En una vitrina en el museo Chasing Rainbows del parque temático Dollywood, en Pigeon Forge, Tennessee, una sencilla chaqueta confeccionada con retales de colores destaca entre el resto de memorabilia que Dolly Parton comparte con sus fans desde que se hizo con la mitad de este complejo turístico que cada año atrae a más de tres millones de visitantes. Entre pelucas, vestidos de pedrería y otros recuerdos personales de la cantante, esta prenda de pana, que no es ni la más brillante ni la más vistosa, tiene un simbolismo especial en la vida y la carrera de esta poliédrica artista de 75 años. Y lo es por dos razones: la primera, porque fue la inspiración de una de sus canciones más emblemáticas, Coat of Many Colors (1971) y la segunda, porque es toda una declaración de su orgullo de clase trabajadora.

En ella Dolly describe un incidente de su infancia, cuando en el colegio se burlaron de ella por llevar esa misma chaqueta de remiendos. Un gesto al que, años después,  ella respondería con su resiliente optimismo y con una letra en la que trata de explicar que uno sólo es pobre si así lo elige, mientras que ella, sin dinero, sentía que se podía ser rico de otras maneras. De modo que, como una suerte de profecía autocumplida, la carrera de Dolly Parton se ha convertido en uno de esos ejemplos que ensalza la meritocracia estadounidense, y ella lo ha conseguido del mismo modo que su madre, tejiendo historias y componiendo un fascinante patchwork en el que ha sido capaz de tocar todos los palos. 

Dolly Parton (Sevierville, Tennessee, 1946), es reverenciada desde hace más de cinco décadas como una de las grandes damas del country, pero también es una prolífica compositora, actriz, escritora, productora y empresaria, sin olvidar su cinturita de avispa, sus pelucas platino y sus enormes pechos (que se los dio la naturaleza, aunque aumentó su talla en los ochenta). Pero ella ha encarado el éxito decidida a sacarle brillo convirtiendo todo esto en un medio más que en un fin. 

Dolly lanzó su primer éxito ‘Dumb Blonde’ como una declaración de intenciones, sobre la que años después ironizo: «Sé que no soy tonta… y tampoco rubia».

La cantante tenía 21 años cuando lanzó su primer éxito, Dumb Blonde en la que de nuevo ironiza sobre todo lo que no es –“sé que no soy tonta… y tampoco rubia”, añade con humor cada vez que habla del tema–, y prueba de ello es que sólo este año ha hecho méritos suficientes para, por ejemplo, aparecer en la Lista Forbes de Mujeres hechas a sí mismas más ricas de 2021 (con una fortuna estimada de 350 millones de dólares); formar parte de las 100 personas más influyentes de 2021 seleccionadas por la revista Time; que tres de sus canciones hayan sido incluidas en la última actualización de las 500 mejores canciones de la historia, según Rolling Stone, o ganar dos premios Emmy por la película de Netflix Navidad en la plaza, de la que es productora ejecutiva. Y todo esto, en tan sólo un mes.

PERO, ¿QUIÉN ES DOLLY?

El relato de su vida arranca con sus orígenes humildes: Parton era la cuarta de 12 hijos de un aparcero y agricultor y un ama de casa ocupadísima cuidando a la prole en las montañas del este de Tennessee. Extremadamente pobre, pero confiada y creativa, Parton escribió sus primeras canciones a los seis años, consiguió su primera guitarra a los ocho y apareció en un programa de radio y televisión local a los diez. La mañana después de su graduación de la escuela secundaria, en 1964, Parton dejó su pequeña ciudad para irse Nashville a buscar fortuna en la música. Ese mismo día, conoció a su esposo, Carl Dean –con quien lleva casada 55 años– y, al siguiente, empezó a vender sus canciones de un lado a otro por la franja de estudios conocida como Music Row. Al principio, firmó con Combine Music, pero cuando ese contrato expiró en 1966, Parton, de 20 años, tomó una de las decisiones comerciales más importantes de su carrera: cofundar con su tío su propia discográfica.

En 1967, se incorporó como cantante al programa televisivo de Porter Wagoner, uno de los más importantes de la música country de la época, pero ella lo superó mucho antes de dejarlo, en 1974, momento en el que había grabado 13 álbumes con él y 16 por su cuenta. En ese tiempo escribió algunas de sus canciones más conocidas, incluidas Jolene y I Will Always Love You, dos temas que asegura haber hecho en la misma noche. En una ocasión, Elvis Presley le pidió grabar este último tema, pero Parton lo rechazó porque el entorno del cantante lo quería con la condición de que les cediera la mitad de los derechos. Una acertada decisión, dado que, en 1992, cuando Whitney Houston grabó su omnipresente versión del himno de la canción para la banda sonora de El guardaespaldas, le proporcionó millones de dolares. “Cuando salió la versión de Whitney, gané suficiente dinero para comprar Graceland”, le dijo a Country Music Television en 2006. Pero en realidad, no compró Graceland, sino que invirtió los derechos de autor de la canción en una comunidad negra en Nashville mediante la compra de un complejo de oficinas allí.

«Mi apariencia en realidad procede de la idea de una chica de campo sobre lo que era el ‘glamour’. Seguí el patrón de una fulana de mi pueblo. A mí me parecía la mujer más bonita del mundo»

Desde sus comienzos (Hello I’m Dolly, de 1967, fue su primer álbum), Parton, que ha tenido 25 éxitos número uno en la lista Hot Country Songs de Billboard, hasta el último, A Holly Dolly Christmas, de 2020, la artista ha insistido en conservar la plena propiedad de sus derechos de publicación y, con la excepción de un puñado de temas, todavía los posee todos.

En 1976, Parton se convirtió en la primera mujer de la música country en tener su propio programa de televisión, Dolly. Y en los ochenta dio el salto al cine por primera vez, protagonizando junto a Jane Fonda y Lily Tomlin la película Cómo eliminar a tu jefe (9 to 5, en inglés, cuyo tema principal compuso durante el rodaje acompañando el ritmo con sus largas uñas acrílicas). Después, también protagonizó junto a Burt Reynolds La casa más divertida de Texas; Rhinestone, con Silvester Stallone, y formó parte del reparto coral de Magnolias de acero junto a Sally Field, Shirley McLaine, Julia Roberts, Daryl Hannah y Olimpia Dukakis. 

Años más tarde también tendría otras intervenciones como actriz, y los más jóvenes la recordarán como la tía de la protagonista en la serie Hannah Montana, aunque en la vida real es la madrina de Miley Cyrus.

Dolly dio el gran salto en el mundo de los negocios, en 1986, haciéndose con la mitad de un parque de atracciones en Pigeon Forge, cerca de su ciudad natal. Para ello se asoció con Herschend Family Entertainment y transformaron Silver Dollar City en un trasunto temático de la artista, Dollywood –¿hola, Graceland?–. El parque es ahora la atracción turística más visitada de Tennessee y recibe unos tres millones de visitantes al año. “No tenía ni idea de cómo administrar un parque temático”, confesaba Parton años después, “pero sabía que encontraría a las personas adecuadas, como siempre”. La participación del 50% de Parton tiene un valor de 165 millones de dólares, estima Forbes.

A su larga lista de negocios diversos, Parton también añade su propia productora de cine y televisión, Sandollar, con la que puso en marcha, entre otras, la serie Buffy Cazavampiros o la película El padre de la novia, con Steve Martin y Diane Keaton. 

La artista parece manejar la riqueza que ha acumulado a través de estas empresas con una aparente despreocupación, pero reconoce claramente el valor del dinero que le otorgan aquellos que han crecido sin él. Dolly no ha tenido hijos, pero, a cambio, ha donado millones de libros para niños sin recursos a través de su fundación y de Imagination Library, el programa de alfabetización que puso en marcha en 1990.

Su compromiso con la sociedad ha estado presente a lo largo de estas últimas décadas, ya fuera recaudando fondos para las familias devastadas por los incendios forestales de las montañas de Tennessee en 2016 o formando parte de una sociedad protectora de águilas calvas en peligro de extinción. Pero uno de sus gestos más generosos y recientes fue la donación de un un millón de dólares al Vanderbilt Medical Center de Nashville, para la investigación de la vacuna Covid-19. “Sólo quería hacer el bien”, diría Parton sobre este gesto. 

UN ICONO IMBATIBLE

En 1985, Dolly Parton se puso bajo el disparadero de iconos pop del siglo XX, Andy Warhol. Aquel retrato de la cantante, con peluca afro rubia platino y labios rojos, redimensionaba a la artista más allá de la estética de Nudie Cohn, el famoso sastre que embutía en pedrería a las rutilantes estrellas del country. Dolly amplió su parroquia de amantes de los sombreros de cowboy y las botas para patear culos a los extravagantes asiduos del Studio 54 seducidos por la brillantina de Halston, que ensalzaron a la cantante como musa gay. Y, entretanto, sus colaboraciones con Linda Ronstadt y Emmylou Harris, sus discos de bluegrass o sus versiones con Kenny Rogers o Julio Iglesias le reportaban el respeto de la industria musical.

“Mi apariencia en realidad procede de la idea de una chica de campo sobre lo que era el glamour. Seguí el patrón de una fulana de mi pueblo. A mí me parecía la mujer más bonita del mundo, con ese cabello decolorado y lápiz de labios rojo brillante. La gente decía: ‘Oh, ella es simplemente basura’, pero yo pensaba, ‘Eso es lo que quiero ser cuando sea mayor”,  confesó a Rolling Stone en 2003. A lo largo de sus cinco décadas de fama, Parton ha brillado multidireccionalmente con los destellos de sus trajes brillantes, sus pelucones rubio platino y la exaltación del escote. Pero hoy, lo mismo puedes encontrarla estampada en una prenda de Gucci que en una camiseta con su imagen santificada, en calcetines navideños, tarjetas de felicitación o en cualquier tipo de objeto sellado con el nuevo lema millennial: What Would Dolly Do? (“¿Qué haría Dolly?”). 

Para responder a esta pregunta cabe resaltar que, en los dos últimos años, la artista  ha participado en distintos proyectos que están revisitando su figura desde nuevos y reveladores ángulos, como el podcast Dolly Parton’s America, de WNYC; el documental dirigido por el productor británico Francis Whately, Dolly Parton: Here I Am y la serie de Netflix Dolly Parton’s Heartstrings, inspirada en sus letras (ambos en Netflix) o el libro de canciones Songteller, escrito con el periodista musical Robert K. Oermann. En este último, la cantante comienza con esta declaración: “Mi nombre es Dolly Parton y soy compositora”. Sí, también es “cantante, animadora y empresaria. Pero si tuviera que elegir solo una cosa, sería compositora… Podría sentarme en mi casa para siempre, disfrutar de la vida y escribir canciones”.

Esa imagen de Parton sentada en el sofá de su casa con su perro, que de vez en cuando comparte con sus seguidores en redes sociales, (4,4 millones en Instagram y 5,2 en Twitter) han atraído a un público nuevo y más joven que la está descubriendo gracias a su virtuosismo viral: el hashtag #dollypartonchallenge rozó el año pasado el medio millón de publicaciones gracias a un post en el que compartía cuatro imágenes para Linkedin, Facebook, Instagram y Tinder junto a la frase “Encuentra a una mujer que pueda hacer todo”.

Y así es ella, lo hace todo (excepto, según aclara su actual representante, Danny Nozell, “licores fuertes y cualquier cosa sexual”). Su marca personal es una mezcla entre lo candoroso y lo imbatible, y uno de su apodos, The Iron butterfly (“Mariposa de hierro”) denota su capacidad para compaginar su estrambótica imagen y sus exitosos negocios. 

La amplitud de su proyección es asombrosa, y ha generado un fandom transcultural y multigeneracional muy diferente al de cualquier otra celebridad. Esto lo ha conseguido en parte por un ingrediente extra que la define por encima del resto, y es su sentido del humor: “Cuesta una barbaridad de dinero parecer tan barata” es una de sus mejores frases. Pero su leyenda se agranda con muchas más. Unas de corte humorístico (“Alguien una vez me preguntó, ‘¿Cuánto tiempo tardas en arreglarte el cabello?’. Dije: ‘No sé, yo nunca estoy allí” o “Conozco algunos de los mejores chistes sobre Dolly Parton. Los hice yo misma”); otras sobre liderazgo (“Si tus acciones crean un legado que inspira a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser más, entonces eres un líder excelente”) y hasta de de inspiración o autoayuda (“Si quieres el arcoíris, tendrás que aguantar la lluvia”o “Descubre quién eres y hazlo a propósito”).

EL ESFUERZO DE 9 A 5

En una escena de la película Magnolias de acero, donde Parton interpreta a una cándida peluquera, le da un consejo a su joven ayudante, interpretada por Daryl Hannah: “Yo sigo una estricta filosofía desde hace 15 años. Y es que eso que llaman ‘belleza natural’ no existe”. En ese propósito de ser quien es, no cabe duda de que Dolly ha puesto más empeño en su carrera que en cualquier trabajo de 9 a 5. 

Prueba de ello es su asociación con su actual manager Danny Nozell, de CTK Management, el tipo que ha conseguido que Dolly no sea sólo una artista de éxito, sino una marca muy rentable.En los primero años del siglo XXI, Dolly no tenía representante desde los años 90, no tenía página web y apenas realizaba giras. La cantante había cancelado su contrato con RCA, su sello de toda la vida, y puso el suyo propio en marcha, Blue Eye Records.

Ella seguía haciendo álbumes –dedicó tres al bluegrass, incluido el ganador del premio Grammy Grass Is Blue–, pero su proyección carecía de una estrategia adecuada a los nuevos tiempos. Nozell se incorporó al equipo apuntando a una audiencia más joven a través del marketing viral y comenzó a realizar giras europeas en 2007 y 2008. Al año siguiente, Parton estaba llenando estadios en todo el mundo, incluyendo el lleno histórico que acaparó la atención masiva del público en el Festival de Glastonbury de 2014. Los nuevos álbumes y otros proyectos de Parton se sincronizaron con más conciertos y explosiones de prensa.

Pero, además, había que reconducir su imagen de marca: “Si simplemente colocas su nombre en un producto, los fans lo olfatearán y sabrán si no eres sincero”, contaba el ex manager de Slipknot en una entrevista en Billboard. “Con la marca Dolly tenemos varios acuerdos diferentes, pero nos aseguramos de no hacer nada que ella no usaría o que no apruebe. Está muy involucrada”, asegura. 

El control de Dolly es exhaustivo. Cuentan que, cada mañana a las 4 am, ella ya está en pie atendiendo propuestas y requerimientos de su equipo en una lista que denominan “Pregúntale a Dolly”. Nozell explica además que cada acuerdo ha de cumplir tres requisitos indispensables de cantidad, calidad y ética. “Tenemos que ser muy sinceros, muy apasionados. Y si a ella no le apasiona algo, no lo haremos”, dice su manager, que añade un lema matemático en el resume su objetivo con la artista: “Mínimo tiempo de Dolly y máxima exposición”. 

QUE NO PARE LA MÚSICA

No cabe duda que Dolly Parton es una superestrella, además de una de las compositoras más talentosas y premiadas en la historia de la música estadounidense. Su música le ha valido 11 premios Grammy y más de 50 nominaciones, así como 13 premios de música country; ha sido nº 1 en las listas de ventas en Estados Unidos 26 veces y ha despachado más de 100 millones de discos en todo el mundo. Parton no sólo personifica la música country, la trasciende. 

Además de haber compuesto más de 3.000 canciones a lo largo de su vida (por supuesto la mayoría no habrá escuchado ni una décima parte de ellas) tres de ellas aparecen en la citada lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos de la revista Rolling Stone. Many colors coat, aparece en el número 263 ; I Will Always Love You, en el 94y en el 63: Jolene, uno de sus grandes clásicos y versioneado por decenas de artistas como Miley Cyrus, Kelly Clarkson, The White Stripes u Olivia Newton-John y ¡hasta un merengue! 

También ha tenido dos nominaciones como compositora en los Oscar (por 9 to 5 en 1981 y, en 2006, por Travelin Thru, compuesto para la película TransAmerica). Como actriz, ha sido nominada dos veces a los Globos de Oro, además de otras tantas nominaciones y premios Emmy o Tony.  

Pero, a pesar del éxito y de los proyectos que todavía tiene por delante, ella suele minimizar sus logros con una humildad y una dulzura que resultan cautivadoras. Al menos así lo demuestra con una confesión al final del documental Dolly Parton: Here I Am: “Con todo el glamour, con los negocios que tengo y todo lo que hago, os sorprendería lo poco que soy aún, lo pequeña, vulnerable y campesina que soy… y cómo sigo siendo aún aquella niñita”.