Rodolfo Gucci en 1983. La muerte de su padre cambió a su marido, dijo, ya que empezó a actuar como si ya no tuviera que preocuparse por nada ni por nadie. Se quejó en Storie Maledette de que, en 1992, mientras era operada de un tumor cerebral, Gucci no le había ofrecido ningún apoyo.

De empresa familiar al grupo Kering

Es evidente que Gucci se preocupaba por su papel en la empresa familiar, donde había empezado a trabajar a los 15 años en la sala de paquetes.

Heredó una participación del 50% tras la muerte de su progenitor, se convirtió en presidente de la empresa y empezó a consolidar su control.

Gucci se vio envuelto en varias batallas judiciales en un aparente intento de expulsar a los miembros de su familia del consejo de administración; sus participaciones acabarían siendo compradas por la empresa de banca de inversión Investcorp, con sede en Bahréin, por una cantidad que, según se informa, asciende a 135 millones de dólares (118 millones de euros).

(De izq. a drch.) Roberto Gucci (padre), Giorgio Gucci (abuelo) y Maurizio Gucci en la inauguración de una de sus tiendas el 21 de septiembre de 1983 en París (Francia). (Foto: Laurent MAOUS/Gamma-Rapho via Getty Images)

En 1993, Gucci vendió a Investcorp la participación que le quedaba en la casa de moda por entre 150 y 200 millones de dólares (de 131 a 175 millones de euros), poniendo fin a la propiedad italiana de Gucci y convirtiendo a Maurizio Gucci en un hombre muy rico (Gucci forma ahora parte de la cartera del grupo de lujo francés Kering). Más o menos al mismo tiempo, Reggiani recibió alrededor de un millón de dólares (unos 873.207 euros) al año en un acuerdo de divorcio.

¿Un acuerdo sin acuerdo?

Reggiani no estaba contenta. Estaba disgustada por la forma en que Gucci había manejado los asuntos de la empresa, recordando en otra entrevista de la época: «Hace poco me dijo: ‘¿Sabes por qué fracasó nuestro matrimonio? Porque te creías el presidente, y aquí sólo hay un presidente'».

Tampoco pudo ayudar el hecho de que Gucci hubiera encontrado una nueva y más joven pareja, Paola Franchi, y se rumoreaba que ambos estaban planeando una boda.

El alcance del resentimiento de Reggiani se hizo explícito durante el eventual juicio, cuando se reprodujo en el tribunal una grabación de un mensaje telefónico que Reggiani dejó a Gucci. «Has llegado al límite extremo de hacerte despreciar por tus hijas, que ya no quieren verte para olvidar el trauma. Eres una excrecencia deformada, eres un apéndice doloroso que todos queremos olvidar«, se oyó decir con la voz de Reggiani, llena de rencor y emoción. «Para ti, el infierno está por llegar».

El odio de Reggiani hacia su exmarido era bien conocido, así como el hecho de que buscaba un asesino a sueldo. Había pedido dos veces a su limpiador que la ayudara e incluso había consultado a un abogado sobre lo que pasaría si se deshiciera de su exmarido. Así lo admitió en el juicio y en varias entrevistas.

«Tengo que admitir que durante un tiempo, realmente quería deshacerme de él. Quería hacerlo y por eso iba por ahí pidiendo que lo hicieran. Pero mis intenciones terminaron ahí: una mera obsesión, un mero deseo», dijo a Storie Maledette. «¿Qué esposa no ha dicho nunca: ‘Yo mataría a ese tipo’?».

Su mayor confidente, ¿una hechicera?

Nadie conocía la obsesión de Reggiani más que Giuseppina (Pina) Auriemma, una mujer que fue descrita como una especie de hechicera autoproclamada –un papel que ella negó– en los informes de los medios de comunicación y que había sido confidente de Reggiani desde su primer encuentro en Ischia en 1976. En 1994, Pina se mudó con ella para ayudarla a escribir un libro sobre su relación con Gucci, ya que Reggiani consideraba que su memoria se había visto afectada por la cirugía cerebral y necesitaba ayuda para recordar ciertos acontecimientos.

Lo que ocurrió a continuación ha sido objeto de una amarga disputa en los tribunales, ya que los relatos de las dos mujeres difieren fundamentalmente en cuanto a las circunstancias del asesinato y su papel en el mismo. Auriemma, que había estado luchando contra las deudas, afirmó que cedió a una de las peticiones de Reggiani para encontrar un asesino «en un momento de debilidad».

Reggiani afirmó que no tenía ni idea de que Auriemma había ido a buscar un asesino, y que fue chantajeada para que aceptara pagar 600 millones de liras (el equivalente a 365.000 dólares –318.852 euros–) por el asesinato, empezando por un pago inicial de 150 millones de liras (unos 91.250 dólares –79.710,5 euros–).

Contratando al asesino

Lo que no se discute es que Auriemma se puso en contacto con Ivano Savioni, el portero del hotel en el que se alojaba cada vez que visitaba Milán y que sabía que tenía problemas económicos. Preguntó por la posibilidad de contratar a un asesino. Savioni negoció entonces el precio de la vida de Gucci con Orazio Cicala, que aceptó encontrar y contratar al asesino.

Tras la llamada anónima de la noche del ocho de enero de 1997, la policía comenzó a investigar a Savioni. El portero había estado buscando, una vez más, un asesino a sueldo; el objetivo, esta vez, era amenazar a Reggiani para que pagara el resto del dinero acordado, e incluso matarla si era necesario.

Un agente de policía encubierto fingió estar interesado en el trabajo y grabó en secreto su conversación. En la madrugada del 31 de enero, Reggiani, Auriemma, Savioni, Cicala y Benedetto Ceraulo –el sicario acusado de llevar a cabo la mudanza de Gucci– fueron detenidos y acusados. La investigación estableció que fue Cicala quien condujo el Renault Clio verde desde el que Ceraulo dispararía mortalmente a Gucci, además de herir al portero del edificio, Giuseppe Onorato, que sobrevivió.

«Paradeisos»

Las pruebas contra Reggiani incluían una entrada en su diario fechada el 27 de marzo de 1995 –el día del asesinato de Gucci– que contenía una sola palabra: «Paradeisos«, la palabra griega para «paraíso». Reggiani rebatió posteriormente la idea de que significara una forma de celebración, aunque admitió haber sentido «alivio» al conocer la noticia del asesinato de su exmarido. «Paradeisos», dijo, era una palabra que había anotado porque le gustaba tanto que quería utilizarla como nombre para su próxima villa.

Patrizia Reggiani, exmujer de Maurizio Gucci, el 23 de octubre de 1981. (Foto: Denver Post via Getty Images)

Pero mientras los medios de comunicación rebautizaron a «Lady Gucci» como la «Viuda Negra», Reggiani nunca admitió haber ordenado el asesinato. También Ceraulo mantuvo siempre su inocencia. Sin embargo, en noviembre de 1998, fue condenado a cadena perpetua, Reggiani y Cicala fueron condenados a 29 años cada uno, mientras que Auriemma y Savioni recibieron condenas de 25 y 26 años, respectivamente, reduciéndose todas un poco. En noviembre del año 2000, los medios de comunicación italianos informaron de que Reggiani intentó suicidarse al día siguiente de ser trasladado de San Vittore, una cárcel en el centro de Milán, a la prisión de Opera, en las afueras de la ciudad.

Al reflexionar sobre los hechos que la llevaron a la cárcel años después, Reggiani sigue sin admitir del todo su culpabilidad. «No me considero inocente, me considero inocente. Pero en el ‘no culpable’ tengo que admitir que he cometido demasiados errores», dijo, hablando con Storie Maledette en 2002.

De vuelta al negocio de la moda

Reggiani comenzó un programa de libertad laboral en 2014, tras cumplir 16 años de prisión, que consistía en tener un trabajo y realizar tareas de voluntariado. Eso le permitió ocupar un puesto a tiempo parcial en la firma de joyería Bozart. Su trabajo, según explica a FORBES el propietario de la firma, Maurizio Manca, era el de estilista –enlazando las joyas con los trajes– y supervisando el diseño de una colección de bolsos.

Manca dice que el puesto de trabajo le convenía a Reggiani porque la ponía de nuevo en contacto con el mundo de la moda.

«Teníamos una relación en general agradable. Se notaba que era una mujer acostumbrada a dar órdenes», dice. «Tenemos ciertos procesos aquí en la empresa. … Pero lo aclaramos al principio, y después establecimos una buena relación».

Reggiani trabajó allí durante unos tres años, compartiendo a veces viejos recuerdos con sus nuevos colegas, «a veces con pesar, a veces con pena, a veces con nostalgia», dice Manca. «Hablaba de la época en la que conoció a los Trump y a los Kennedy, de lo que llevaba entonces y de lo que llevaría ahora en su lugar».

Manca dice que no esperaban la reacción que la empresa acabó recibiendo por haber contratado a Reggiani: difícilmente pensaban que alguien se preocupara por algo que ocurrió hace casi dos décadas. Pero Reggiani, que finalmente recuperó su estatus de ciudadana libre en 2017, nunca había sido olvidada del todo ni se había alejado de los focos, ya sea por sus entrevistas a la prensa o por sus últimas acciones en los tribunales.

Reggiani se enfrentaba ahora a las reclamaciones económicas presentadas por Onorato, el portero herido por los asesinos de Gucci, y Franchi, la pareja de Gucci en el momento de su asesinato. Además, tuvo que luchar para conservar la indemnización anual de la familia Gucci que se había asegurado a través de su divorcio.

Cuando sus hijas –Alessandra, de 42 años, y Allegra, de 38–, al haber heredado el dinero de su padre, se negaron a pagar a su madre su pensión de divorcio, el asunto acabó en los tribunales, donde un tribunal de apelación dictaminó en 2017 que Reggiani tenía derecho a la pensión vitalicia. Esa decisión fue recurrida, y el asunto debe aterrizar ahora en el Tribunal Supremo de Italia.

Según Reggiani, su madre Silvana Barbieri, que había llegado a administrar sus finanzas, se oponía a cualquier pago a Franchi y Onorato. Barbieri murió en abril, y Reggiani ha dicho que tiene la intención de cumplir esos pagos. «Estoy pasando página», dijo al programa de televisión italiano en noviembre. «Quiero hacer lo correcto».

En cuanto a su fama duradera, al menos en una entrevista reciente, afirmó que deseaba que se desvaneciera de una vez, al menos por el bien de sus hijas. Preguntada el mes pasado en el programa de televisión italiano Storie Italiane sobre el hecho de que Lady Gaga la retratara, dijo que se había enterado por los medios de comunicación y que estaba consternada. «Tengo dos hijas y no me gusta que revivan la situación de su padre«.